Cómo maté a Billy the Kid

Elías F. Gómez
Mi nombre no importa; la historia, o la historieta, me conoce como Pat Garrett, nombre que no era el mío verdadero, como el de casi nadie en aquel entonces y en aquella frontera.

Mi infancia no fue feliz ni infeliz. No tenía tiempo de pensar en felicidades; había mucho quehacer en la pequeña granja. Un pastor, mucho más tarde, me enseñó a leer, pero no a escribir, cuando ya tenía yo treinta y dos años.
Una tarde, casi de noche, un caballo se rompió las dos patas delanteras. Mi padre fue a la casa por un arma larga, y le descerrajó un tiro en un ojo. Yo le pregunté, con miedo (yo temía a mi padre): ¿No era mejor que siguiera viviendo, aunque tuviera las patas rotas? Mi padre no respondió ni me miró, pero negó con la cabeza. A mí me asombró que, de alguna manera, se hubiera dignado contestarme; no era su costumbre.

No recuerdo cuándo ni cómo conocí a Bill Harrigan; sería una tarde de tantas, en una taberna de tantas. Nos miramos, y cada uno entendió que era preferible no tener problemas serios (y todos los problemas lo eran en aquel entonces) con el otro. Me convidó a unas copas y hablamos de armas, de animales, de bebidas y de pistoleros. De mujeres no hablamos. Me incomodó, desde el primer momento, detectar en él una de mis características más íntimas y ocultas: no era capaz de sentir, ni placer, ni disgusto, ni miedo, ni confianza; acaso por éso mostraba lo que los demás tenían por coraje, y que yo sabía era locura, o indiferencia.
Competimos amistosamente en beber, en ganar al póker, en número de prostitutas usadas, en disparar, en no dormir.
Una noche, al cabo de una juerga de dos o tres días en un burdel de Ciudad Juárez, salí a mear y tomar el aire, y encontré a Bill de pie, mirando un cactus. Se volvió, me sonrió -con la mirada absolutamente vacía de siempre- y me dijo: "Mátame". "No", dije yo. Volvió a decirme que le matara, y yo me negué por segunda vez.

No sé qué circunstancias me llevaron a ocupar el cargo de sheriff de Fort Summer; supongo que nadie había por allí más cansado de infringir la ley que yo, y al tiempo tan hábil con el revólver. Tampoco esa habilidad era un gran mérito, teniendo en cuenta que yo no probaba el alcohol y en el pueblo quién más quién menos andaba siempre borracho, la mayoría con muy buenas razones.

Una noche negra y amarilla -yo ya sabía que me estaba muriendo- Billy regresaba al pueblo, al paso de su caballo, por la única calle; yo estaba sentado en una mecedora, y pensé oscuramente que, de amigos y hasta de semejantes, sólo a mí me tenía aquel muchacho. No sabía cuánto podía durar yo, pero sólo esperaba que la muerte no fuera dolorosa; para mí que ya había vivido demasiado.
Saqué de la funda el revólver cargado, sin prisa, y casi sin apuntar le disparé. Bill saltó hacia atrás como si alguien le hubiera dado un empujón brutal.
Estuvo agonizando varias horas sobre el polvo. Nadie le miró, ni siquiera desde atrás de las ventanas. Yo no me acerqué a rematarlo, en parte por precaución, en parte porque ya había hecho lo que tenía que hacer.
No sé por qué maté a Bill; no me movió el afecto, ni mucho menos su petición, de hacía ya mucho tiempo. Creo que recordé el caballo sin remedio que había despenado mi padre aquella tarde-noche.

(Basado en la "Historia universal de la infamia", de J. L. Borges)
Texto libre Trabalibros

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