Cata de libros

Los mejores momentos de la lectura de un libro suceden con el hallazgo de fragmentos especialmente hermosos, lúcidos y vibrantes. En Trabalibros nos gusta capturarlos subrayándolos para poder volver a ellos fácilmente con tan solo explorar entre sus páginas.

Esto nos permite además ofrecerte una pequeña selección de los tesoros que ocultan algunos de nuestros libros preferidos, con la esperanza de que sirva para estimular su lectura. Esperamos que disfrutes de nuestra "Cata de libros".

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"Yo no soy yo", poema de Juan Ramón Jiménez
Yo no soy yo. Soy este que va a mi lado sin yo verlo, que, a veces, voy a ver, y que, a veces, olvido. El que calla, sereno, cuando hablo, el que perdona, dulce, cuando odio, el que pasea por donde no estoy, el que quedará en pie cuando yo muera…
"La sombra del ciprés es alargada", Miguel Delibes
"La felicidad o la desdicha era una simple cuestión de elasticidad de nuestra facultad de desasimiento. La vida transcurría en un equilibrio constante entre el toma y el deja. Y lo difícil no era tomar, sino dejar, desasirnos de las cosas que merecen nuestro aprecio. Aquí estribaban las posibilidades de felicidad de cada humano: en que su facultad de desasimiento fuese más o menos elástica, en que el hombre estuviese más o menos aferrado a las cosas materiales. Por ello tal vez el secreto básico estuviese contenido en el hecho de no tomar nunca para no tener que dejar nada. Era un remedio negativo, de renunciación, pero, con certeza, el adecuado a mi calidad humana, desprovista de reservas y de capacidad de sacrificio. Lo cuestionable consistía en saber si el hombre tiene alguna probabilidad de subsistir sin aprehender nada, desasido de todo, desconectado de los seres y las cosas que le rodean [...]"
"El Horla", Guy de Maupassant
"Me despierto pleno de gozo, con ganas de cantar en la garganta. -¿Por qué?-. Bajo hasta la orilla del río; y de pronto, tras un corto paseo, regreso desolado, como si alguna desgracia me esperase en casa.-¿Por qué?-.¿Es un escalofrío, rozándome la piel, ha roto mis nervios y ensombrecido el alma? ¿Es la forma de las nubes, o el color del día, el color de las cosas, tan variable, que, al pasar por mis ojos, ha perturbado mis pensamientos? ¡Quién sabe! Todo lo que nos rodea, todo lo que vemos sin mirarlo, todo lo que rozamos sin conocerlo, todo lo que tocamos sin palparlo, todo lo que encontramos sin distinguirlo, ¿tendrá sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, a través de ellos, sobre nuestras ideas, sobre nuestro propio corazón, efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables?"
"Entre visillos", Carmen Martín Gaite
—Oye, dice ese chico que por qué no termino el bachillerato —dijo ella de pronto, mirándole en el espejo. —¿Qué chico? —Ese profesor. —¿Y a él qué le importa? —No, hombre, yo digo también lo mismo. Es una pena, total un curso que me falta. Estoy a tiempo de matricularme todavía Habían echado a andar otra vez. Ángel se puso serio. – Mira, Gertru, eso ya lo hemos discutido muchas veces. No tenemos que volverlo a discutir. – No sé por qué. – Pues porque no. Está dicho. Para casarte conmigo, no necesitas saber latín ni geometría; con que sepas ser una mujer de tu casa, basta y sobra. Además, nos vamos a casar enseguida. Anduvieron un poco en silencio. – Cuántas veces tenemos que volver a lo mismo. Ya estabas convencida tú también. – Convencida no estaba -dijo Gertru con los ojos hacia el suelo. – Bueno, pues lo mismo da. Te he dicho que lo que más me molesta de una mujer es que sea testaruda, te lo he dicho. No lo resisto.
"El llano en llamas", Juan Rulfo
"Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza. Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca".
"La ofensa", Ricardo Menéndez Salmón
"Una de las ventajas -acaso la única- de no existir para el mundo, es que un hombre puede reinventarse. A menudo, de niño, cada vez que escuchaba a los adultos hablar de cataclismos en que miles de personas desaparecían o cuando leía en los libros de alguna biblioteca de Bielefeld el relato de pasadas catástrofes, Kurt pensaba en hombres agobiados por las deudas, en mujeres hartas de sus maridos o en adolescentes en guerra permanente con sus padres. Las tragedias desmesuradas, donde todo nombre se borra, permiten siempre empezar de cero [...] Porque, al fin y al cabo, aunque parezca poca cosa, un nombre es lo que somos".
"El laberinto de las aceitunas", Eduardo Mendoza
"Aproveché, como tenía por costumbre hacer en los últimos tiempos, el trayecto del ascensor, para rumiar cuán poderosa palanca es el dinero y cuántas puertas no puede abrir, cuántas cadenas romper, cuántas percepciones nublar y cuánta malquerencia trocar en carantoñas. La verdad es que nunca, en todos los años que llevo zascandileando por este árido valle, me he visto en posesión del vil metal, como los que no lo quieren bien lo llaman, y no estoy, por lo tanto, autorizado para pontificar sobre los efectos deletéreos que quienes lo conocen lo atribuyen. De la ambición y la avaricia puedo hablar, porque las he visto de cerca. Del dinero, no. Precisamente, como sé por experiencia, sirve para evitar a los que lo tienen el pringoso contacto con quienes no lo tenemos".
"Los hermosos años del castigo", Fleur Jaeggy
"Sucedió un día durante la comida. Estábamos todas sentadas. Llegó una muchacha, una nueva. Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humildad. También parecía disgustada. Lo primero que pensé: Ha llegado más lejos que yo."
"Museo de la Novela de la Eterna", Macedonio Fernández
"Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo han dicho, repuso quizá desde la vieja hendida Nada. Y comenzó. Una frase de música del pueblo me cantó una rumana y luego la he hallado diez veces en distintas obras y autores de los últimos cuatrocientos años. Es indudable que las cosas no comienzan cuando se las inventa. O el mundo fue inventado antiguo".
"El ojo castaño de nuestro amor", Mircea Cărtărescu
"Fea, provinciana, con las lejanísimas chimeneas grises de la central térmica, la ciudad "real" me humillaba, me escupía a la cara una flema cenicienta. Ceniciento, ceniciento sería mi destino literario, pues a unos se les había concedido Viena y a mí este hastío sin límites. Ese era el motivo por el que no me salía a mí la novela-soneto pues, ¿dónde se escondía la monstruosa belleza? ¿En aquellos bloques como cajas de cerillas? ¿En las casas de los ricachones? ¿En el parque Herăstrău? Oligofrénicos, "inquilinos", "ciudadanos" con los que no había nada que hacer sustituían aquí a los locos de Canetti, a la Empusa de Mandiargues, a la sonámbula Nadia".
"Hígado de ganso", Antonio Sarabia
"Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ahí gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para sí mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse [...] Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores espárragos que ha comido en su vida. Pero al acercarse a pagar se enfrenta a un oscuro sentimiento de rechazo. Como si su dinero tuviera menos valor que el de otros clientes. Cada vez que se detiene ante la caja le asalta la oscura impresión de que la dueña le va a requerir su habitual bolsa de mano para revisar el contenido. Esos pensamientos negativos, que de algún modo se traslucen en su rostro, deben de haber contribuido al vergonzoso incidente que me he propuesto relatarles".
"Noches blancas", Fiódor Dostoyevski
"¿Qué hiciste en tus años? ¿Dónde enterraste tu tiempo? ¿Es que siquiera viviste? ¿O no?". "Mira, se dice uno a sí mismo; mira qué frío hace en el mundo. Pasarán aún algunos años, y entonces vendrá la espantosa soledad, vendrá con sus muletas la vejez temblona, trayendo consigo la tristeza y el dolor. Perderá sus colores tu fantástico mundo, se mustiarán y morirán tus sueños, y cual la amarilla hoja del árbol, asimismo se desprenderán de ti..."
"Crimen y castigo", Fiódor Dostoyevski
"Querían hablar, pero no pudieron pronunciar una sola palabra. Las lágrimas brillaban en sus ojos. Los dos estaban delgados y pálidos, pero en aquellos rostros ajados brillaba el alba de una nueva vida, la aurora de una resurrección. El amor los resucitaba. El corazón de cada uno de ellos era un manantial de vida inagotable para el otro. Decidieron esperar con paciencia. Tenían que pasar siete años en Siberia. ¡Qué crueles sufrimientos, y también qué profunda felicidad, llenaría aquellos siete años! Raskolnikov estaba regenerado. Lo sabía, lo sentía en todo su ser. En cuanto a Sonia, sólo vivía para él".
"El horror de Dunwich", H.P. Lovecraft
"Sin aviso, llegaron aquellos sonidos vocales profundos, cascados, roncos, que nunca podría olvidar ninguno de los integrantes del estremecido grupo. No nacía de garganta humana alguna, ya que los órganos humanos no pueden aullar tales perversiones acústicas. Mejor sería decir que provenían del abismo mismo, de no proceder, inconfundiblemente, del altar de piedra de la cima. Era casi un error llamarlos sonidos, ya que mucho de su timbre espantoso e infrasónico hablaba a difusos estados de conciencia y terror más que al mismo oído, aunque también podría hacerse, ya que su forma era indiscutible, aunque vagamente, la de palabras".
"Los besos", Manuel Vilas
"El bien absoluto se edifica sobre el erotismo. Sobre los besos se levanta el bien absoluto. Eso es: los besos, porque los besos siguen siendo el mayor misterio del mundo. Nadie logrará saber qué es un beso, por qué existen los besos, qué significan en realidad. Tienen un poder desconocido. Los besos, allí está todo, en los besos".
"Ampliación del campo de batalla", Michel Houellebecq
"Has tenido una vida. Ha habido momentos en que tenías una vida. Cierto, ya no te acuerdas muy bien; pero hay fotografías que lo atestiguan. Probablemente era en la época de tu adolescencia, o poco después. ¡Qué ganas de vivir tenías entonces! La existencia te parecía llena de posibilidades inéditas. Podías convertirte en cantante de variedades; o irte a Venezuela. Más sorprendente aún es que has tenido una infancia. Mira a un niño de siete años que juega con sus soldaditos en la alfombra del salón. Te pido que lo mires con atención. Desde el divorcio, ya no tiene padre. Ve bastante poco a su madre, que ocupa un puesto importante en una firma de cosméticos. Sin embargo juega a los soldaditos, y parece que se toma esas representaciones del mundo y de la guerra con vivo interés. Ya le falta un poco de afecto, no hay duda; ¡pero cuánto parece interesarle el mundo! A ti también te interesó el mundo. Fue hace mucho tiempo; te pido que lo recuerdes."
"Amor y vejez", Chateubriand
"Hay que remontarse muy atrás en el tiempo para dar con el origen de mi suplicio, hay que retornar a esa aurora de mi juventud, cuando me creé un fantasma de mujer que adorar. Me agoté con esa criatura imaginaria, luego vinieron los amores reales con los que no alcancé nunca esa felicidad imaginaria cuya idea estaba en mi alma. He sabido lo que era vivir para una sola idea y con una sola idea, encerrarme en un sentimiento, perder de vista el universo y poner la vida entera en una sonrisa, en una palabra, en una mirada. Pero incluso entonces una inquietud insoportable turbaba mis ensueños. Me decía: "¿Me amará ella mañana como hoy?" Una palabra que no era pronunciada con tanto ardor como la víspera, una mirada distraída, una sonrisa dirigida a otro que no fuera yo me hacia desesperar al instante de mi felicidad"
"Americanah", Chimamanda Ngozi Adichie
"Queridos negros no estadounidenses, cuando tomáis la decisión de venir a Estados Unidos, os convertís en negros. Basta ya de discusiones. Basta ya de decir soy jamaicano o soy ghanés. A Estados Unidos le es indiferente. ¿Qué más da si no erais «negros» en vuestro país? Ahora estáis en Estados Unidos. Tendremos nuestros momentos de iniciación en la Sociedad de los Antiguos Esclavos Negros. El mío tuvo lugar en la universidad cuando, en una clase, me pidieron que ofreciera la perspectiva negra, solo que yo no entendía ni remotamente a qué se referían. Así que me inventé algo, sin más. Y admitidlo: decís «No soy negro» solo porque sabéis que el negro es el último peldaño de la escala racial estadounidense. Y eso no lo queréis. Ahora no lo neguéis. ¿Y si ser negro implicara todos los privilegios de ser blanco? ¿Diríais entonces «No me llaméis negro, soy de Trinidad»? Lo dudo mucho. Así que sois negros, muchachos".
"Alfabetos", Claudio Magris
"Muchos escritores y filósofos que se han ocupado de esta transformación -la crisis del sujeto, el nihilismo, la vida real y su ausencia, la relación entre la existencia y su significado han partido del análisis de su obra: el joven Lukács, Slataper, Michelstaedter y muchos otros. A esta problemática, a veces llena de amargo y tiránico machismo, Ibsen fue capaz de darle a menudo una elevada y conmovedora voz poética, expresando el amor y la nostalgia, la feminidad de la existencia y del mundo. Probablemente ni siquiera su nieto habrá sido capaz de conciliar moral y felicidad. Si vivir -dice Ibsen- significa luchar contra los propios demonios, se pregunta si no será el hombre, en cambio, el propio demonio y por lo tanto no se puede combatir. Si escribir, como dijo Ibsen, significa pronunciar un último juicio sobre sí mismo, el juicio es tanto más difícil cuanto más grande sea el escritor. Quizá se escribe «a pesar de», la última palabra que, al parecer, murmuró Ibsen al morir".
"Alexis o el tratado del combate estéril", Marguerite Yourcenar
"El sufrimiento es uno. Se habla de sufrimiento como se habla del placer, pero se habla de ellos cuando ya nos dominan. Cada vez que entran en nosotros, nos sorprenden como una sensación nueva y tenemos que reconocer que los habíamos olvidado. Son diferentes porque nosotros también lo somos: les entregamos cada vez un alma y un cuerpo modificados por la vida. Y sin embargo, el sufrimiento no es más que uno. No conoceremos de él, como no conoceremos del placer, más que algunas formas, siempre las mismas, de las que estamos presos. Habría que explicar esto: nuestra alma, supongo, no tiene más que un teclado restringido y aunque la vida se empeñe en hacerlo sonar, sólo podrá obtener dos o tres pobres notas".
"La muerte en Venecia", Thomas Mann
"Los sentimientos y observaciones del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello, la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado".
"Adiós Hemingway", Leonardo Padura
"De cualquier modo, a su lado no quería ni a escritores ni a políticos. Y por eso se negaba, cada vez más, a hablar de literatura. Si alguien le preguntaba sobre sus trabajos apenas decía: «Estoy trabajando bien», o si acaso: «Hoy escribí cuatrocientas palabras». Lo demás no tenía sentido, pues sabía que cuanto más lejos va uno cuando escribe, más solo se queda. Y al final uno aprende que es mejor así y que debe defender esa soledad: hablar de literatura es perder el tiempo, y si uno está solo es mucho mejor, porque así es como se debe trabajar, y porque el tiempo para trabajar resulta cada vez más corto, y si uno lo desperdicia siente que ha cometido un pecado para el cual no hay perdón. Por eso se había negado a viajar hasta Estocolmo para asistir a una ceremonia tan insulsa y gastada como la de recibir el Premio Nobel. Era una lástima que aquel premio se concediera sin uno solicitarlo y que rechazarlo pudiera considerarse una pose de mal gusto [...]"
"Absolución", Luis Landero
"Eso fue antes del naufragio amoroso, de la intrincada red. Luego, cuando ya estaba negociando con sus demonios y ángeles custodios la fecha de la fuga, una noche de principios de diciembre apareció el señor Levin y con la cabeza lo invitó a acompañarlo. Fueron a la cafetería, y no solo esa noche sino otras, unas dos veces por semana, y así fue convirtiéndose en contertulio y confidente del señor Levin, de sus discursos a media luz, vagos y fragmentarios, oscuros y con repentinas iluminaciones, con rachas de ficción y con crudos arranques de franqueza, como es propio de la sensación de impunidad que produce el alcohol, el insomnio y la noche".
"A causa de la noche", James Ellroy
"Recordó las colinas en terrazas y las casas de los antiguos moradores y aquellas noches en vela de los años cincuenta oyendo los aullidos de los perros encerrados en la perrera municipal, a dos manzanas de su casa. Al barrio de Silverlake le pusieron el mote de «Villaperros»; en el 55 y 56 formaba parte de la banda de los chavales de Villaperros; a él le llamaban «Hombre Perro» y «el Rescatador». Los constantes alaridos, aunque lastimeros, eran como combustible de un sueño misterioso y romántico. Algunas noches los perros se abrían camino con dientes y garras a la libertad, aunque sólo para quedar aplastados por autos trucados en la curva sin visibilidad junto a la ventana de su cuarto. Cuando iba por la mañana al colegio ya había retirado los restos y el viejo «señor» Hernández, el vecino, había regado el asfalto; pero Lloyd sentía y olía, casi cataba la sangre. Y al cabo de un tiempo ya no se pasaba la noche escuchando, sino que se encogía antes del inminente atropello".
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