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Descripción

Irene Muñoz Serrulla (Madrid, 1973). Licenciada en Administración y Dirección de Empresas, en la Universidad Complutense de Madrid (2001), graduada en Estudios Ingleses: Legua, Literatura y Cultura, en la UNED (2016) y graduada en Turismo, en la UNED (2018). Máster en Dirección y Gestión de Recursos Humanos, en el Centro de Estudios Financieros (2004), Máster Interuniversitario en Sostenibilidad y RSC, en la UNED y Universidad Jaume I (2012) y Máster Ejecutivo en Community Management y Dirección de Redes Sociales, en la Universidad de Alicante (2012).

Correctora editorial y reseñista.

Autora de «Todo es posible si lo sueñas fuerte», relato que forma parte del libro solidario Todo es posible si lo sueñas fuerte (Ed. Donbuk, 2018), 39 patrañas vesánicas (Ed. Donbuk, 2017) [aquí la reseña], del prólogo «Zábranský: un desconocido conocido», cedido a El intento de amar de Štern de David Zábranský (Ed. Huso, 2017) y traductora de ¡Y he aquí que era un sueño! Historias inquietantes de Rhoda Broughton (Ed. Huso, 2016).

Perfil en LinkedIn. https://www.linkedin.com/in/irenemserrulla

Enlace a la página web de Irene Muñoz Serrulla, correctora editorial y reseñista. https://www.ims-correcciondeestilos.es/

Textos Libres (7) (7)

Ven, deja que te cuente

Ven, siéntate, deja que te cuente una historia. Pasó hace unos cuantos años, no muchos, pero ya es parte de mi pasado, de mi vida. Ven, deja que te cuente… Yo tendría unos siete años cuando Angustias y yo... Espera, tengo que contarte unos detalles previos. Mi madre me había dejado con unos familiares cuando yo era un recién nacido porque ella no podía hacerse cargo de mí. Como les ha pasado a tantos bebés no deseados. Sí, es cierto, yo no fui un bebé deseado. Estos familiares, unos primos lejanos de mi madre que vivían en la ciudad y no tenían problemas de dinero, me contaron que mi madre no es que no me quisiera, sino que nunca había pensado en tener un hijo. Me contaron que ella no tenía novio, pero que una vez llegó al pueblo un escritor de esos que con su aire melancólico embaucaban a las mujeres; y pasó lo que tenía que pasar entre un hombre como él y una mujer como mi madre… y yo fui el resultado de lo que tenía que pasar. No sé muy bien a qué se referían con «una mujer como mi madre». Pero tampoco pregunté. No conocí a mi madre, solo lo que estos primos suyos me contaban de vez en cuando, cuando era todavía muy pequeño, pero nunca tuve un interés especial en saber de una mujer que no se había esforzado por criarme. Entiendo que buscó lo mejor para mí, pero no puedo felicitarla por ello. Lo siento. Pero no puedo. Silvino y Angustias, así se llamaban los familiares que me acogieron (nunca llegaron a adoptarme tal y como lo entendemos hoy; quizá entonces no hacía falta, quizá haya terminado siendo mejor así), vivían en una casa bastante grande en la Gran Vía de Madrid. Esto significaba tener un buen nivel económico, pocas personas podían permitirse entonces vivir en esta calle. En la casa, había cuatro habitaciones. Una era para ellos, la más grande; tenía un balcón en el que me gustaba pasar muchos ratos viendo pasar a la gente por la calle. La Gran Vía siempre ha sido una calle muy concurrida de gente, así que era difícil aburrirse. Luego estaba mi habitación, para mí solo era muy grande, pero la otra habitación que había libre era igual de grande, así que me dieron la que quedaba más cerca de ellos. Había días que me gustaba pasar horas y horas allí, leyendo, Angustias decía que era una mala herencia del que se supone era mi padre. La tercera habitación estaba vacía, la usaban cuando venía la madre de Angustias desde Francia (vivía allí desde hacía más de diez años; cuando su marido se murió ella se marchó a vivir a un pequeño pueblecito de ese país; era un mujer cariñosa, pero me resultaba un poco extraña) o cuando venían los padres de Silvino, que vivían en un pueblecito muy frío de Zaragoza (eso es lo que siempre decían el primer día que estaban en Madrid). En la cuarta habitación vivía Saturnina, una mujer mayor que Angustias y que se encargaba de cuidar de todos nosotros: hacía la comida, la compra, limpiaba la casa, cuidaba de mí cuando enfermaba… lo hacía todo. Había dos salones. Uno era muy grande y solo lo usaban cuando venían a comer o a cenar amigos de… nunca los llamé padre o madre, yo los llamaba por su nombre, desde muy pequeño. Al principio no les gustaba nada, e intentaron cambiar mi costumbre, pero no lo consiguieron por mucho tiempo. Al final se acostumbraron. Como decía, ese salón solo se utilizaba cuando venían sus amigos a comer o a cenar. Yo no estaba presente en esas reuniones, Saturnina me preparaba uno de mis platos favoritos y los dos comíamos en la cocina. Luego me dejaba leer todo el tiempo que quisiera, porque sabía que «los señores» terminarían tarde, y no les importaría si yo estaba leyendo o jugando o durmiendo; mientras no molestara a los mayores, todo estaba bien. El otro salón era más pequeño, ahí pasábamos mucho tiempo Angustias y yo. Había una televisión muy pequeña que se veía muy mal, así que casi no la usábamos cuando estábamos los dos solos; cuando estaba Silvino en casa sí la encendíamos y veíamos (casi más, escuchábamos) las noticias. Angustias me enseñó algún juego de cartas al que podían jugar dos personas, pero sobre todo me enseñó a hacer solitarios, otra de mis aficiones. Lo que más me gustaba hacer con ella era construir puzles, cuanto más grandes mejor; aunque no había una mesa muy grande, para mí eran gigantes. Podíamos pasar tardes enteras construyendo un puzle, hasta que la luz del día desaparecía o llegaba Silvino. Hicimos uno de la propia Gran Vía, era muy bonito. Angustias era una experta. Volcaba todas las piezas en el centro de la mesa; "vamos a separar todas las piezas del borde", me decía. Y los dos juntos revisábamos todas las piezas hasta separar las del borde de las del centro. Entre los dos íbamos formando el marco del puzle y cuando ya lo teníamos, comenzábamos a separar las piezas por colores. Cuando ya estaba todo organizado como a ella le gustaba, empezábamos a unir las piezas. Me divertía mucho porque necesitaba toda mi atención. Angustias y Silvino no tuvieron hijos. Aunque Saturnina a veces hablaba de un bebé que no era yo y que había muerto a los pocos meses de haber nacido. Años más tarde, cuando yo empezaba a estudiar en la Universidad, Saturnina me dijo que sí habían tenido un hijo, pero que murió. Por eso se quedaron conmigo, yo llené el vacío que aquel niño dejó, y sobre todo fui la tabla de salvación para el matrimonio, bueno, en especial para Angustias. Pero, no era esto lo que te quería contar, me he perdido en los recuerdos de mi niñez y todavía no te he contado casi nada. Verás, ¿te acuerdas de que te he dicho que una vez hicimos un puzle de la Gran Vía? Era muy detallado y se veía hasta el portal en el que vivíamos. Cuando lo terminamos, Angustias estaba tan entusiasmada con el puzle, y yo también, que le pidió a Silvino que lo llevara a enmarcar. Lo colgó en mi habitación. A mí me encantaba quedarme mirándolo durante un rato antes de dormirme. Me fijaba en todos los detalles de los balcones, los portales, la gente que pasaba por la calle… Parecía tan real. Cuando ya era mayor, a punto de empezar mis estudios de Derecho en la Universidad, me pareció ver algo nuevo en el puzle. Había observado con detenimiento ese puzle muchas veces, durante muchos años y jamás había visto la puerta de ese edificio abierta. No le di mayor importancia, seguramente era el cansancio o que, de forma sistemática, había pasado por alto ese detalle. Sin embargo, al día siguiente volví a ver algo nuevo en el puzle, un hombre salía de nuestro portal. No era un hombre más, era yo, estaba seguro de que era yo, con unos años más, pero era yo. No podía ser. Ahora sí que estaba seguro de que yo nunca había estado en el puzle. Fui a buscar a Angustias, pero cuando volvimos a mi habitación yo ya no estaba en el puzle. Unos días más tarde volví a verme dentro del puzle. No podía ser, era imposible que los personajes aparecieran y desaparecieran como por arte de magia. Una noche no pude dormir pensando en esta extraña realidad. De repente, una luz salió del puzle, era la luz del portal en el que yo vivía, se abrió la puerta y una mujer me llamó. Me llamó a mí, que estaba intentando dormir sin conseguirlo en mi cama, junto a la habitación de Silvino y Angustias. Salí de la habitación y me fui a la cocina a beber un poco de leche. Cuando volví a la habitación todo parecía normal en el puzle. Me volví a meter en la cama y me dormí. A la mañana siguiente, una voz me llamó desde el puzle, otra vez, pero era la voz de un hombre, desde el interior del portal. Me acerqué y sin poder explicar cómo me vi dentro del puzle. Yo estaba en mi habitación, pero a la vez estaba en pijama a la puerta del edificio en el que vivía. No podía moverme, pero sabía que lo que veía era tan cierto como que jamás conocí a mis padres. Había un hombre en el portal y pronto se acercó una mujer. No los conocía, pero ellos me llamaban por mi nombre: "Francisco, Francisco, ven, acércate". Me moría de miedo y seguramente por eso salí del puzle sin saber cómo y volví a estar delante del puzle con todo mi ser y mis sentidos intactos. No entendía nada. Tenía mucho miedo de volver a mi habitación. Les dije a Silvino y Angustias que tenía que pasar unos días en Sevilla con unos compañeros de clase por una tarea de la clase de Derecho Romano. No me cuestionaron. Me fui solo a Sevilla. Pasé cinco días en un hostal, intentando olvidar todo lo que había pasado. Pero no podía huir así, mi vida estaba en Madrid, en esa casa, en esa habitación. Volví un sábado. Esa noche las voces del puzle volvieron a llamarme. Me acerqué y volví a estar dentro de la imagen. Esta vez me acerqué más al portal. Una mujer me abrazó como solo una madre sabe hacerlo. "Madre, ¿es usted, madre?". "Claro que sí Francisco, soy yo. ¡Cuánto he llorado desde que tuve que separarme de ti!". "¡Madre!". El hombre que me había llamado un par de veces desde el puzle era mi padre. Ellos se querían. Un año después de su marcha, volvió porque la quería y comenzaron una vida. Yo ya estaba en casa de Silvino y Angustias. Ellos querían recuperarme, eso me contó mi madre. Me dijeron que cuando yo tenía unos ocho o nueve años, estuvieron pasando unos pocos días en casa de Silvino y de Angustias, en aquella habitación que se utilizaba tan poco. Yo no los recordaba. Habían pasado muchos años. Al verme tan feliz con mi vida prefirieron no romper mi estabilidad. Yo no recordaba nada de eso, ni a ellos. Y una noche, la noche que se iban a marchar de la casa, entraron en mi habitación mientras yo dormía para despedirse de mí. No saben cómo, pero terminaron dentro del puzle que ya colgaba de una de las paredes de mi habitación, y desde allí han vigilado mi crecimiento, han llorado con mis tristezas y han reído con mis alegrías. Entonces, consideraron que yo ya podría asumir la realidad, y me habían llamado para estar a su lado. Sin embargo, a los pocos días de estar con ellos, desaparecieron. Al salir a la calle para buscarlos los vi. Estaban sentados en la cama de mi habitación, en la casa de Silvino y Angustias. Los llamé. Se volvieron y me dijeron: "Tenías que entrar tú para poder salir nosotros. Ya hemos pasado demasiados años ahí. Suerte". Habían vuelto a abandonarme. Todo era mentira. Nunca me echaron de menos, solo me utilizaron para recuperar su vida. Me abandonaron lejos de mi vida. Silvino murió. Angustias murió pocos meses después. No había herederos directos. La única heredera localizable era mi madre. ¡Qué ironía! Esa mujer que no me quiso se veía obligada a vivir en esa casa sabiendo que yo, su hijo, vivía atrapado en la pared de una de las habitaciones. Pasaron los años. Pero no para mí. Yo me mantenía con mis diecinueve años. Mis padres envejecían. Murieron. Unos sobrinos de mi padre heredaron la casa. Nunca se trasladaron a vivir allí. Vendieron esa casa a un matrimonio con dos hijas. Esa familia se marchó doce o trece años después. Nuevos propietarios. Una pequeña pensión. De nuevo una vivienda familiar. Nuevos propietarios. Pero el puzle permanecía colgado en la pared de mi antigua habitación. Y llegaron tus padres. Recién casados. Eran tan felices. Luego llegó tu hermana. Luego tú. Después los gemelos. Y te elegí a ti. No sé muy bien por qué. Tal vez tu aire de melancolía permanente. Tal vez me recordabas a la descripción que Silvino y Angustias hicieron de mi padre y por eso te elegí. Para vengarme. Ahora estás aquí, en tu casa, pero sin estar en ella. Este puzle lo acabamos Angustias y yo hace más de cien años. Y creo que ya ha llegado el momento de volver a vivir. He estado penando por mi suerte todos estos años. No lo conseguía entender. No lo entiendo aún, pero ya estoy cansado. Quiero volver a mi vida, dejar que pasen los años y morir como todo mortal. Desde aquí vas a poder aprender mucho del ser humano. No seas indiscreto, respeta a los ocupantes de esta habitación. Te dejo una habitación llena de libros, no te aburrirás. Los he ido adquiriendo en las tiendas de la Gran Vía. Hay obras increíbles aquí. Aprovecha el tiempo extra que te regalo. Investiga. Pareces un chico listo. Tal vez puedas llegar a encontrar la forma de volver al otro lado del puzle sin tener que encarcelar a nadie en esta vida. Una última cosa. No estás solo. Hay más personas que, como tú y como yo, han terminado encerrados en un instante eterno de su existencia. Ten cuidado. No entables relaciones con ellos. Nadie quiere crear una vida en un mundo donde el tiempo no avanza. Nadie quiere quedarse aquí para siempre. No sería sano. Aprovecha el tiempo. Bueno, aquí el tiempo no existe. Irene Muñoz Serrulla

Extraño, pero... extraño

—No lo puedo entender. Si al menos alguien pudiera explicarme de qué va todo esto… —Va de ti. Es así de simple. —Esa historia no tiene nada que ver conmigo. —¿Estás seguro? Yo veo bastante parecido entre tu forma de ser y esa historia. —Solo quieres provocarme. —No. Es cierto. Ese hombre se parece mucho a ti. Decís las mismas tonterías y tenéis un comportamiento muy… pero que muy… paralelo. —No digas tonterías… yo no he matado a nadie. —¿Cuántas veces has deseado hacerlo? —Muchas, pero no lo he hecho. —Puede que sea cierto que no lo hayas hecho, pero lo has llegado a planificar. Estoy seguro. —Pero, no lo he hecho. —¿Puedes jurarlo? —Yo… ¿de verdad crees que he asesinado a alguien en mi vida? —El personaje de esa historia eres tú. Lo único que os diferencia es que tú no tienes el valor de llevar a cabo tus planes. —¿Estás hablando en serio? ¿Crees que lo único que me diferencia de ese asesino es que no tengo valor? Tal vez lo que tengo es conciencia. —Ja, ja, ja. Tú no sabes lo que es eso. Solo eres un cobarde. Eso es lo que te diferencia de ese asesino. Si tuvieras agallas para asesinar a alguien… a mí… lo harías. Y si llegaras a hacerlo una sola vez, ya no podrías parar. Eres un asesino. Pero… tu cobardía es aún mayor. —Estás loco. —¿Acaso no deseas asesinarme en este preciso instante? —Desde que te conocí no pienso en otra cosa. —Pero no tienes el valor necesario para hacerlo. —Te equivocas. Lo que ocurre es que sé que no es moral asesinar a nadie. —Y si supieras que no habría castigo contra ti por asesinarme. —Lo haría ahora mismo, con mis propias manos. —Luego no es una cuestión de moralidad. Es cobardía. —¿Y qué ocurre si soy un cobarde que teme pasar el resto de su vida en la cárcel? —Que te pierdes lo mejor de la vida. —¿Qué quieres decir? —Que no sabes lo que es disfrutar la vida hasta que has cometido tu primer asesinato. Luego es tan fácil encontrar un motivo para el segundo, para el tercero, para… asesinar a cuarenta personas sin levantar sospechas. —¿De qué estás hablando? ¿Quieres decir que tú…? —A lo mejor esa historia no es sobre ti, puede que sea sobre mí. —¿Me tomas el pelo? Tú no eres capaz de matar ni a una mosca. —¿Seguro? —Pero… estás… vaya, casi me tomas el pelo. —Ja, ja, ja. Claro, claro… era una broma y casi te la tragas entera. Ven, tomemos una cerveza. Yo invito. Total, para lo que te queda… ©Irene Muñoz Serrulla

Estar

—Tengo ganas de tener ganas. Porque llevo una temporada larga que no sé si voy, si vengo o si estoy. Y si he perdido mi ser gallego lo he perdido todo. Porque si no sé si voy, podría estar viniendo, pero no lo sé, o podría estar, pero no lo veo… Y si no vengo será porque estoy pero y si estoy yendo y no lo sé… Y así día tras día, sumido en la profunda congoja de no saber o de saber demasiado y no poder o no querer o no saber. ¿Cómo saberlo? —Y ¿qué te dijo el médico? —Que no hay caso, ser gallego es de nacimiento, y yo no nací allí. Que me olvide. —No, hombre no, lo de tu apatía. —¿Tengo apatía? Si hubiera sabido que tú lo sabías no hubiera ido al médico habría venido a ti. Pero, claro, no sé si fui al médico o estuve o estoy yendo… yo no puedo vivir así, no sé dónde estoy ni dónde voy ni si llegaré… porque si no sé dónde voy ¿cómo sabré si he llegado? Y entonces ¿qué?, tengo que estar yendo toda la vida, ¿cuándo volveré? ¿No es mejor quedarse? No sé, estoy que no estoy. —No sé si tienes apatía, pero algo te pasa. —Pero eso es bueno. —¿Que te pase algo es bueno? —Claro, porque si tu dices que me pasa algo es que debe ser cierto, porque yo no lo sé, pero tú pareces una persona sabedora, y si eres sabedor… sabrás lo que dices… yo no, yo no sé. —Si sabes que no eres estables ya sabes algo. No está todo perdido. —¿Es que perdí algo? No me digas eso, porque no lo sabía, y ¿qué tengo qué buscar?, ¿dónde? ¿He de ir o ya volverá? Pero ¿cómo era lo que perdí? —Creo que deberías ir al médico y contarle todo esto. —Pero ¿él sabe dónde está lo que perdí? Y ¿cómo le digo, si no sé lo que perdí? Pensé que podrías ayudarme, pero me has descubierto un problema nuevo. Yo no sabía, pero ahora sé que perdí. Y yo no quiero ser un perdedor. ¿Merece la pena ser algo si se trata de ser un perdedor? Casi prefiero no ser. —No digas eso, hombre. En la vida hay que ser algo. Ser perdedor no es tan malo. —¿Tú eres perdedor? ¿Por eso sabes que no es malo? —No, yo no soy ningún perdedor. Yo tengo una vida de éxito. —¿Cómo sabes que es de éxito? ¿Tuviste otra de fracaso para comparar? —No, nunca fracasé. —Entonces ¿cómo puedes saber que tu vida es de éxito? A lo mejor es un fracaso y no sabes que lo es porque solo has tenido una vida. —Que no, hombre que no. Mi vida no es ningún fracaso. —No sé. Si tú lo dices. Yo sé que una vez supe, por eso sé que ahora no sé. Yo tuve ganas una vez, por eso sé que ahora no tengo ganas, pero quiero tenerlas… —Ganas ¿de qué? —Ganas de tener ganas. —Pero ¿de qué? —Pues eso, ganas de tener ganas, lo demás ya vendrá. —Estás loco. —¿Cómo lo sabes? —Es evidente. —¿Tú estuviste loco y por eso lo sabes? —No. Yo no estuve loco ni lo estoy. —Entonces ¿cómo lo sabes? No puedes decir que lo estás o no lo estás si no lo has estado o no lo estás. No te entiendo, crees que lo sabes todo pero, en realidad, no sabes nada. Dices que tengo apatía, pero no lo sabes. Dices que no es malo ser perdedor, pero no lo sabes. dices que estoy loco, pero no lo sabes. Creo que eres un mal médico. —Pero yo no soy médico. —Entonces ¿qué haces diagnosticando mi problema? Me has dicho que soy un loco perdedor apático y resulta que no eres médico. ¿Por qué me quieres engañar? —Yo nunca dije que fuera médico. —Pero… la plaquita de la puerta dice «médico». —Creo que ha habido un malentendido. Dice «me dedico». —No me lo puedo creer. Y ¿a qué se dedica? —A diagnosticar problemas ajenos. —Entonces… ¿Es verdad que soy un loco perdedor apático? —Yo ya dije lo que dije... —Y ¿cómo puedo evitarlo? —Deja de serlo. Si crees que es mejor no serlo, deja de serlo. —Claro, es obvio. Si dejo de serlo, ya no lo seré. —Exacto. —Has sido de gran ayuda, voy a dejar de serlo… Aunque, tal vez, ya he dejado de serlo o puede que venga de haberlo dejado. ¿Cómo puedo saber si ya he dejado de serlo? En realidad no sabía que lo era… ¿Cómo sabré que ya no lo soy? —En eso tienes razón. Tal vez es mejor que sigas siendo. —Y ¿eso es lo mejor? —Ya lo veremos. —¿Cuándo? —Vente en veinte días y volvemos a hablar. —Y si vienes tú, es que como yo no sé si voy o si vengo o si estoy, creo que no sabré… —Pues no te vayas. quédate aquí y vamos viendo si es mejor o no es mejor. —Me puedo quedar aquí. —Claro, es tu casa, quédate en ella. —Pero la plaquita de fuera… —Ah, no te preocupes, ahora la quito al salir. Yo solo vine por ver si venía alguien. —Y ¿vino alguien? —En realidad no, porque tú ya estabas. —Entonces está claro, ni voy ni vengo. Estoy.

Alguien

Cansados de responder «bien» cuando alguien pregunta. Cansados de sonreír cuando no hay más lágrimas. Cansados de fingir para no hacer daño a quienes no soportan la verdad, a quienes no quieren la verdad, a quienes están de paso, sin querer dejar huella, sin querer pararse a entender. Cansados de aceptar en lugar de gritar lo que la garganta amargamente calla. Cansados de respirar cuando necesitamos parar, cuando necesitamos descansar, cuando necesitamos llorar, cuando necesitamos… ¿qué? Cansados de ver para no ver. Cansados de oír para no escuchar. Cansados de tocar para no sentir. Cansados de andar para no caminar. Cansados. Simplemente cansados. Vivir sin poder vivir. Morir sin poder morir. Saber sin poder entender. No volver a sentir. No volver a sonreír. No volver a querer. Cansados de no volver… No volver, una y otra vez, no volver. Y de repente alguien sueña… Alguien siente… Alguien levanta la cabeza y mira, y escucha… Alguien que sabe que está solo. Alguien que sabe que todo acabó. Alguien que no quiere más. Solo quiere decir adiós, bajar la cabeza, no mirar, no escuchar… Solo quiere dejar de soñar, dejar de sentir… Alguien que está cansado de su soledad. Alguien que está cansado de no poder estar solo. Alguien que está cansado de seguir respirando, de seguir soñando. Alguien que esconde en sus ojos los recuerdos de lo vivido ayer. Recuerdos maleables. Recuerdos reconstruidos para que no duela, para que no haya lágrimas, para no volver a soñar, para no volver… De nuevo… no volver. Jamás. Hay alguien que nunca quiso venir y vino, que nunca quiso saber y supo, que nunca quiso querer y quiso. Hay alguien. Siempre hay alguien. Nunca y siempre serás tú… Nunca y siempre volver… ©Irene Muñoz Serrulla

Ausencia en la mirada

Recuerdo cuando tu boca llenaba la mía y se llenaba con la mía. La excitación con la que tus caricias y tus besos llenaban mi piel. Los ojos cerrados para intentar retener tu mirada. El ansia de mi piel por impregnarse de tu aroma. Mi boca silente llorando tu ausencia. Las noches de soledad recordando tu presencia. Recuerdo aquella primera noche, tu mirada nerviosa esperando mi beso para saber cuál era mi decisión y saber si seguiríamos siendo amigos o algo más. Algo más fue la decisión, me gustaba tu mirada, me gustaban tus susurros. Esa fue la decisión. Creí que tú fuiste mi decisión. Los ojos cerrados para intentar retener tu mirada. Aquel último café. Aquella última caricia. Tu despedida sin palabras. La sonrisa apagada. Un beso. Una caricia. Un hasta mañana. Un mañana que murió antes de llegar. Recuerdo nuestra primera vez. La ternura de tus manos recorriendo mi cuerpo. Tus miradas, tus palabras, tus deseos. La memoria no evitará que yo pueda revivir el estremecimiento de mi cuerpo. Sentir aquellas palpitaciones tan lejos de mi corazón. Los ojos cerrados para intentar retener tu mirada. Aquel último café. Aquella última caricia. Tu despedida sin palabras. La sonrisa apagada. Un beso. Una caricia. Un hasta mañana. Un mañana que murió antes de llegar. Los ojos cerrados para intentar retener tu mirada. Aquel último café. Aquella última caricia. Tu despedida sin palabras. La sonrisa apagada. Un beso. Una caricia. Un hasta mañana. Un mañana que murió antes de llegar. Recuerdo la primera vez que te marchaste. Un simple «en breve volveré», pero no fue tan «breve», no fue un «volveré». Fue un renacer, lejos aunque estabas cerca. Y las noches de añoranza no acabaron jamás. Un volver que apagó cada noche iluminada. Recuerdo la tristeza aquellas noches. Tus manos, tu mirada, ni tu ausencia me llenaba. La memoria no te olvida. El cuerpo no te niega. Mi boca silente llora tu ausencia. Una ausencia infinita que ya fue acallada. El evidente misterio de tu ausencia infinita. Los ojos cerrados para intentar retener tu mirada. Aquel último café. Aquella última caricia. Tu despedida sin palabras. La sonrisa apagada. Un beso. Una caricia. Un hasta mañana. Un mañana que murió antes de llegar.

Reencuentro

—Vamos Daniela, toma un poco más de sopa. Daniela. ¿Dónde estará tu cabeza en este momento? Pobre mujer… Daniela se encontraba sentada junto a otras seis personas en el comedor. Siempre iba en el segundo turno de comidas. No porque ella lo hubiera elegido así, sino porque Jacinto, el encargado de organizar los turnos de comida en la residencia, pensaba que siempre era mejor que aquellas personas que todavía eran capaces de saber, por sí solas, si tenían hambre o sed estarían mejor en el primer turno. Para el segundo turno había dejado a aquellos que a duras penas se mantenían a este lado de su mundo, y con ellos, los cuidadores más pacientes. Nunca los mismos que atendían el primer turno, porque podían estar más cansados y, sin darse cuenta, tratar con menos cariño y respeto a alguno de los habitantes de la residencia. Eso no estaría bien, sería injusto para todos. —Daniela, abre la boca. Mírame. Mira, aquí, estoy aquí —le decía Susana cogiendo con ternura la barbilla de Daniela y girando su cara hacia ella—. Daniela, solo un par de cucharadas más de sopa y te doy las natillas que tanto te gustan. Pero, ese día, Daniela no estaba muy cerca de este lado del mundo. Su cabeza estaba en su propia realidad…  —No podemos permitir que esa gente nos robe nuestras vidas. Tenemos que plantar cara a esos malvados. Somos más que ellos. Solo necesitamos organizar una buena táctica e ir todos a una —arengaba Daniela a sus compañeros. —Hablas muy bien —dijo Rosita—, pero no veo que hayas hecho nada hasta ahora. —Porque no tiene ningún sentido que lo haga yo sola, solo me buscaría problemas. Vuestra situación seguiría igual y la mía empeoraría. Debemos ir todos juntos en cada acción —respondió Daniela—. Somos más y solo eso nos da una ventaja. —Daniela tiene razón —dijo Alfredo—. Tenemos que organizarnos y presentar batalla. Somos más listos que ellos. Lo único que les da el poder son sus armas. —Alfredo —susurró Daniela con una tímida sonrisa—. Has vuelto. —¿Te parece poco? —intervino Enrique, con una sonrisa irónica—. ¿No crees que tienen la mejor de las razones? Solo con el movimiento de un dedo pueden acabar con uno de nosotros. —En todas las batallas hay bajas —alzó la voz Daniela—. Si queremos recuperar nuestras vidas, nuestras familias, nuestras casas… todo aquello por lo que hemos luchado año tras año, tenemos que asumir riesgos. —¿Ah, sí? Pues ve tú la primera, señora valiente —espetó Rosita. —Lo haré —casi gritó Daniela—. Pero si tenemos un plan. No me voy a sacrificar por nada. —Yo iré de avanzadilla contigo —surgió la voz de Mercedes. —Iré yo —dijo Alfredo. Daniela, como todos sus compañeros, se había visto despojada de sus vidas por un grupo de ruines que, un día, llegó a su aldea y arrasaron con todo su pasado. Los dejaron lejos de sus vidas, lejos de sus experiencias. Cada vez más lejos de sus recuerdos. —Silencio —dijo Rosa—. Se acerca alguien.  —Nada doctor, hoy casi no ha comido nada —le dijo Susana al doctor Portel. —¿Ni siquiera las natillas? —preguntó él. —Nada, tres o cuatro cucharadas de sopa. Luego no sé dónde se fue. Pero no estaba en el comedor. Ha sido imposible. Tampoco he conseguido captar su atención. El doctor Portel trataba a Daniela desde que ingresó en la residencia hacía casi cinco años. Se interesó rápidamente por ese caso. No era normal que una mujer de cuarenta y nueve años se viera atacada tan ferozmente por el Alzheimer, una enfermedad que cada vez respetaba menos la edad. Daniela era un reto para él. Se trataba de una mujer activa. Era abogada, así que se veía obligada a mantenerse mentalmente activa para poder ejercer su profesión. Además, hacía deporte casi todos los días (corría en la cinta que había puesto en casa, solía practicar Kempo-Contact los viernes, iba al gimnasio del edificio donde tenía su despacho cada vez que tenía media hora libre, y salía a montar en bicicleta con un amigo todos los domingos). Mantenía una vida social activa: salía con amigos siempre que podía, al cine, a cenar, simplemente a tomar un café. Nada en su vida podía hacer pensar que, tan joven, fuera a empezar a notar los síntomas del Alzheimer. Ni siquiera tenía antecedentes familiares que le hubieran hecho sospechar que tarde o temprano llegaría la enfermedad. Su padre murió en un accidente de tráfico cuando ella tenía doce años, y su madre murió de cáncer cuando Daniela ya era adulta. Daniela ya no podía ejercer su profesión. Ya no era aquella sagaz abogada que pleiteaba por el más pequeño de los casos. Daniela ya no era Daniela. El doctor Portel, hizo un trato con ella, haría pruebas de todo tipo desde el primer día que ingresara en la residencia, y no descansaría hasta dar con alguna pequeña solución que la permitiera mantener algún recuerdo. Pero hasta ese día solo había conseguido acumular fracasos. Uno tras otro. Montones de pruebas en esos cinco años que apenas habían arrojado luz sobre el detonante de la enfermedad. Y las investigaciones de los centros con fondos avanzaban tan despacio…  —Daniela —la llamó Alfredo. —Dime. —Sabes que yo nunca voy a dejarte, ¿verdad que lo sabes? Daniela sonrió y acarició suave y tiernamente la mejilla de Alfredo. —Claro que lo sé. Tranquilo. Espera, viene alguien…  —¡Hola Daniela! —dijo en voz muy alta el doctor Portel. Pero no hubo respuesta. Ni una mirada que le hiciera tener esperanza. Daniela permanecía sentada en una silla junto a la puerta que daba salida al jardín de la residencia. —¿Quieres que salgamos a dar un paseo? —preguntó el doctor—. El sol todavía calienta a pesar de que estamos en noviembre. Venga, salgamos. Levanta… Daniela no hizo ningún gesto que permitiera entender que iba a poner algo de su parte. Permaneció sentada con la mirada perdida en la lejanía. —Susana —dijo el doctor—, por favor, ve a preguntar quién ha estado los últimos tres o cuatro días con Daniela. Pregunta si ha pasado algo fuera de lo normal. ¿Ha venido alguien a verla? —Nadie doctor, ya hace meses que nadie viene a verla. —La última visita que recuerdo fue en el mes de agosto. Vino a verla Alfredo, aquel amigo suyo. —Eran pareja. —No lo sabía. ¿Y no ha vuelto? —No. Llama de vez en cuando para preguntar por ella. Pero no ha vuelto. —Eso no ayuda. ¿Podemos localizarlo? —Tenemos un teléfono suyo. Podemos intentarlo. —Consígueme ese teléfono, por favor. Y pregunta si en estos últimos días ha pasado algo raro o diferente en su rutina. Pero no había ocurrido nada fuera de lo normal en los últimos tres o cuatro días. Nada que los cuidadores pudieran recordar. Susana le dio el teléfono de Alfredo al doctor. —Me han dicho que hace unos cinco días que no ha llamado. Antes solía llamar cada dos o tres días —dijo Susana. —¿Daniela sabía que Alfredo llamaba para preguntar por ella? —preguntó el doctor. —Sí. Bueno, se lo decíamos, pero no sabemos si llegaba a entender lo que decíamos. Yo creo que a veces sí, cuando sonreía al oír que Alfredo había llamado. —Quizá consigamos una reacción si él vuelve a verla… No contestan. No tiene el buzón activado… Espera… Hola; pregunto por Alfredo, pero no sé si me he equivocado… —¿Quién es? —preguntó una voz de mujer al otro lado del teléfono. —Soy el doctor Portel, llamo de la residen… —Sí, sé de dónde llama. —Perdone. ¿Puedo hablar con Alfredo? —Verá doctor. Alfredo… —La voz de aquella mujer se apagó entre sollozos. —¿Qué ocurre? ¿Se encuentra bien? ¿Alfredo está bien? —Doctor… Alfredo ha fallecido hace tres días —dijo entre lágrimas aquella mujer—. Soy Mariana, su hermana. —¿Hace tres días? —Sí. ¿Qué importa eso? —Verá. ¿Conoce usted a Daniela? Discúlpeme —dijo el doctor, bajando el tono de voz—. Lamento mucho el fallecimiento de su hermano. —Gracias… Sí, claro, conozco a Daniela. Fuimos compañeras en el instituto, por eso mi hermano y ella empezaron a salir, yo fui la pieza que hizo que se conocieran. ¿Le ha pasado algo a Daniela? —¿Sería mucho pedir que viniera usted a la residencia? —No es un buen momento… —Lo entiendo, pero… si no pensara que puede ayudarme a entender algunas cosas, no le pediría que viniera en este momento. Comprendo que es un trance complicado. —¿Mañana… mañana por la tarde le va bien? —Sí claro. Soy el doctor Portel, bueno eso ya lo sabe. Pregunte por mí en recepción. Y, de verdad que siento que Alfredo… Nos vemos mañana. Gracias, Mariana. Al día siguiente Mariana llegó sobre las cinco de la tarde. El doctor estaba en su despacho. Susana acompañó a Mariana hasta allí. —Doctor —dijo Susana empujando un poco la puerta que estaba entreabierta. —Sí. —Mariana, la hermana de Alfredo, está aquí. —¡Qué bien! —dijo el doctor, levantándose de su silla de trabajo—. Mariana, pase. Susana quédate, si no le importa a usted. —Qué tal doctor —saludó Mariana—. No, no tengo inconveniente en que se quede. No sé para qué he venido, así que… —Siéntese, por favor. —¿Podemos tutearnos, doctor? —Claro, mi nombre es Gabriel. Verás, Mariana. Tu hermano, hasta el mes de agosto estaba viniendo casi todas las semanas a ver a Daniela. Luego dejó de venir. —Lo sé. Podríamos decir que yo se lo prohibí. —¿Por qué? Si no es indiscreción —preguntó el doctor. —Verás Gabriel, a mi hermano le afectaba muy negativamente ver el deterioro que día a día estaba consumiendo a la única mujer a la que ha querido en su vida. Después de cada visita, ¿cómo decirlo? Era como si él mismo perdiera años de vida tras ver a Daniela. No poder mantener una conversación… sus ojos casi perdidos en el horizonte… ¿Saben los ojos tan bonitos que tenía Daniela? Creo que eso fue lo primero que cautivó a mi hermano. Hicieron que él se fijara en ella. Cuando se conocieron, teníamos unos diecisiete o dieciocho años, él, bueno, él siempre ha sido muy atractivo, y no se comprometía con nadie… en aquellas edades… y en aquellos años. Pero Daniela consiguió atraparlo desde el mismo instante en que los presenté. Alfredo no paraba de preguntarme cosas sobre ella. Se volvió loco. Hasta que el otro día… —Mariana bajó el tono de voz hasta que casi se convirtió en un susurro—. Veréis, mi hermano… Alfredo… Alfredo se suicidó. —¡Dios mío! Lo siento —dijo el doctor, mientras Susana ahogaba un lamento entre sus manos—. No sabía… —Tranquilos. En parte… creo que fue culpa mía… por prohibirle que viniera a ver a Daniela. —No digas eso, Mariana —dijo el doctor. —Sí, verá. Alfredo, después de las últimas visitas… él decía que Daniela parecía estar más cerca de los muertos que de los vivos. Poco a poco fue convirtiendo esa idea en realidad. En su realidad. Y… —¿Quieres decir que se ha suicidado para poder estar más cerca de Daniela? —preguntó Susana, mientras se secaba una lágrima de su mejilla. —Creo que sí. Se obsesionó. Nunca aceptó que esa enfermedad se estuviera llevando a su Daniela de una forma tan cruel. No estaban casados, pero para ellos eso no tenía importancia. Dejó una nota. Y decía eso, que no soportaba la ausencia de Daniela y que quizá así pudiera volver a estar con ella, como antes. Conversar. Recuperar la mirada de ella… —Mariana —dijo el doctor, recuperando el tono de la conversación—. Verás. Desde hace unos tres días, Daniela está… bueno lo más fácil es decir que no está. Apenas conseguimos que coma; no tiene ni un solo instante de lucidez; solo conseguimos encontrar su mirada perdida en el horizonte… No hay forma de que la recuperemos. Desde hace tres días. —¿Qué insinúas? —Puede que tu hermano tuviera razón.  —Alfredo —susurró Daniela al oído de Alfredo, mientras los demás dormían. —Dime —respondió él. —He estado pensado. No veo a Mercedes por aquí desde ayer. Era la única que estaba dispuesta a dar la cara por los demás. No sé dónde está. Solo quedamos tú y yo. No merece la pena que arriesguemos nuestras vidas por todos estos. En el momento que vean peligro van a abandonarnos. Vamos a sacrificarnos por nada. —Tienes razón. Daniela, yo me he sacrificado por ti. Para poder seguir a tu lado siempre. Para volver a ver tus ojos llenos de vida. —Lo sé —dijo Daniela, mirando directamente con sus brillantes ojos verdes a los ojos marrones de Alfredo. —Ha merecido la pena. Esa mirada… se merece cualquier sacrificio. —Alfredo. Vámonos tú y yo. Dejemos atrás a los demás. —¿Estas segura? —Sí. Absolutamente. Alfredo se levantó, ya no le importaba hacer ruido y despertar a alguien, ni que pudieran oírlos y fueran a por ellos. Cogió la mano de Daniela y comenzaron a caminar. —¿A dónde iremos? —preguntó Daniela. —No lo sé. Ya veremos. Primero, salgamos de aquí. Mira… por ahí. Daniela se detuvo un instante. —¿Qué ocurre? —preguntó Alfredo. —No lo sé —respondió Daniela. —Confía en mí. Nunca te abandonaré. No quiero dejar de ver tu mirada. Quiero retomar aquellas conversaciones… Ven, agárrate a mi mano. No voy a abandonarte jamás.  Sonó el teléfono en el despacho del doctor Portel. —¿Ahora mismo? Pero… Ya… Sí… Comprendo… Voy. Sí, voy enseguida —Colgó la llamada y se volvió hacia Susana y Mariana—. Daniela acaba de fallecer. Dice Manuel que estaba en la sala de los juegos, donde se sentaba estos días mirando al exterior —dijo dirigiéndose a Susana—; y que se ha levantado, sin pedir ayuda a ninguno de los cuidadores. Que ha abierto la puerta del jardín y ha salido susurrando unas palabras: «¿A dónde iremos?», creen que ha dicho. A los cuatro o cinco pasos se ha desplomado. Han ido a ayudarla, pero ya había fallecido. Los tres intercambiaron miradas inundadas en lágrimas. El doctor Portel salió del despacho en dirección al jardín. Tenía trabajo por delante. ©Irene Muñoz Serrulla