Trabalibros entrevista a Sonia Rayos, autora de "Nido para aves de paso"
El nido es la primera arquitectura y todos nosotros somos aves de paso

Trabalibros Entrevista
Sonia Rayos es arquitecta, docente y bailarina, disciplinas que ha integrado en una trayectoria profesional de más de veinte años. Formada en danza clásica y contemporánea antes de titularse en ingeniería técnica y arquitectura, Rayos se define a sí misma como una «coreógrafa de la obra», entendiendo al arquitecto no solo como un creador, sino como un posibilitador de espacios que busca la transformación y la apropiación del lugar a través del movimiento y el cuerpo.
Su debut literario, Nido para aves de paso (editorial Aristas Martínez), es definido por la propia autora como un «relato de relatos». A través de 99 capítulos que funcionan como estampas o escenas, la obra construye una estructura de «anidamiento» donde convergen materiales de la memoria, reflexiones sobre la relación entre el cuerpo y el espacio, y crónicas de viajes iniciáticos a lugares como Lisboa o la India.
Bruno Montano tiene el placer de entrevistarla para Trabalibros con motivo de la publicación de esta obra, un libro vitalista y luminoso que nace de una profunda necesidad personal. Lo que comenzó como una recopilación de textos escritos durante trayectos en tren acabó transformándose, tras la enfermedad y muerte de su padre, en una emocionante literatura de duelo y reconciliación familiar. En esta charla, Rayos profundiza en el concepto del nido como la primera arquitectura y reflexiona sobre nuestra condición de seres en tránsito, explorando cómo el orden, la proporción y la palabra adecuada pueden ayudarnos a estructurar la mente y abrazar el caos de la existencia.

- Bruno Montano, Trabalibros (B.M.): Siempre suelo empezar las entrevistas preguntando por la forma y por el género del libro. Para mí es muy importante cómo se organizan los materiales literarios. Lo primero que me llamó la atención al leer tu libro fue precisamente cómo estaban organizados estos. Me di cuenta al final, justo en el penúltimo capítulo —"En aquellas pequeñas cosas"—, donde cuentas el origen de la obra, que ese origen determina totalmente la estructura formal del libro. Entiendo que estabas recopilando una serie de textos, llega la enfermedad y muerte de tu padre y haces un paréntesis; pero, al reactivar la escritura, incorporas todo ese proceso de duelo a los materiales previos y además añades información familiar que tu padre te dejó en unas grabaciones. Con todo eso montas el libro. ¿El origen determinó la forma última de tu libro?
- Sonia Rayos (S.R.): Sí, tal cual. Fue así. En 2018 trabajaba mucho en Barcelona porque llevaba obras allí. Empecé a escribir en el tren; el trayecto es tremendo, me iba muy temprano y volvía por la noche. Así que iba escribiendo relatos. Normalmente trabajaba con el ordenador en AutoCAD, pero un día abrí un Word y empecé.
Es verdad que he escrito siempre. De hecho, cuando viajaba por la India llevaba un blog que se llamaba Desprendimiento de Rutina. No tenía móvil ni mucha conexión con mi familia, así que a través del blog les contaba lo que iba pasando. Ya entonces le daba un componente de narrativa a los pequeños relatos sobre la gente que conocía. Empecé a escribir esas cosas sin saber muy bien qué iba a hacer con ellas.
En paralelo, siempre he escrito sobre arquitectura, danza o educación, realizando artículos para el Colegio de Arquitectos. Hay una editorial de Málaga, Recolectores Urbanos, que a raíz de alguna conferencia me ha pedido artículos concretos. De pronto me vi con todo ese material y pensé que igual algún día haría algo con ello.
La cuestión es que diagnosticaron la enfermedad de mi padre y, durante ese proceso, nuestra relación cambió totalmente. Teníamos una relación más intelectual y pasamos a una mucho más física, de abrazarnos y emociones. Él empezó a contarnos cosas de la familia que yo desconocía. Yo nunca había estado muy conectada a mis raíces. De hecho, en la intimidad suelo decir que de pequeña me daba hasta vergüenza llamarme Rayos; pensaba que era un apellido maldito. Tenía mucha desconexión. Mi familia es de Orihuela, pero viajamos muchísimo por los traslados de mi padre como ingeniero.
Todo lo que estaba sucediendo me conectó con mis raíces. Mi padre tuvo la necesidad de decir: "Todo esto que no contamos se pierde, voy a contárselo a mi hija". Eran reuniones muy bonitas en las que yo ponía el móvil a grabar; estaban mis hijos y mi padre nos contaba anécdotas, como la de la caja de su primer regalo. Empecé a registrarlas todas.
Cuando fallece mi padre me siento a escribir. Quería recuperar los relatos de Lisboa, los de la India, los ensayos de arquitectura y las historias que él me había contado. Me costaba mucho escucharlo grabado, así que tuve la necesidad de contar cómo fue todo desde el diagnóstico: esos diecisiete meses de mucha unión, pero también de mucha necesidad de huida. Así empezó a salir el libro. No creé una estructura previa, se fue montando hacia adelante y hacia atrás. Es un poco como los proyectos de arquitectura: tienes una idea, pero luego hay que volver atrás porque estructuralmente hay que meter un pilar donde no contabas. Así surgió la estructura. Más que una novela, me gusta decir que es un "relato de relatos".

- B.M.: Yo definiría tu obra como una "literatura de acarreo", de aluvión, de decantación; un filtrado de materiales de la memoria y de la experiencia. He recuperado una idea de Juan Benet, que era ingeniero como tu padre y un grandísimo escritor. Él dividía la literatura en dos grandes ramas usando una metáfora propia de la física de la luz: la literatura de onda y la de corpúsculo. La "de onda" sigue una lógica narrativa tradicional y lineal. Luego está la "de corpúsculo" que, como tal, va dando saltos. No hay linealidad, pero si una lógica narrativa interna. Tu libro pertenecería a este segundo grupo y estaría formado por 99 capítulos —si no me equivoco— que más que capítulos son estampas, escenas o instantes, con diferentes tipos de discurso dentro. No sé si sabrás que a esta forma de engarzar discursos Miguel Morey lo llama “anidamiento”.
- S.R.: ¿Ah, sí? No lo sabía ¡Qué bonito!
- B.M.: En este proceso de “anidamiento” el hilo de plata que lo une todo sería el diario de duelo, pero a su alrededor trenzas una especie de novela familiar, una “bildungsroman” o novela de aprendizaje en la que aparecen viajes iniciáticos a Lisboa y a la India y una serie de reflexiones donde analizas la relación entre danza y arquitectura.
- S.R.: Vuelves a dar en el clavo ¿Sabes que “Nido para aves de paso“ no fue el primer título en el que pensé? Abrazar el caos, ese fue el primer título. Cuando estábamos a punto de publicar, la editorial me dijo que podíamos tener un problema porque sonaba un poco a autoayuda. Yo no estaba muy aferrada a él, le había dado muchas vueltas, así que buscamos otro. A mí me venía todo el rato la idea del nido: Cartografía de un nido, Nido para aves de paso… Alberto García-Alix me sugirió uno precioso: Anatomía de un nido.
Al principio a la editorial no le convencía la palabra "nido" porque les remitía a libros de crianza, maternidad o apego. Yo les decía que no, que para mí el nido es la primera arquitectura; es eso que hacen las aves con lo que tienen a mano, entrelazando materiales... el anidamiento que mencionabas. Me fascinan las aves; cuando viajo por España, cruzando hacia León, Asturias o Galicia, siempre voy mirando al cielo. Busqué en Google: "¿Todas las aves construyen nidos? ¿Las aves de paso también?". Y caí en la cuenta de que nosotros también somos aves de paso; hoy esta es mi casa, pero hace diez años vivía en otra y antes en otra más. He vivido en mil casas. Entonces les escribí el capítulo de "Nido para aves de paso" y así fue como, por fin, aprobaron el título.

- B.M.: Es curioso como el concepto de nido tan importante en este libro está relacionado con la forma y la técnica de escritura. Contenido y forma trabajando conjuntamente.
- S.R.: Sí, sí. No lo había pensado así, pero efectivamente tiene todo que ver con lo que ha sucedido con el formato del libro.
- B.M.: Te autorizo a que en la próxima presentación lo comentes (Risas…)
- S.R.: En cuanto a la forma, ¿crees que el tema de las conexiones entre las partes y los diferentes discursos ha quedado resuelto satisfactoriamente?
- B.M.: Yo creo que lo has resuelto muy bien porque el texto fluye naturalmente. A veces, en textos con esta concepción fragmentaria, la lectura no fluye, se atasca en las costuras entre capítulos o escenas, cosa que aquí no ocurre.
- S.R.: Cuando le pasaba el libro a mis amigos para que lo leyeran, siempre les advertía: "Es muy importante que me digáis si os perdéis". Porque claro, de pronto hablo de Lisboa, luego paso a Valencia, luego a cuando mi padre estaba mal, y de ahí me voy con mis abuelos a Orihuela. Pero siempre me decían que no, que se entendía perfectamente en qué momento estaba situada. Y eso me preocupaba mucho.
- B.M.: No hay una secuencialidad cronológica, lineal o de causa-efecto, pero hay una lógica narrativa interna que se percibe. Se entiende, sobre todo retrospectivamente, cuando lees ese último capítulo y comprendes el origen de la obra.
- S.R.: Fue complejo, pero también es verdad que yo no tenía ninguna presión porque no pensaba siquiera que este libro se fuera a publicar así. Mi intención era publicarlo, pero en ese momento pensaba, como mucho, en una autoedición para mis amigos. Al hacerlo sin presión, creo que las cosas salen mejor. Además, cuento con una pequeña editorial que edita cosas de calidad; ahí cuentas con el criterio de un editor de verdad.

- B.M.: La gran desgracia de la literatura actual es que muchos editores ya no actúan como tales, sino como ejecutivos o comerciales. Estas pequeñas editoriales aún conservan esa concepción del editor que filtra por calidad y no solo por ventas. Se nota ese trabajo. En definitiva, como decía Roberto Calasso, la obra de un buen editor es su catálogo
- S.R.: Sí, y ellos son fantásticos. Los conocía por mi trabajo y siempre presto mucha atención a lo que van sacando estas editoriales más independientes.
- B.M.: Vamos a hablar de ese "hilo de plata", de la literatura de duelo con ese toque elegíaco o de lamento que vertebra el libro. Lo que me resulta más interesante es que, siendo un libro de duelo, no es un libro "doliente". No te recreas en el dolor ni buscas la lágrima fácil, sino que conviertes la pérdida en una palanca de vida y crecimiento. Se nota cuando alguien busca el drama, pero el tuyo es un libro vitalista.
- S.R.: Sí, yo creo que es luminoso. Mi carácter es optimista y suelo quedarme con lo bueno de todo lo que pasa. He vivido cosas muy duras, momentos muy complicados, pero siempre tiro hacia adelante. Me separé del padre de mis hijos cuando ellos tenían dos años y cuatro meses; estaba en plena lactancia y fue una ruptura que yo no quería, así que fue durísimo. Sin embargo, soy una persona que le sonríe a la vida, aunque a veces eso me juegue malas pasadas porque la gente piensa que todo me va bien, y no siempre es así.
Mucha gente que ha leído el libro me dice que se ha emocionado o que ha llorado en algunos capítulos. Yo no buscaba eso, solo quería contar la verdad. Hay un capítulo, el de "Te quiero", que hace mucha ilusión a la gente. Mis padres nunca me decían "te quiero"; crecí en un ambiente donde no nos lo decíamos, aunque yo ahora lo diga constantemente. Recuerdo ver a mi cuñada decírselo todo el tiempo a su madre y sentir envidia; así que decidí cambiar eso.
Al principio no me salía, me costaba porque no teníamos la costumbre, pero a raíz de la enfermedad de mi padre empezamos a decírnoslo. Se me pone la piel de gallina al recordarlo. Alberto García-Alix, cuando leyó el libro, me insistía en que buscara editorial y lo publicara. Yo le decía: "Pero Alberto, si no cuento nada importante". Y él me respondió: "¿Cómo qué no? Hablas de lo más importante: hablas del amor". Y tenía razón: el amor a los hijos, a la pareja, a los amigos y a los padres es lo único que importa.

- B.M.: Otro tipo de errores —o vicios, riesgos y tentaciones— en los que puede caer quien escribe un libro de duelo es, por una parte, mitificar a la persona fallecida o transformarla en un personaje literario. Por otra, está el caso de Kafka, que hace un ajuste de cuentas con su padre. Yo creo que tú no has incurrido en ninguno de los dos: no has mitificado a tu padre ni lo has convertido en un arquetipo, pero tampoco has buscado un ajuste de cuentas. Has mantenido un equilibrio muy bueno.
- S.R.: ¿Sabes qué pasa? Que mi padre era un hombre muy normal, muy natural. No tenía vergüenza de nada. Por su trabajo -él fue gerente de Lubasa, de Ashcroft y de empresas constructoras y promotoras muy importantes-, él era un hombre de izquierdas que normalmente estaba rodeado de gente de derechas, incluso de franquistas. Siempre contaba que, en comidas con gente importante, si alguien decía: "¿Porque en la época de Franco...?", él respondía con toda la naturalidad del mundo: "Pues nosotros en la época de Franco nos estábamos muriendo de hambre", y recordaba los orígenes humildes de su abuelo y de su padre. No tenía reparos en reconocer de dónde venía.
Claro, yo ya me crie con otro estatus, entre comillas, porque mi padre quiso darme la mejor educación. Para él, en ese momento, lo mejor era un colegio de monjas, así que me metió en las Esclavas. Allí estaba rodeada de apellidos conocidos. Yo era Rayos Arabia. Mi padre no se avergonzaba de esto, pero cuando tienes esa edad adolescente en la que todo te da un poco de apuro, a mí me pesaba. Él siempre decía que había que tratar por igual tanto a la persona que limpia como al gerente. Mi padre era muy así, para lo bueno y para lo malo.
Llegaba a casa, se sentaba a comer la paella y se quitaba la camiseta. Yo le decía: "Papá, que viene no sé quién, póntela", y él: "Bueno, venga", pero era muy espontáneo, muy de estar por casa. Con los años es algo que he ido valorando mucho.

- B.M.: Uno de mis escritores preferidos es Ricardo Menéndez Salmón, a quien he entrevistado varias veces. Hace unos años escribió un libro de duelo por la muerte de su padre —que estuvo enfermo prácticamente toda la vida de Ricardo— titulado No entres dócilmente en esa noche quieta. Él me dijo que ese libro no era una deuda, ni una vindicación, ni siquiera una ofrenda: era una necesidad. ¿Tú has escrito este libro por necesidad?
- S.R.: En un principio no, pero es cierto que, al sentarme a escribir toda esa parte de mi padre y el relato del proceso en los hospitales —que a veces no fue tan amable como nos gustaría— sí nació una necesidad de contarlo. Quería poner sobre la mesa lo que había sucedido, sin juzgar demasiado ni hurgar en exceso. También fue una necesidad de reconciliarme con mi familia; escribir el libro resultó muy terapéutico para mí.
Mucha gente me pregunta si lloré mucho al escribirlo y digo que no, ni una sola vez. Sin embargo, cuando ya se lo pasé a la editorial y me devolvieron las correcciones finales para la relectura definitiva, ahí sí recuerdo que me quedaba por las noches leyendo y mis hijos venían a preguntarme si estaba bien. Ahí saqué todo lo que llevaba dentro.
- B.M.: Hay una cuestión que siempre me planteo cuando alguien escribe un libro de duelo, y es que eso te hace repensar la muerte. La muerte de un padre, además de ser una gran pérdida, supone que desaparece el último pararrayos frente a tu propia muerte. Muere tu padre y ya te colocas el siguiente en la lista. ¿De alguna manera este hecho luctuoso cambia tu relación con la muerte?
- S.R.: Lo que me he replanteado es mi relación con la vida, fíjate. Es verdad que he cambiado. Hasta que pasó lo de mi padre, yo llevaba un montón de obras de arquitectura, no paraba: proyectos en Barcelona, en Madrid, en Ibiza… Era un no parar constante. De pronto fue como: "Es que la vida no es esto". La vida es hoy, esto pasa muy rápido. Mi padre estuvo toda la vida trabajando durísimo para que, cuando por fin decide relajarse, le ocurra esto.
Recuerdo que en la pandemia mis padres lo pasaron muy mal porque mi madre se obsesionó mucho con el virus. Mi padre, en cambio, era muy diferente. Íbamos con el coche al garaje y no nos podíamos ni saludar; a lo mejor mi madre me había preparado algo para darme, pero mi padre estaba deseando bajar y darme un abrazo. Si no hubiera sido por mi madre, lo hubiera hecho. Fue una época complicada.
Yo me replanteé muchas cosas y es verdad que ahora tengo cierta obsesión con el tiempo. Con mis hijos me obsesiono con que no lo pierdan, con que aprovechen para aprender cosas, quizá demasiado. A veces pienso que deben vivir su vida con sus propios tiempos, pero siento que la vida se va muy rápido.
En cuanto a la muerte, me di cuenta de lo difícil que es morirse; cuesta mucho. Dicen que los edificios tienden a no caerse; pues bien, los cuerpos tienden a no morirse. Es tremendo.
Y luego está el entender que, a veces, que alguien se muera es un alivio. No me da ninguna vergüenza decirlo, porque he escuchado a gente decir: "Oye, es que no debería decir esto". Pues yo lo digo abiertamente: ya teníamos ganas de que mi padre descansara, porque él mismo quería morirse. En el hospital recuerdo decirle a la oncóloga: "Mi padre ha pedido la sedación paliativa y no está funcionando; ni está sedado ni ha dejado de tener dolor, ¿qué pasa?". Y ella me decía: "Es que su padre es muy fuerte, su cuerpo se aferra a la vida sin quererlo". Es impresionante el proceso de la muerte.

- B.M.: Otra de las características de este tipo de libros es que el escritor aprovecha para pensar en el legado personal e incluso espiritual de la persona que ha fallecido. ¿Cuál dirías que es la lección que te ha dado tu padre, tanto en su vida como en su muerte?
- S.R.: Yo creo que la aceptación. La aceptación de lo que soy y de lo que tengo. Es verdad que yo tiendo a ser una persona quizá más rígida; puede que, debido a la danza, tenga esa costumbre de colocarme siempre muy recta. No es que no sea natural, pero sí cuido mucho cómo me presento.
- B.M.: Cómo te compones.
- S.R.: Soy de componerme, efectivamente. Mi padre no era un hombre de componerse. Y yo creo que con los años he ido aprendiendo que no pasa nada por soltar.
- B.M.: Ahora vamos a la capa de tu libro que llamo "novela familiar". Hablaremos del pudor, pero primero te voy a leer un texto que hace referencia a las familias: "Al igual que las tribus y las naciones, las familias se organizan en torno a una serie de relatos. Estos relatos, que contienen un evidente núcleo de verdad, no renuncian a su condición de fábulas. Antes que depósitos de razón sólidos o bloques de conocimiento, son conglomerados de hechos dirigidos a procurar una enseñanza a menudo moralizante". Cada familia se mueve, evoluciona y danza según una música y una coreografía concreta. La familia es un troquel.
- S.R.: Qué bonito lo del "troquel", me gusta mucho, porque es verdad que nos conforma. Yo vengo de familias muy humildes por ambas partes. Mis abuelos maternos emigraron a Suiza y tuvieron relaciones complicadas; mis abuelos paternos también eran gente humilde. Mi abuelo Manolo era un hombre fascinante, muy de estar por casa, al que se quería mucho porque daba trabajo a mucha gente, cuando pudo tener sus campos de naranjos. Me reconozco en ese origen y eso me hace ser empática con los que me rodean, entendiendo que cada uno tiene su propio troquel.
- B.M.: La “novela familiar” de la que eres co-protagonista ¿también condicionaría el tipo de literatura que escribes?
- S.R.: Totalmente. Es que además pasa en todos los ámbitos: los artistas, los arquitectos… Yo leí, no sé si será cierto, que Zaha Hadid —una arquitecta que trabaja con esas formas tan locas— se obsesionaba porque en su casa había un espejo de esos que te deforman. Ella hacía referencia a cómo trasladaba eso a la forma de habitar los espacios. O, por ejemplo, Sáenz de Oiza. Él cuenta que su abuelo tenía una cantera y que él iba mucho y veía cómo cortaban la piedra; luego iba a la playa y, en esas oquedades que se forman, se metía dentro y veía el cielo recortado. Todo esto le influyó. A Álvaro Siza sí que lo menciono en el libro, y a estos otros creo que también en algún momento. Al final, en cualquier profesión, lo que has mamado de pequeño lo vas a expresar y a querer desarrollar de alguna forma. Es importantísimo.
- B.M. En este libro nos has presentado a tu familia, su historia, sus dinámicas de relación ¿Eso no te da cierto pudor? Son cosas muy íntimas. ¿Cómo te enfrentas al pudor natural que se siente al contar estas cosas?
- S.R.: ¿Sabes qué pasa? Que, en un principio, como no pensaba publicarlo a tan gran escala, yo simplemente escribí y escribí. Sí es cierto que, cuando ya decidí publicarlo, se lo pasé a mi madre; ella era la única persona que podía decirme: "Esto no lo publiques". Mi hermano, que es muy lector, me confiesa que no lo ha leído porque le remueve demasiado, pero me dijo: "Sonia, haz lo que quieras". Mi madre se lo leyó y me dijo: "Adelante". Entonces ya todo lo demás me dio igual.
Tampoco tengo mucha más familia; hay familia por parte de padre y de madre que, a veces —entre comillas—, no dejo en buen lugar. Por ejemplo, mi abuelo se casó varias veces y para una parte de la familia paterna esto era motivo de crítica: "¿Qué hace este señor casándose otra vez?". Pues él se casó porque vivía con esa señora y lo hizo para que no la señalaran con el dedo por la calle. No sé qué habrá pensado esa parte de la familia al leerlo, pero me da igual. Quien más me preocupaba era mi madre y ella me dio el visto bueno.

- B.M.: Estaba recordando una corriente de la psicología llamada constelaciones familiares, que estudia las dinámicas a veces perversas de las familias y cómo influyen en el individuo, para bien y para mal. Pasemos ahora a la novela de formación, de búsqueda, de aprendizaje… primero la danza, luego la arquitectura, los viajes a Portugal, a la India y ahora la literatura. Para mí la literatura es un intento para derrotar la entropía, para derrotar el desorden. El escritor crea un remedo de orden, una construcción frágil, mínima, precaria con la que intenta protegerse del caos circundante. Acabo de descubrir que tú querías llamar al libro Abrazar el caos. Me da la impresión de que para ti este libro también ha sido eso: un intento de protegerte del caos y estructurar tu mente a través del trabajo literario.
- S.R.: Seguramente de manera inconsciente, porque creo que no había una intención deliberada, pero sí que ha sucedido. Ha sido como darle forma a todo: ordenar los vínculos, ordenar mi vida y todos esos viajes. Cuando eres joven vas un poco "a salto de mata" y, de pronto, cuando haces la retrospectiva, ves un aprendizaje y un crecimiento.
- B.M.: Ahora voy a ponerme psicoanalítico. Parto de algo que tú dices en un momento dado: "la zozobra de culo inquieto que me ha caracterizado desde niña". Dices que durante tu infancia el estado de mudanza había sido una forma de vida. O sea: "culo inquieto", zozobra, mudanza… pero a lo largo del libro se ve una búsqueda del orden, del equilibrio, de la proporción, de la estructura, del centro de gravedad y la estabilidad. Primero con la danza, luego con la arquitectura y ahora con la literatura que, en definitiva, también es un juego de proporciones y equilibrio. Sin conocerte, yo veo eso.
- S.R.: Tal cual. Es que, además, solo hay que mirar mi casa. Yo llego y ya voy ordenándolo todo. Tengo esa necesidad de estructurarlo todo, que creo que me la dio la danza primero y luego la arquitectura, porque yo estaba estudiando arquitectura al mismo tiempo que bailaba. Entonces, o me programaba muy bien o no llegaba a todo. Al final, eso lo traslado a todo lo que hago; necesito tenerlo muy claro. Es cierto que, después de escribir este libro, he hecho algún curso de escritura y siempre te dicen eso de tener un guion, de saber qué vas a contar, de hacerte una escaleta. Pero la verdad es que sigo escribiendo y me cuesta mucho hacerme una escaleta. Voy muy hacia adelante y hacia atrás; cuando escribo un relato en el que quiero llegar a un sitio, a lo mejor tengo el final muy claro y lo respeto, pero todos los pasos intermedios me llevan a otro lugar. Eso es muy curioso, porque no tiene nada que ver con cómo soy en lo demás. Con los proyectos de arquitectura, por ejemplo, me hago la idea de que una cosa es de una forma y, cuando de pronto cambia algo, me descoloca muchísimo. Debo tener algún tipo de "tara" relacionada con esto por una razón vivencial.
- B.M.: He rescatado una idea de Le Corbusier pensada para la arquitectura pero que sirve perfectamente para la literatura, dice lo siguiente: "La proporción es esa nada que lo es todo y que hace sonreír a las cosas". ¿Estarías de acuerdo?
- S.R.: Eso de que hace sonreír a las cosas me ha encantado. Sí, el equilibrio y la proporción hacen sonreír a las cosas. Hay unos textos maravillosos que os recomiendo de Louis Kahn. Él era un gran arquitecto, pero también un gran filósofo, y condensas ideas en muy pocas palabras. Cuando habla del orden, de la forma que precede al orden o viceversa... pone ejemplos como el de una cuchara: puede ser de madera o de metal, puede ser de muchos materiales, pero tiene una forma determinada. Luego es el usuario el que decide qué hace con ella: si un niño la usa para excavar en el suelo o si se utiliza para comer. Son textos fascinantes donde se cuestiona el origen y la utilidad de una escuela o de un hospital. Yo creo que esa mente entrenada en un tipo de estrategia mental luego se aplica al resto de la vida. Al final, la belleza tiene que ver con el orden.
- B.M.: Y con el equilibrio.
- S.R.: Efectivamente.

- B.M.: Hay otra cita de un libro que quería recomendarte como librero. Se llama Habladles de batallas, de reyes y elefantes, de Mathias Enard. El libro habla de Miguel Ángel, de cuando estaba trabajando para Julio II y un sultán turco lo tentó para que construyera un puente en el Cuerno de Oro que conectara las dos partes de la ciudad. La novela cuenta su estancia allí y es fantástica. En un momento dado Miguel Angel dice: "Todo comienza en las proporciones. La arquitectura es el arte del equilibrio". Veo en tí a una mujer que busca el equilibrio en todo lo que hace.
- S.R.: Totalmente. Ahora me apuntaré el libro.
- B.M.: Pasemos ahora a la dimensión ensayística. El libro tiene una serie de capítulos con digresiones reflexivas muy interesantes que yo he agrupado en torno a tres ejes: la relación danza-arquitectura, el habitar y el movimiento como diálogo con el espacio y, por último las ruinas y la belleza.
- S.R.: Es tal cual dices. De hecho, estoy escribiendo un ensayo sobre la relación entre la arquitectura y la danza. Otro tema que me interesa muchísimo es el de la neuroarquitectura. Yo he estado muchos años trabajando en educación y me he dado cuenta de que en el acto de aprender nunca implicamos al cuerpo. Está demostrado que el aprendizaje es motor: aprendemos más cuando ponemos al cuerpo al servicio del aprendizaje que cuando estamos parados. Esto es algo que durante años me ha rondado.
- B.M.: Hablas de la relación del cuerpo con el aprendizaje, pero también hay reflexiones muy interesantes sobre la relación de la posición espacial del cuerpo con las emociones. Si hablábamos antes de "neuroarquitectura”, también podríamos hablar de "neurodanza". En función de cómo sitúas el cuerpo y cómo ocupas el espacio, sientes una determinada emoción u otra; el estado de ánimo puede cambiar.
- S.R.: Sí, de hecho, el último libro de Nazareth Castellanos se llama El cerebro en danza. Es un libro a dos voces: una es la de Joaquín Ruiz, un bailarín que cuenta su experiencia en el escenario, y la otra es la parte científica de ella.
He visto fotos en las que le ponen sensores a él mientras baila; imagino que ella avala la voz de la experiencia con el ensayo científico. Yo había pensado mucho en la relación respiración-cerebro (ese mantra de "así respiras, así tienes la mente"), pero no tanto en la posición corporal. Ella explica que la relación es bidireccional: si el cerebro está triste, el cuerpo lo expresa, pero si el cuerpo adopta una postura triste, el cerebro entiende que debe estarlo.

- B.M.: Creo que los psicólogos llaman a eso “reversibilidad del gesto“.
- S.R.: El otro día la escuchaba decir en Instagram que incluso influye cómo nos hablamos: es diferente decir "Sonia está agotada" que decir "estoy agotada". Al hablar en tercera persona te posicionas desde fuera y el cerebro lo entiende de otra forma.
- B.M.: El tercer tema que me ha interesado es el concepto de ruina. Aquí no la defines como la fase final y decadente de algo, sino como el inicio de su conversión en otra cosa. En la ruina hay belleza y, por lo tanto, puede haber verdad.
- S.R.: Me fascina el tema de las ruinas. Ya no solo las históricas, sino esa arquitectura que quedó tras la burbuja inmobiliaria. Me parece fascinante cómo la naturaleza se apropia del espacio y lo modifica. Ese capítulo lo escribí a partir de unas notas que tomé en Mallorca, en un sitio donde la gente va a ver la puesta de sol y hay una antigua construcción que se quedó a medias; la naturaleza la ha colonizado totalmente. Es bello porque, aunque la mano del hombre sea inevitable para bien y para mal, ver cómo la naturaleza recupera su sitio es increíble. En la pandemia se vio con los jabalíes por las ciudades.
- B.M.: Para acabar, me gusta siempre cerrar con una reflexión metaliteraria. He encontrado un nombre, el del arquitecto Josep Quetglas...
- S.R.: ¡Ay, maravilloso! Tengo todos sus libros aquí, si quieres te los dejo.
- B.M.: ¡No, que no te los devolveré! (Risas). Ya los buscaré yo. Es maravillosa la relación que establece entre mirar y decir: cuando alguien mira algo y luego habla de ese algo, no habla del objeto, sino de su mirada sobre él. Es muy interesante.
Tú comentas algo que me parece una poética de la literatura muy auténtica: la búsqueda de la palabra adecuada, la palabra ante la cual todo el mundo asiente, la única que valdría la pena decir, la palabra que invoca a lo nombrado y le da vida. Una palabra "resucitadora". De alguna manera, tú has usado aquí la palabra para resucitar narrativamente a tu padre. Es una de las formas más puras de entender la literatura.
- S.R.: Totalmente. Quetglas fue uno de los primeros arquitectos a los que leí. Cuando estudiaba, me llegó un texto suyo cuyo título no recuerdo ahora (un libro que, por cierto, está descatalogado y es imposible de encontrar). Fue la primera vez que descubrí que un arquitecto tenía algo que decir, no solo algo que construir. Fue mi primer acercamiento real a la filosofía aplicada a la vida. En el colegio estudias a los grandes filósofos, a Platón hablando del amor, pero yo no conseguía trasladarlo a mi día a día. Con estos textos, en cambio, todo tenía sentido. Os pasaré alguna conferencia suya que está en YouTube. Analiza la arquitectura, pero en realidad analiza la vida y nuestra relación con los espacios. Es fascinante.
Desde Trabalibros agradecemos a Sonia Rayos el tiempo que nos ha dedicado y su amabilidad al contestar nuestras preguntas y le deseamos mucha suerte en su carrera literaria.
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