Trabalibros entrevista a Jesús Carrasco, autor de "El detalle"
El humor es una herramienta, un cuchillo que agudiza los poderes de la literatura

Trabalibros Entrevista
Jesús Carrasco (Olivenza, 1972) es una de las figuras más sólidas y respetadas de la narrativa española actual. Desde que su debut con Intemperie lo consagrara como un fenómeno literario internacional traducido a veintiocho lenguas, su trayectoria ha estado jalonada de éxitos y reconocimientos, entre los que destacan el Premio de Literatura de la Unión Europea por La tierra que pisamos y el prestigioso Premio Biblioteca Breve por Elogio de las manos.
Con su nueva novela, El detalle, Carrasco se aventura en un territorio inédito en su obra: la comedia y la ironía. A través de Felipe y Leticia, una pareja que tras veintitrés años de convivencia se enfrenta al desgaste producido por las hipotecas, los hijos y el tedio cotidiano, el autor realiza una disección tan divertida como despiadada del amor romántico y de las grietas de la vida doméstica.
En esta conversación, Bruno Montano profundiza con el escritor extremeño en los temas que vertebran este "artefacto literario" de precisión que habla con mucho sentido del humor del "amor en los tiempos del low cost" (Seix Barral).

- Bruno Montano, Trabalibros (B.M.):, He dividido la entrevista en cuatro partes más o menos. Me gusta organizar la información así. Una primera parte en la que hablaremos del tema principal del libro: la pareja, las parejas de largo recorrido, el amor en general y el romántico en particular. Una segunda parte en la que veremos varios temas recurrentes en toda tu obra, como la ética del cuidado —de la que hemos hablado otras veces—, la crítica del capitalismo en fase avanzada que estamos viviendo hoy en día y el ámbito literario de lo infraordinario, de lo casero y lo hogareño. Una tercera parte en la que hablaremos, por supuesto, del humor, la ironía y la parodia, que yo creo que es un tono inédito en tu obra.
- Jesús Carrasco (J.C.): Ha asomado la patita en alguna anterior. Algún ramalazo, pero que presida la obra entera, no.
- B.M.:.Y en cuarto lugar hablaremos de una serie de cuestiones formales que me han interesado. Empezamos por orden. Los protagonistas son una pareja de largo recorrido que acusa cierto, como tú lo dices aquí, «desgaste de materiales» por diferentes cargas, tensiones y compresiones que ha sufrido su estructura. Tienen dos hijos, dos hipotecas, un coche grande, un sofá en L, deseos divergentes, líbidos desacompasadas, sexo oficial y funcionarial, cierta competitividad mutua, reparto heterogéneo de tareas, heridas mal cerradas y niveles de compromiso dispares. Es una pareja estándar, lo que viene a ser una pareja normal, pero están en esa fase que tú llamas «velocidad de crucero». Una fase que está impulsada por un sentido del deber que para un trabajo o para los estudios está muy bien, pero para una pareja no. Esta fase de la pareja es especialmente peligrosa porque preanuncia un fracaso, una crisis, una catástrofe, una implosión.
- J.C.: Yo creo que es una fase absolutamente normal que da la propia duración. La vida tiene a veces este componente tedioso, pero no necesariamente hay que preconizar eso. Yo creo que es un interregno entre el amor que se mueve por la energía atómica del principio y por otros estímulos después —los hijos quizás, no lo sé, o ciertas emociones—, y lo que vendrá después, que es la última fase del amor y de la vida. Es un interregno, un aviso, y se puede tomar como un espacio de precaución también. Estamos perfectamente capacitados y autorizados para aburrirnos; por supuesto, la vida no tiene por qué caber en Instagram todo el tiempo. Pero conviene no relajarse en ese momento. No puedes acostumbrarte al aburrimiento porque entonces sí que se acabó; yo creo que eso no lo aguanta nadie. Normalizar el aburrimiento me parece que no lleva a ninguna parte; hay que ser una pareja muy aburrida para seguir aburrido durante 50 años y estar bien.
A veces también las parejas se convierten en una especie de comunidad de intereses. No solamente son unidades emocionales, también son unidades de sentido económico. Por ejemplo, muchas parejas no se separan porque no se lo pueden permitir. Conviene tener un equilibrio entre esa comunidad de intereses, que también es necesaria, y el crecimiento mutuo emocional, que es el mejor de los casos y como yo me planteo la vida.

- B.M.: Felipe y Leticia, los protagonistas de esta novela, han llegado a esa fase peligrosa de la pareja, pero él aún cree que puede salvarla. Intenta salvarla, o reiniciarla, mediante un detalle romántico que quiere tener con su mujer y que consiste en llevarla de viaje al lugar inicial en el que se conocieron, se enamoraron y se dieron el primer beso. Pero claro, este viaje funciona, creo, primero como un disparador de la trama, pero segundo como la clave paradójica e irónica de toda la novela. Yo creo que la define muy bien el narrador protagonista cuando dice: «En esta distancia entre la ingenuidad bobalicona de mi detalle y la verdadera naturaleza del problema, estaba la clave». Yo creo que está exactamente ahí el eje irónico y paródico.
- J.C.: Sí, esa es la clave irónica: la ironía de querer parar una hemorragia con una tirita. Ahí está también el sentido del asunto, la clave de la novela y la clave cómica. Es decir, la distancia... La comedia muchas veces se produce por desplazamiento, por un contraste, por una cosa que está fuera de sitio. Y en este caso, el que está fuera de sitio es Felipe, que ha hecho un mal diagnóstico, ha cometido un error de diagnóstico y eso desencadena el desastre y también la comedia. ¿Qué haces poniendo una tirita cuando lo que tienes es una hemorragia enorme? Hazte un torniquete o vete al hospital, pero no pongas una tirita. Él ha cometido un error de diagnóstico en el análisis de su pareja; en ese estadio de aburrimiento y de velocidad de crucero, para empezar no se da cuenta de la clave de la situación y luego pone una medida que funcionaría bien en una película de Hugh Grant, probablemente, pero no en la vida real.
- B.M.: Este intento de poner una tirita, que no deja de ser un remiendo me recuerda un poco a los apaños y a las soluciones de fortuna del protagonista de tu novela anterior, Llévame a casa, que también hacía apaños en la casa.
- J.C.: No había visto esa continuidad, pero sí, a mí me encantan los apaños. El concepto «apaño» me encanta porque implica ingenio y estar despierto. Es solucionar un problema según surge con lo que tienes a mano, y eso me parece que concita lo mejor que uno tiene: reúnes lo que tengas a mano y solucionas. Eso me gusta mucho, pero en este caso a Felipe el apaño no le funciona porque no ha captado adecuadamente lo que le rodeaba.
-B.M.: Por otra parte, hay también en todo el libro una crítica del amor romántico. Hay un libro fantástico, un clásico impresionante que tienes que leer, titulado El amor y Occidente de Denis de Rougemont. En él se distingue entre dos grandes tipos de amor: el amor-pasión, que dice que es bioquímico, destructivo, insaciable y que lleva a la muerte —ejemplificado con el mito de Tristán e Isolda, el mito fundacional del amor en Europa—, y el amor-conyugal, que tiene que ver con la fidelidad, con la aceptación del otro y con el construir un proyecto de existencia. Él marca la diferencia entre ambos y explica que el amor romántico actual, tal y como lo entendemos, nace en el siglo XII con los trovadores y el amor cortés, se refuerza con el Romanticismo de los siglos XVIII y XIX, y ya lo remata el cine de Hollywood y la novela romántica actual. Yo creo que tú has hecho aquí una disección y una crítica de ese amor romántico y bobalicón.
- J.C.: Sí, es evidente. No me he remontado a Tristán e Isolda, pero sí que contrapongo todo el tiempo esos dos planos: el amor romántico y el amor conyugal. En realidad, a los dos les aplicamos la etiqueta de «amor» y son dos acontecimientos absolutamente diferentes. Uno se dirime en el dormitorio, en la cocina, en el pasillo o en la sala de un hospital; el otro se dirime en el estadio de los Yankees, rodilla en tierra, con un diamante de Tiffany's y con la carrerita por el aeropuerto. Cosas que no funcionan y que yo nunca he visto en ninguna relación normal.
Ese plano contrapuesto siempre ha estado ahí, es algo que también me ha acompañado. Lo recuerdo, por ejemplo, en Llévame a casa, donde hay escenas que reflejan el amor entre los padres y los hijos. El protagonista compara ese amor, o la relación que tiene con sus padres —los padres castellanos, españoles, nacidos en la posguerra—, con ese amor que veían en las series de televisión. Ese amor de cocina americana, de teléfono con el cable largo, de confidencias y de hablar de sexo. Esas contraposiciones entre el amor idealizado —las emociones empaquetadas de Hollywood— y lo que verdaderamente sucede y cómo sucede en la vida real. No sirve una cosa para la otra, pero es terriblemente seductor.

- B.M.: He estado 23 años vendiendo libros en una gran librería y la sección de novela romántica era la más transitada. Confirmo que ese tipo de “amores” son muy atractivos para cierto tipo de lectores
- J.C.: Es que es muy deseable. ¿Quién no aspiraría a tener una casa en la Toscana y simplemente dedicarse a hacer el amor todo el día? No tener que hacer la comida, ni limpiar… ¿Quién no quiere eso? Pero me estoy acordando de una cosa que decía Juan José Millás: dice que el orgasmo está muy bien porque dura 2,5 segundos —o en las mujeres un poco más—, pero si durara 35 minutos sería desquiciante. Todo en su justa medida está bien.
- B.M.: Ahora vamos a ver dos conceptos, casi dos teorías de las que se habla en la novela: el concepto de «teoría de la tercera dimensión “y el concepto de «tercer miembro». Empecemos por la primera, la teoría de la tercera dimensión. Hay dos afirmaciones del protagonista. Una es: «En lo que yo he fallado con Leticia ha sido en la tercera dimensión». Y en otra dice: «Hasta la fecha yo no había explorado demasiado mi dimensión profunda». ¿Estamos fallando en eso? ¿Carecen nuestras relaciones actuales con las demás personas, y con nosotros mismos, de esa profundidad?
- J.C.: Te diría que en las relaciones románticas y, en realidad, en todo. Yo creo que no he percibido nunca un mundo tan superficial ni tan plano en mi vida, donde no hay dos referencias sustanciales en nada. Todo parece que se acaba en las dos dimensiones y ya está; y, además, dura muy poco.
La tarea de explorar la tercera dimensión —lo que va hacia abajo, lo que está detrás— es una tarea heroica para todos, pero a la que todos estamos llamados. La vida es mucho más que comprar, es mucho más que salir en Instagram, es mucho más que comer, beber, dormir, descansar y ser eficientes. Es mucho más. Al menos en mi concepción, quizás del siglo XX, no lo sé; pero en mi concepción humanista de la realidad, la vida propone un camino que va hacia adentro también. Hay que tener ganas de explorarlo porque me parece que ahí está la sustancia de la existencia, en esa tercera dimensión. Y por supuesto, hay que disfrutar de las dos dimensiones que están a la vista, no todo tiene que ser solemne, profundo, relevante ni grave. Pero renunciar a la tercera dimensión o no explorarla me parece una pérdida.
- B.M.: Recuerdo que en la última conversación que tuvimos hablamos de una cita de Séneca que incluías en el libro, que hablaba de la idea de que, como no podemos alargar temporalmente la vida debemos ensancharla
- J.C.: Sí, el tiempo está contado. La cita es de las Cartas a Lucilio.
-B.M.: El segundo concepto es el de «tercer miembro». Una pareja —y aquí te has puesto gestáltico— no es la suma de dos individuos, sino que es una entidad que, partiendo de dos personas, se convierte en algo diferente a ambas. La idea de la Gestalt es que el todo es más que la suma de las partes. Y ese todo es un proyecto familiar común. Ese proyecto común es el tercer miembro. Como tú decías antes, no solo hay amor y sexo, sino que hay hijos y crianza, hay una unidad económica —una familia también lo es—, un patrimonio que gestionar, rutinas y tareas tediosas de intendencia y mantenimiento. Todo eso también forma parte de ese proyecto complejo que es la pareja.
-J.C.: Sí, claro, para mí es algo evidente. Y también compite, quizás, con una idea un poco primaria e inmadura del amor; ese amor en el que cada uno de los miembros comparece únicamente para satisfacerse a sí mismo y para salir de esa relación habiéndolo conseguido. Yo creo que eso no es así. Yo creo que una pareja es como cualquier asociación humana, incluso política, que requiere de una cesión. Somos miembros de la Unión Europea y tenemos que ceder parte de nuestra soberanía si queremos ser algo mayor que lo que somos en España, por ejemplo. Con la pareja pasa igual: hay que ceder, tiene que haber una cesión.
Si no se da esa cesión, no se produce el conjunto de intersección que es ese «tercer miembro». Un territorio que a veces es penoso o pesado porque implica renunciar a parcelas de libertad, por ejemplo, pero en el que hay una mina de riqueza emocional enorme. En ese espacio común compartido suceden cosas atómicas; para mí, en mi experiencia, es como un reactor nuclear. Es el lugar en el que el otro y tú encontráis algo que ninguno de los dos teníais por separado y que, al mismo tiempo, los dos aportáis. Es una especie de relación química extraña, muy poderosa, a la que yo no quiero renunciar.

- B.M.: Es algo muy interesante que ya decía, por ejemplo, Erich Fromm en El arte de amar: que el amor es tremendamente creativo. Donde no había nada, entre dos habéis construido algo que no existía y que realmente es bello. Y a veces es algo inesperado, impredecible.
- J.C.: Algo que ninguno de los dos esperaba o suponía. Yo creo que esa es la parte más interesante: la exploración compartida de un mundo que está por conocer y que va a surgir así, por el camino, según lo transitas. Pero también es difícil. Siempre que se habla de parejas que rompen o que no siguen, en realidad pienso en lo complicado que es el proyecto. Es un empeño muy difícil. Somos difíciles por separado, así que en conjunto lo somos al cuadrado; por tanto, no es fácil seguir en pareja, no creo que sea sencillo.
- B.M.: Sí, como proyecto es complejo, tiene un alto índice de fracaso. Estoy seguro de que, si fuera un negocio, ningún empresario prudente lo emprendería dadas sus elevadas posibilidades de quiebra.
- J.C.: Pero al mismo tiempo tiene la recompensa de lo complejo, que es, por ejemplo, la exploración de esa tercera dimensión de la que hablábamos. Una serie de rewards, de recompensas, como dicen en la novela, que son inesperadas y a veces escalofriantes. Pero para eso hay que prestar atención, que es otro de los temas fundamentales del libro.
- B.M.: Con el tema de la atención entramos en el apartado de tus temas recurrentes. El primero es la ética del cuidado. Yo creo que las dos veces que hemos hablado anteriormente ha salido a relucir la ética del cuidado. Y, claro, una parte importante del cuidado es atender al otro, escuchar al otro. Y eso es lo que falta. De hecho, el narrador dice que el atributo humano más amenazado en el siglo XXI es la atención. No prestamos atención, no escuchamos; se produce un fenómeno de desatención continuo y constante hacia todas partes. Este capitalismo de la atención, ha convertido esta facultad humana en un valor mercantil. La gran oferta digital actual esta colaborando y potenciando esta desatención.
- J.C.: Está colaborando, tú lo has dicho. Yo creo que tampoco hay que demonizar el tiempo presente. Atender siempre fue complicado, escuchar siempre fue complicado, y dejarle tiempo al otro siempre lo fue. Percibir sus necesidades y renunciar a tus placeres por satisfacer las suyas nunca ha sido fácil. Pero es cierto que ahora el contexto lo vuelve todavía más difícil. Porque efectivamente, si damos por hecho que el amor surge del cuidado y el cuidado empieza con la atención, no creo que haya habido otro momento en la historia de la humanidad en el que la atención haya estado tan dispersa como ahora. Nunca.
Yo recuerdo haber leído el Ulises con 22 años en una semana. Es un texto dificilísimo y muy largo. Ahora, en una semana, no me leo ni el primer capítulo, y eso que me dedico a esto profesionalmente. Yo siento también cómo esa atención se va dispersando y segregando, cómo cada vez atendemos a más estímulos durante menos tiempo. Cada vez hay menos capacidad para la entrega larga. Y eso hace que todo sea difícil; particularmente las relaciones emocionales, que requieren de tiempo, atención, paciencia, cuidado y de un largo recorrido. No diría yo que es el último clavo del ataúd, pero desde luego el contexto actual no lo está poniendo fácil en ese sentido.
Y lo peor de todo es que detrás de esa desatención lo que hay es un interés económico. Nunca ha habido en la historia de la humanidad corporaciones económicas tan poderosas como las que hay ahora, ya no solamente por su volumen, sino por su incidencia en la vida de los ciudadanos. Corporaciones que luchan precisamente por nuestra atención porque nuestra atención es dinero para ellas. Yo nunca vi venir esto. Es decir, que el lugar donde descansan nuestros ojos, nuestros hábitos y nuestras costumbres fuera una mina de oro. Nunca lo vi. Me parece una idea brillante, me quito el sombrero ante ella.

-B.M.: Otra cosa que haces aquí en plan paródico, y que sueles hacer en la mayoría de tus libros, es introducir una capa o dimensión político-económica. Haces una crítica de la economía low cost, de esta sensación de compulsión irresistible ante una ganga, una oferta, un precio especial o un remate de precios. Es impresionante el poder de atracción que esto tiene sobre nosotros como consumidores. Es esta tentación la que impulsa al protagonista a comprar un billete de avión en “experimental class”.
-J.C.: Sí, ¿Te acuerdas de la película Up, el momento brillante en el que los perros hablan porque llevan unos collares? Son seres inteligentes, dialogan, tienen caracteres... hasta que les tiran una pelota. En cuanto ven una pelota, se van corriendo detrás de ella y se transforman por completo. Pues yo siento algo parecido con todo esto. Nos han tirado la pelota y vamos a ir detrás de ella.
- B.M.: Otra de tus recurrencias es ese espacio narrativo en el que tú sitúas habitualmente las novelas que es el del hogar, el de la casa, el de la familia. Es un campo que nos remite a lo esencial, a lo pequeño, a lo ordinario frente a lo extraordinario, a lo intensivo frente a lo extensivo. Eso lo expresó muy bien un personaje tuyo en El elogio de las manos, que hablaba de «la realidad de radio corto». Tu literatura se centra en la realidad de radio corto.
- J.C.: Sí, me interesan mucho esos espacios. Me he dado cuenta de que ahí el mundo entero está recogido; al menos las cosas que me interesan a mí, o que me interesan en este momento de mi vida, en el que ya no tengo veinte años precisamente. Recapitulando un poco la vida que he llevado, me he dado cuenta de que las cosas más importantes que me han sucedido, las que verdaderamente me han constituido, han ocurrido en ese espacio. En casa. Sí, en casa de mis padres, en casa con mi familia, con mi mujer, con mis hijas, con algunos amigos... casi todo ha sucedido en ese espacio. Me han pasado cosas buenas en el ámbito laboral, por ejemplo, o en la vida pública, por supuesto; pero no han tenido nunca ni la mitad ni la décima parte del peso que han tenido algunas cosas que han pasado en la cocina de mi casa. Y eso lo tengo claro, no tengo ninguna duda sobre ello. Por eso escribo sobre ese espacio, yo creo. Porque ahí encuentro significado y sentido a la escritura y también a mi tarea como escritor. Es lo que nos troquela, en definitiva: lo que pasa en ciertas habitaciones y en ciertos momentos.
Yo me dedico a un asunto que es la literatura, que es un asunto serio. Es una herramienta poderosa que permite esa exploración. O sea, yo tengo a mi alcance una herramienta muy potente que no quiero utilizar para hacer tonterías; es como tener un Ferrari para ir a comprar el pan. Tengo un trabajo y una herramienta que es muy potente y quiero sacarle el máximo partido. Quiero escribir sobre cosas que sean importantes, que tengan sentido.
Como decía Cormac McCarthy criticando a Henry James: decía que no le interesaba Henry James porque no hablaba de la vida y de la muerte, que para él eran los dos asuntos fundamentales. La literatura de McCarthy era absolutamente descarnada, su poética era poderosa y tenía que ver con esa concepción esencial de la vida y de la presencia de la muerte. Algo así, sin ser tremendo, pero algo así. Quiero escribir sobre cosas con sentido, con significado, con peso; aunque sea para reírme también de ellas.
-B.M.: Por supuesto que la literatura es una cosa muy seria y el tema de esta novela trascendente, pero el tono y el tratamiento que has utilizado es cómico, ligero y en ocasiones desternillante. Me ha sorprendido positivamente tu vis cómica.
-J.C.: Pero el tono no le resta seriedad ni peso. Yo tenía una concepción que creo que mucha gente comparte: la idea de que la comedia es un mero divertimento y que aplana, aligera o reduce las dimensiones de lo contado. Y ya desde Cervantes sabemos que no es así. Yo me he dado cuenta escribiendo esta novela de que el humor es una herramienta, es un cuchillo que agudiza los poderes de la literatura.

- B.M.: El humor y la ironía, que para mi son formas de inteligencia, se ven ya desde la elección de los nombres de los protagonistas, Felipe y Letizia; luego en las situaciones descabelladas, como la cola esa del aeropuerto que parecía una situación kafkiana...
- J.C.: Que yo he vivido, además.
- B.M.: Y esa galería de personajes que, como dice el protagonista, parecen salidos de una película de Mel Brooks: el duque y su perrete, la novia, la chica del salacot, el gastrónomo. También lo podemos ver en la parodia de las compañías de vuelo low cost y su ridiculización, o la ingenua estrategia del protagonista de intentar curar una hemorragia con una tirita.
Pasamos ya, por último, al apartado formal. Llama la atención que la novela empiece con una prolepsis y que a lo largo del texto esta se vaya repitiendo; el narrador interviene para cortar la línea temporal preavisando o preanunciando lo que va a ocurrir en un futuro; una forma muy eficaz de despertar expectativas. Me ha recordado inevitablemente a cómo empieza Cien años de soledad, con aquello de: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...».
- J.C.: Sí, es un recurso que me gusta y que crea esa expectativa en el lector. Es una fórmula que funciona como a ondas. Yo ofrezco la novela completa en el primer párrafo, en una versión titular y muy misteriosa, y poco a poco voy abriendo líneas o círculos que van ampliando la información hasta que se descubre todo. O sea, que narrativa o arquitectónicamente, la novela tiene su aquel. Parece sencilla, pero tiene una estructura detrás muy bien pensada. Un poco para conducir todo hacia esos 23.000 pies de altura y 930 kilómetros por hora donde explota todo. Es una especie de acumulación de tensión para que la explosión se produzca justamente a esa altura, y luego ya lo siguiente sea un bajar progresivo hacia el exterior de la novela.
-B.M.: Y luego la figura del narrador: tú aparentemente ves ahí un narrador en primera persona que lo cuenta todo en pasado porque hay ya cierta distancia temporal —la distancia necesaria para ironizar sobre el tema—, pero luego aparece un segundo punto de vista muy interesante, que es el de Letizia, que irrumpe en la narración de Felipe, corrigiendo o enmendando su discurso.
- J.C.: Sí, es un recurso muy interesante. Claro, ese ya lo ensayé en Llévame a casa y me gustó mucho la idea. A partir de un narrador único —en este caso, además, un narrador de monólogo—, existe la posibilidad de que otros entren. También lo ensaya, por ejemplo, Fernando Aramburu en Patria; hace algo parecido. Es la posibilidad de que otro personaje que no está invitado, porque el narrador es único, pueda entrar. Y, sobre todo, lo que creo que es interesante es que el lector sienta, sin necesidad de comprender la técnica, que quien le habla es Letizia. Yo quería que entrara ella, pero quería que lo contara él, porque necesitaba que lo contara él para tener esta distancia y poder producir el efecto cómico que yo buscaba. Pero necesitaba que entrara ella; no podía ser un relator de parte. Esta fórmula —que es uno de los poderes de la literatura— me permitía hacerlo con ese artificio para que el lector sienta que quien habla es Letizia.
En algún momento Letizia le dice a Felipe, o le dice al lector: «Lector, no te creas lo que te pasa con Felipe, esto que te está contando se lo está inventando. Esto fue así». Y te cuenta... Hay momentos en los que es un grito descarnado de lo que verdaderamente siente ella. Incluso me da la sensación de que, en la propia novela, ella se está dando cuenta en ese instante de lo que verdaderamente siente. Esa explosión de decir: «Estoy cansada, no puedo más, no quiero estar contigo, no quiero volver, no quiero volver, no quiero volver». Se lo está diciendo al lector, pero se lo está diciendo a sí misma por primera vez. Y eso es un recurso que me ha gustado mucho practicar.

-B.M.: Es un recurso, por ejemplo, que Víctor Hugo usaba mucho. Víctor Hugo, como autor, de repente se colaba en medio de la narración para corregir al narrador principal o a algún personaje.
-J.C.: Sí, lo hace también Emilia Pardo Bazán. En la primera novela de la saga de Los pazos de Ulloa también practica esto de una manera descarada, así, a las bravas. Se mete.
-B.M.: Me ha gustado mucho descubrir tu voz cómica, espero que en un futuro la retomes en algún otro proyecto
- J.C.: Después de este libro me gustaría seguir explorando esa voz irónica. Me gusta mucho la voz de Felipe, su rollo. Es un personaje histriónico, un poco patético muchas veces... pero es un personaje perfecto para contar algo en tono de comedia. Como el mundo está tan desquiciado, quizás le saque a pasear otra vez, ya veremos.
Desde Trabalibros agradecemos a Jesús Carrasco el tiempo que nos ha dedicado y su amabilidad al contestar nuestras preguntas. Del mismo modo, agradecemos a la editorial Seix Barral el haber hecho posible este encuentro.
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