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Trabalibros entrevista a Juan Manuel Gil, autor de "Majareta"

La literatura de la oralidad es más poderosa que la literatura escrita porque está en cada minuto de nuestra vida
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Trabalibros Entrevista

El escritor almeriense Juan Manuel Gil es autor de las novelas Inquilinos, Las islas de Barker, La cena y Un hombre bajo el agua. En 2021 fue galardonado con el Premio Biblioteca Breve por su novela Trigo limpio, una obra que recibió el aplauso unánime de la crítica y los lectores. Además de su labor como novelista, es autor del libro de poemas Guía de desconocidos, con el que obtuvo el Premio de Poesía Villa de Peligros.

Colaborador habitual en prensa, su estilo se caracteriza por un manejo magistral de la ironía, el humor y la metaliteratura, elementos que lo han consolidado como una de las voces más singulares de la narrativa española actual.

Trabalibros tiene ahora la ocasión de entrevistarle de la mano de Bruno Montano con motivo de la publicación de su novela Majareta, "una novela desternillante y conmovedora sobre la fascinación por lo oculto y la construcción de la propia identidad en ese territorio mítico y real que es el barrio" (editorial Seix Barral).

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- Bruno Montano, Trabalibros (B.M.): Juanma, he dividido la entrevista más o menos en tres bloques temáticos. Uno que titularía "Oralidad y coralidad: el barrio como narrador", otro que llamaría "Qué es verdad y que no y cómo contarlo" y un tercero que versaría sobre "cómo se construye la identidad a partir de la mirada del otro" (imagen pública, fama, buen nombre, reputación…)

Vamos a por el primero. Lo que más llama la atención tras leer el libro es que hay dos ausencias notabilísimas: no hay narrador —lo has sustituido por 42 voces, por 42 testimonios— y no hay protagonista. El protagonista principal, Leo Almada, es aludido y evocado en numerosas ocasiones, pero no aparece físicamente en toda la novela. Aunque no están, ambos son sombras tutelares del texto. ¿Por qué has querido hacer desaparecer al narrador y al protagonista?

- Juan Manuel Gil (J.M.G.): Bueno, cuando me propongo escribir una novela siempre hay una cosa que hago: plantearme determinados retos o condiciones que hagan estimulante el proceso de escritura. Creo que si me planteo un reto ambicioso me voy a divertir, y esa diversión o entretenimiento va a ser percibido más tarde por el propio lector. No tiene ningún tipo de rigor científico lo que te estoy diciendo, pero es la creencia que tengo.

A mí me parecía un auténtico reto escribir una novela en la que el que contaba la historia no apareciese, y que tampoco apareciese la persona aludida en ella. Los puse a ambos en los extremos de una línea, como dos "puntos ciegos" —como los llamaría Javier Cercas—; toda gira en torno a ellos. Además, esto me permitía reflexionar sobre algo que tenía en la cabeza: la posibilidad de acercarme a la identidad, a los hechos o a esa "verdad" de la que hablabas antes, a través de multitud de puntos de vista. Creo que es la única manera de acercarnos a algo, aunque nos permita concluir la imposibilidad de atrapar realmente esa verdad.

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-B.M.: Pero esa técnica —he contado hasta 42 voces— tiene un riesgo importante: que ese conjunto se convierta en una especie de "guirigay" de voces. Cosa que no ha ocurrido en tu caso, porque has conseguido unificar los testimonios de 42 personas y lograr con ello algo así como la voz de un barrio. Le has dado a esa suma de voces y puntos de vista coherencia, convergencia y unidad. Has creado lo que tú llamas en la segunda parte, una "vidriera imponente".

-J.M.G.: Sí, era el riesgo, el gran peligro. Era caminar al filo del precipicio e intentar llegar al final del camino. Es verdad que necesitaba unirlo; necesitaba que las piezas no se me dispersaran porque yo quería que el libro funcionara como una novela y no como una colección de testimonios.

Y eso lo he conseguido con algo que tú has dicho: esa voz común, esa especie de sombra de voz del barrio, pero sin renunciar a la singularidad de cada personaje. Para lograrlo, lo que hice fue construir en mi estudio, a través de pizarras, una especie de pequeña biografía de cada uno de ellos. Cada vez que el escritor se "sentaba" delante de uno de estos personajes, yo previamente ya conocía qué edad tenía, a qué se dedicaba, cuáles eran sus miedos, sus fragilidades y cómo era su manera de hablar. Una vez que tenía eso dentro de la cabeza y lo había "sentado", lo dejaba hablar. Al final, lo que te da singularidad a ti en la vida, o a cualquier persona, es el punto de vista desde el que miras, porque a través de ese punto de vista se materializa todo lo demás.

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-B.M.: Además, has utilizado un recurso muy interesante que entreteje los 42 relatos individuales: un personaje curioso, el "amigo necesario del autor", que aparece hasta diez veces formando la columna vertebral de la obra. Es una figura potente; él mismo llega a decir que no es un mero mayordomo o un auxiliar del escritor, sino algo más.

-J.M.G.: Sí, porque al eliminar la voz del narrador se producía un fenómeno que para mí es antinatural: la sensación de que el autor se despreocupa de lo que pasa en la novela, como si ahora fueran los personajes quienes mandan. Y eso no es tolerable para un escritor. Así que necesitas o intervenir —cosa que en este caso había descartado— o buscarte un cómplice.

Ese cómplice es el "amigo necesario del autor". Me servía como hilo conductor para ir cosiendo cada uno de los relatos, para que no se dispersaran, para que recapitularan y para que el lector viera que, detrás de todas esas pequeñas historias, lo que había era una gran historia.

Es verdad que ese personaje, que me parece un tanto cervantino actúa como eje vertebrador, pero también me parece unamuniano, porque hay un momento en el que parece cobrar autonomía y casi se le rebela al autor diciéndole: "yo no soy el mayordomo, yo aquí hago lo que quiero".

-B.M.: Como Cervantes en El Quijote no usas un solo narrador sino un sistema retorico complejo de varios narradores que se reparten la responsabilidad del relato

-J.M.G.: Eso es.

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-B.M.: La primera frase del libro que es una declaración de principios sobre la oralidad que intentas conseguir. Es la pregunta que dispara la trama: "¿Te has enterado ya?". Es la frase que precede siempre al rumor, al chismorreo, al secreto…

-J.M.G.: Sí, es una frase tomada directamente de mi madre; es la fórmula con la que ella inicia casi todas sus historias. Tiene un espíritu oral indiscutible, pero a la vez es una frase que podríamos poner en la primera página de todas las novelas de nuestra vida. Porque, realmente, esa es la pregunta que te hace una novela cuando te la echas a la cara: "¿Te has enterado ya?". Si dices que no, pues te vas a enterar ahora, y empieza el relato.

No debemos olvidar que la oralidad no es un anticipo de la literatura "seria", ni una precuela de la literatura escrita. La literatura oral es, en cierto modo, más poderosa porque está en cada minuto de nuestra vida; un escritor no puede ser ajeno a eso ni dejar de aprovechar su potencial expresivo.

-B.M.: El motor narrativo de “Majareta” son varios misterios: uno principal (qué ha hecho Leo y por qué) y otros secundarios vinculados a un supuesto suicidio y un homicidio imprudente. Hay una frase de uno de tus personajes, la maestra, que dice: "Hay algo instintivo, biológico, en desvelar un misterio si está a nuestro alcance". ¿Ese deseo de resolver el enigma, de desentrañar el misterio lo llevamos los humanos en los genes?

-J.M.G.: Es instintivo, sí. Yo considero que el acto de revelar es adictivo; algo que tenemos en nuestro genoma. Si tenemos la opción de desvelar algo que permanecía oculto, lo vamos a hacer. Hasta tal punto que, en ocasiones, revelamos algo saltándonos a la torera el principio de verdad; estamos dispuestos a decir que hemos "descubierto" algo incluso sabiendo que mentimos.

Queremos conocer la verdad y la queremos conocer ya. Cuando algo marca nuestras vidas o surge un gran interrogante, esa urgencia por la respuesta es un desastre, porque por ahí se cuelan las simplificaciones, las medias verdades, los bulos, las fake news y toda esa chatarra informativa que nos mete en un espacio de confusión absoluta. La confusión no es útil; lo que es útil es la duda. Dudar de uno mismo, de lo que uno cree o piensa, es precisamente lo que nos pone en movimiento. La confusión generalmente nos paraliza.

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-B.M.: Ese “ruido de fondo" del que hablaba DeLillo, ¿no? Pero claro, no todos los acontecimientos son susceptibles de generar intriga, ni deseo de ser investigados periodística o literariamente. Uno de los personajes habla de determinados sucesos que, siguiendo la costumbre de los fluidos, "empapan todo lo que encuentran a su paso". Es decir, hay hechos que tienen un valor narrativo-pregnante superior al de otros.

-J.M.G.: Sí, ocurre en la vida y ocurre en la propia literatura. Hay hechos en la vida de las personas cuyo origen precede al propio personaje; lo único que este puede hacer a lo largo de su existencia es surfear esa lengua enorme de lava o sentirse sepultado por ella. Es tremendo, pero hay dolores que nos anteceden y que nos van a acompañar. Somos el resultado del lugar en el que hemos nacido, de la familia a la que pertenecemos y de las venturas y desventuras que esa familia ha sufrido.

En el caso de Leo Almada, existe un hecho lo suficientemente importante para su familia como para que nadie escape a los efectos colaterales. Eso pasa también en la narrativa: hay hechos que de repente cobran un protagonismo especial y se convierten en la verdadera fuerza que abre camino y aparta la roca en el cauce.

-B.M.: Hay un concepto muy interesante de Rodrigo Fresán en su libro La velocidad de las cosas —creo que, después de Enrique Vila-Matas, soy el ser humano que más veces ha leído ese libro—. Rodrigo llama "la velocidad de las cosas" a esa especie de aceleración que algo experimenta en el momento en que se convierte en digno de ser contado.

Como te he comentado antes, hablaremos ahora de la incertidumbre y su relación con la verdad. En uno de los capítulos, el director del cole en el que trabaja Leo dice: "moramos en el corazón mismo de la incertidumbre". Más adelante añade que la incertidumbre habita en todos lados y que, frente a ella, la seguridad consiste en buscar la verdad. ¿ Saber que estamos ante la verdad nos tranquiliza?

-J.M.G.: La seguridad puede ser una trampa. La tranquilidad que buscamos en esa aparente seguridad puede ser un buen calmante momentáneo, pero hemos de saber que estamos rodeados de incertidumbre; de que no gobernamos lo que vivimos y de que todo depende de factores que escapan a nuestra voluntad.

Tenemos que aprender a vivir en esa bendita incertidumbre que es, por cierto, la que hace que sigamos escribiendo libros, haciendo cine o desarrollando vacunas. La ficción y lo que imaginamos que puede pasar es lo que nos hace tomar decisiones hoy. Esa anticipación nace de la incertidumbre. Yo no me siento cómodo rodeado de certezas absolutas, desconfío de ellas; tampoco me fío de quienes venden verdades a diestro y siniestro. Me siento más cómodo entre la duda y la incertidumbre: ese es mi espacio en la literatura.

-B.M.: Pero es verdad que, como afirma otro de tus protagonistas, la gran desazón de la vida consiste en no saber qué es verdad y qué no.

-J.M.G.: Genera una gran desazón, sí. Y además es tremendo porque tenemos que estar dispuestos a asumir que lo que hoy es verdad, mañana puede que no lo sea. Grandes verdades inmutables de la historia dejaron de serlo y, como diría Antonio Muñoz Molina, "todo lo que era sólido se desvaneció en el aire" (o se hizo líquido) de la noche a la mañana.

Eso conlleva desazón porque implica que todo lo que soy, lo que he protegido y defendido, puede que mañana no esté y me obligue a cambiar de posición. Pues bienvenido a la vida: esa adaptación es lo que nos hace estar vivos en la naturaleza. Tan importante como saber qué es verdad es saber quién la dice.

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-B.M.: Tan importante es saber la verdad como de dónde viene y en se sentido me interesa mucho la verdad ficcional, la verdad literaria o narrativa. ¿Tú crees que esta verdad debería tener un estatuto epistemológico similar al de la verdad científica, filosófica o histórica? Teniendo en cuenta que todos ficcionamos, ¿la verdad ficcional es tan importante o más que otros tipos de verdad?

-J.M.G.: Pues me atrevería a decirte que sí, porque probablemente es la verdad que más se parece a la verdad de la vida. Está la verdad filosófica o la jurídica, pero la de la literatura es la que más próxima está a ese personaje que se toma un café en una terraza; al que vive con la contradicción o con la duda de si sería un buen momento para divorciarse, para dejar el trabajo o para hacerse unas pruebas médicas. La literatura comparte algo esencial con la vida: la ficción no tiene razón de ser si no utiliza la realidad, y la realidad no tiene sentido si no utilizamos la ficción.

Ficcionamos todos los días; no solo los escritores, sino todas las personas. Desde que nos levantamos hasta que soñamos. Cuando imaginamos el día que vamos a vivir, estamos ficcionando. Cuando el jefe nos comunica un despido o cuando salimos contentos de una entrevista de trabajo e imaginamos cómo será nuestra vida, estamos ficcionando. De hecho, la parte más fantástica y entusiasta de nuestra existencia tiene que ver con la ambigüedad, con lo que aún no existe. Porque, generalmente, cuando algo sucede, suele ser decepcionante; no supera aquello que imaginaste.

-B.M.: La ficción es siempre meliorativa.

-J.M.G.: Sí, sí, totalmente.

-B.M.: Es importante saber qué es verdad, quién lo dice y también cómo se dice. He intentado rastrear tu particular poética en este libro, la cual aparece diluida en las opiniones de muchos personajes, fundamentalmente en las del "amigo necesario". Hay un momento en el que este personaje dice: "lo más llamativo está en los matices, en los pequeños detalles". Me ha recordado a esa mítica frase de Nabokov: "los detalles, los divinos detalles". ¿Tan importantes son?

-J.M.G.: Sí. Yo creo que en la literatura la pequeña escala —lo minúsculo, el detalle, la intuición, el aroma— es lo que verdaderamente le da consistencia y credibilidad a lo que sucede. Los grandes hechos aparecen en los libros de historia, pero en las novelas aparece ese lunar que te ha salido en el mentón o la inquietud que te provoca el susurro de tu mujer en el baño, cuando parece que no quiere que la escuchen. Esos detalles son los que ponen en movimiento toda la maquinaria del delirio y la fabulación. La fabulación siempre nace de un pequeño detalle que despierta algo y que es capaz de mover las rocas más grandes; pero para moverlas, necesitas que primero se mueva una pequeña piedrecita que genere todo el alud posterior.

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-B.M.: Otro aspecto muy interesante es que tu libro es agridulce, tragicómico; una mezcla de tragedia y también de mucho humor. He rescatado una frase de la curandera —que es mi personaje preferido— que dice que el buen humor es algo así como "un condimento exótico con el que Jesucristo nos bendijo para no ser unos hijos de perra todos los minutos del día". Es decir, el sentido del humor es fundamental y consustancial a la existencia.

-J.M.G.: Sí, y además es inseparable del dolor y de la vida. No hay momentos en los que el dolor y el humor no cohabiten, no se ayuden o no generen contrapesos entre sí. El sentido del humor requiere complicidad, empatía y conexión. Uno puede sentirse triste solo, pero para el humor necesitas al otro, esa compañía; ese que te echa el brazo por encima y te dice: "de esta también salimos" o "si no salimos, vamos a hacer el camino lo más llevadero posible".

Cuando leo novelas en las que no hay ni un ápice de sentido del humor, siento que han sacado de la obra la mitad de la vida. Porque la mitad de mis días —o quizá más— se componen de una sonrisa, una carcajada, una broma o un comentario irónico. No es posible que la literatura atrape la vida si sacamos de la ecuación uno de sus elementos esenciales. El humor es un buen protector solar para acercarnos a eso que nos abrasa. Generalmente, ante el dolor somos reactivos: si meto la mano en el fuego y me quema, la aparto. El humor es lo que me permite mantener la mano cerca del dolor para preguntarme por él, colocarlo en otro lugar e intentar entenderlo.

-B.M.: Y además el humor es, fundamentalmente, inteligencia. A veces se desprecian las obras basadas en el humor porque parecen menos inteligentes, pero no es así. Ya nos lo enseñó Cervantes.

-J.M.G.: Pero parece que no lo hemos aprendido. La ironía es una prueba de alta inteligencia. Confundimos los términos y pensamos que lo opuesto a la diversión es lo serio, cuando en realidad lo opuesto a la diversión es lo aburrido. Lo serio puede ser consustancial al humor o a la tragedia; la profundidad puede habitar en ambos. Lo normal es utilizar ese triángulo perfecto que forma parte de la vida y que siempre nos la explica.

-B.M.: Creo que se confunde profundidad con solemnidad. Y la solemnidad muchas veces está exenta de profundidad; es hueca.

-J.M.G.: La solemnidad, generalmente, es una cáscara.

-B.M.: Hay un concepto interesante que utilizas en el último capítulo: un extracto de un libro subrayado por el protagonista donde hablas de un "alquimista fraudulento". En realidad, el escritor también es un alquimista fraudulento que transforma lo grande usando lo pequeño y trata de ordenar el caos. Es un poco lo que has intentado en este libro: coger un pedazo de vida y someterlo a la literatura.

-J.M.G.: Sí, aplicar las reglas de la propia literatura. El lugar donde trabaja un escritor no deja de ser un laboratorio donde está constantemente probando, investigando, viendo qué pasa si juntamos, si separamos o si unimos elementos. En ese sentido, un escritor tiene bastante de alquimista y de ilusionista; de generar sortilegios que logren la complicidad del lector y su atención. Necesito que el lector se quite la armadura, que deje su escudo en el suelo, y para eso hace falta un lazo de complicidad entre los dos. Eso requiere un sortilegio narrativo que confíe en la manera de contar, que el lector me sienta próximo y se sienta cómodo en esa relación de oyente.

-B.M.: El tercer bloque temático sería el de la identidad, que creo que es un tema central en este libro: cómo la identidad se crea a partir de la mirada o la palabra del otro. El buen nombre, la reputación, la fama... Como diría Rilke, ¿es la identidad” una suma de malentendidos”?

-J.M.G.: Por supuesto. Volvemos al concepto de la certeza de que "porque lo veo, es cierto". Pero la pluralidad de miradas hace que lo que estás viendo sea mucho más complejo; la realidad está tamizada por el color de tu propio vidrio. Lo más ambicioso sería juntar en una vidriera todos esos colores y que pase la luz al otro lado. La construcción de la verdad es algo utópico porque está en continuo movimiento. Como máximo, en algunas novelas o momentos de la historia, somos capaces de "congelarla", de hacerle una foto en ese movimiento, pero no me gustaría nunca que esa verdad se detuviese. La literatura se nutre de misterios irresolubles que sabemos que no vamos a averiguar nunca, pero que son los que nos ponen en movimiento.

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-B.M.: Al conserje le llaman loco, rarito, grillado, majareta, maniático... Dicen que no es normal. Pero, ¿quién es normal? ¿Es la normalidad un acuerdo estadístico, un contrato social o hay algo absoluto en ese concepto?

-J.M.G.: Somos gregarios, nos gusta pertenecer a lo más abundante y no nos gusta sentirnos diferentes. Cuando algo se sale de lo común nos provoca inquietud y, como somos perezosos por naturaleza, en lugar de intentar conocerlo lo que hacemos es ordenarlo: abrimos un cajoncito y lo metemos. Esas etiquetas —"raro", "loco", "majareta"— hablan más de los miedos del que las pone, de su intolerancia o de su pereza intelectual, que del que las recibe. Por eso en el libro no se cuenta solo la historia de "Majareta", sino la del barrio; se están retratando a ellos mismos. El conserje está callado, no interviene en ningún momento, y lo que demuestran los demás es su deseo de ser escuchados, sus limitaciones y su vulnerabilidad. El que cuenta siempre se siente en una posición de superioridad frente al que escucha.

-B.M.: ¿Por qué la mayoría de los testigos o voces no tienen nombre y los identificas solo por su cargo, empleo o función?

-J.M.G.: Por dos razones. Una, porque quería que la novela tuviese engranajes parecidos al cuento oral, donde los personajes son el pastor, el leñador o la abuela. Y segundo, porque quería que el lector se diera cuenta de que daba igual quién estuviese ahí: está el cura o el chófer, pero podría estar el frutero o incluso el propio lector. Todos somos cada uno de esos personajes en algún momento de nuestra vida. Tenemos una responsabilidad política y moral sobre lo que sale de nuestra boca. Si contribuyo a que un bulo, una etiqueta o un prejuicio siga circulando, soy el responsable. No basta con escudarse en el "yo he oído".

-B.M.: Para finalizar, voy a citar a Simone Weil cuando dijo que prestar atención al otro es una forma extrema de generosidad. ¿Nos falta esa generosidad hoy en día?

-J.M.G.: Absolutamente. Nos han secuestrado la mirada y la atención con el teléfono móvil. Yo añadiría que la escucha y la atención al otro es, además de un acto de amor, un acto revolucionario. Es oponerse a lo que sucede; es pararse, sentarse y conversar. Hoy quieren que tengamos la sensación de estar conectados porque llevamos un aparato en el bolsillo, pero han sacado de la ecuación la conversación. Lo más interesante del mundo no es decir, es escuchar y aprender.

Desde Trabalibros agradecemos a Juan Manuel Gil el tiempo que nos ha dedicado y su amabilidad al contestar nuestras preguntas. Del mismo modo, agradecemos a la editorial Seix Barral el haber hecho posible este encuentro.


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