Covid-24

Flavio Bell
Daniel Sharp es un buen nombre, pero no es mi nombre real. Pensé que lo sería con el fin de contar mi historia. Además, no quiero que ningún gobierno me fría el trasero, por intenciones mal interpretadas.
Mi abuelo, Arthur, era un científico brillante y lo quise muchísimo. Se caracterizaba por tener poca paciencia con la estupidez y mucho menos, con la predisposición de la gente a hacer cosas estúpidas. El tenía dos amores en su vida; la investigación genética y yo, en ese mismo orden y no puedo culparle, porque para mí también, van en ese mismo orden. Mi padre, bueno… él era un fracasado alcohólico al cual nunca conocí. Cuando mi madre le confirmó su embarazo, él desapareció haciéndose humo ese mismo día. Ella desafortunadamente falleció durante el parto, lo que en un principio debería haberme marcado de por vida, no lo hizo, bueno…eso creo...
Cuando mi madre murió, mi abuelo me tomó bajo su protección y me crió como el hijo que nunca tuvo. Oficialmente, mi abuela se escapó con otro hombre unos años después de que yo naciera, pero extraoficialmente, descubrí en años posteriores, que ella murió trágicamente por la exposición a algún tipo de virus maldito, en el laboratorio de mis abuelos.
Triste historia hasta ahora, ¿cierto?, pero se pone mejor, lo prometo, solo tengan un poco de paciencia conmigo.
Mi abuelo era un científico muy brillante. Daba conferencias en las universidades más prestigiosas del país, pero a los cincuenta años, dejó las cátedras porque, como solía decir, "estaba perdiendo el tiempo enseñando a los monos a apreciar a una Mona Lisa". También estaba el pequeño asunto de realizar experimentos genéticos un poco cuestionables en los laboratorios de aquellas universidades.
Mi abuelo, con la ayuda de su esposa Emma y Sam, el hermano de mi abuela, que también resulto ser mi padrino, pasó años construyendo un laboratorio de bioseguridad de primer nivel en una estructura similar a un búnker debajo de nuestra mansión. Con la muerte de mi abuelo por causas naturales, debo agregar, fui el último de la familia Sharp en ocupar la mansión y trabajar en el laboratorio.
Mi abuelo y yo vivíamos en Barrow House, una gran mansión aislada, rodeada de hectáreas de bosques y colinas verdes. La casa ha pertenecido a la familia durante muchas generaciones, desde 1880 cuando su bisabuelo la ganó en un juego de cartas algo manipulado. En ese momento, la casa se llamaba inapropiadamente Dicks Mount House, pero él la renombró como Barrow House, por su madre.
Cuando alcanzaba los doce años, mis conocimientos en biogenética eran más elevado, que la mayoría de los estudiantes universitarios, y cuando rondaba los dieciséis años, recibí un ofrecimiento de una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad de Cambridge. Pasé los siguientes dos años aburriéndome cómo una ostra con las largas y tediosas cátedras. Mis conocimientos estaban años luz del resto de mis compañeros y de los supuestos ‘profesores eruditos', por lo cual decidí abandonar la universidad y volver a casa para unirme al negocio familiar. Sí, lo has adivinado correctamente, nuestra compañía farmacéutica.
En aquellos tiempos, me consideraba un chico bastante normal, yendo a pubs con amigos, aunque nunca me emborraché, ya que siempre estaba preocupado de haber heredado los malos genes de mi padre, incluyendo las relaciones amorosas de cortas duración. También solía ir a navegar con mi abuelo tan a menudo como lo permitía nuestro trabajo en el laboratorio, que no era tan frecuente como me hubiese gustado. En definitiva, yo era solo otro tipo apuesto, extremadamente inteligente y multimillonario. Que definición tan exquisita de mi persona, ¿verdad?… bueno, y eso que tiré de la humildad… Lo siento, son los avatares de la herencia familiar.
Para ustedes, queridos lectores, esta crónica es solo otra novela, y espero que la disfruten por lo demás, pero la mayoría de los eventos relatados en estas páginas hablan de hechos que les parecerán ficción de un futuro que para mi es solo historia del pasado.
En un verdadero espíritu de imparcialidad, los acontecimientos serán narrados a medida que suceden, vistos a través de los ojos de un testigo etéreo para así puedan entender "los quiénes, dóndes y cómos", a medida que se desenvuelve esta historia. El ¿por qué?, bueno… espero que eso quede claro cuando me conozcan mejor.
Sé que algunos escépticos cuando lean mi narración o historia, dependiendo del punto de vista, podrían pensar que esta es solo otra teoría de conspiración basura, pero les probaré estar equivocados para cuando terminen de leer mi historia.
Nota, debo mencionar que haré todo lo posible para evitarte un perentorio coma tecno-blablá, manteniendo la palabrería nerd al mínimo posible.

Wuhan, China
Noviembre 2019
Ciudadanos franceses enfermaron tras viajar a Wuhan. Varios deportistas de la delegación francesa que viajó a Wuhan para participar en los Juegos Mundiales militares aseguran haber estado enfermos a su regreso de China, publican medios franceses. Desde el anonimato, uno de los 400 atletas del ejército que representaron a Francia en Wuhan cuenta en la cadena "France News" que tras volver estuvo enfermo con fiebre, dificultades para respirar y sin poder moverse de la cama durante tres días.
The Online Reporter.

Hassan Al-Halabi era un refugiado sirio que había vivido en Bruselas durante los últimos diez años. Según el Imam de la Gran Mezquita, él era un musulmán devoto comprometido a servir a Dios y a su comunidad local. En realidad, Al-Halabi fue reclutado por el Ministerio de Inteligencia iraní o MOI, justo después de terminar su entrenamiento militar y enviado a Europa en busca de asilo, principalmente para infiltrar y reclutar militantes islámicos. Había logrado establecer tres células clandestinas cuando fue llamado por el individuo de más alto rango en su organización. Se sintió honrado y agradecido con Dios por servir a su país. En esos momentos, no podía imaginar que esa sería su última misión, pero si lo hubiese sabido con antelación, igualmente lo habría hecho, porque era más atractiva la idea de tener setenta y dos vírgenes en el cielo, que aguantar a su gorda y espantosa esposa, por ningún minuto más.
Le advirtieron que existía una pequeña posibilidad de que las cosas no salieran tal cual se esperaba y eso significaba que no podrían asegúrale su vida, incluso si la misión saliera de acuerdo con el plan, igualmente él estaba contento con eso, sus hijos estarían bien cuidados y el dinero prometido estaría en la cuenta bancaria de su padre.
Lo que estaba a punto de hacer era peligroso, pero solo si lo atrapaban, pensó. Además, ya había llevado a cabo operaciones similares con anterioridad en muchos lugares del mundo y Dios siempre estuvo de su lado. Akbar Mouveni, le había dado todas las instrucciones en persona, por lo que se sintió honrado por la presencia de su líder.
—Mientras sigas mis instrucciones al pie de la letra, estarás bien. Dios es grande y él te cuidará, hermano mío —recordó Hassan las palabras de despedida de su líder.
Obviamente, tenía algunas dudas, incluso preocupaciones. ¿Pero morirse?, muy improbable, pensó. Estaba muy bien entrenado, además él ya había envenenado antes a infieles en nombre de su país. Esta vez no sería diferente, incluso cuando el objetivo era alguien tan insignificante como el pobre desgraciado chino que tenía que envenenar ese mismo día. Su jefe sabía mejor de estas operaciones, además, quién era él para cuestionar la sabiduría de sus líderes.
Viajar con un pasaporte falso desde Bruselas a Sídney con escala en Wuhan fue muy acertado. El pasaporte británico era perfecto, y Hassan confiaba en que engañaría cualquier control fronterizo en Australia. La visa de tránsito de seis días, otorgada a todos los trasladados internacionales en el aeropuerto de Wuhan, le ofrecía según lo planeado, la oportunidad de visitar la ciudad por unas horas sin levantar sospechas y continuar su viaje a Australia, al culminar su misión.
Siguió la misma rutina que en misiones anteriores, haciéndose pasar por un turista británico. Para pasar las horas, visitó lugares aburridos como el obligatorio Museo Hubei y la Torre Amarilla en el antiguo sector de Wuhan. Tomó fotografías, fingió un interés genuino en las exposiciones, e incluso llegó a hacer su mejor impresión de asombro, cuando una anciana desaliñada le señaló con orgullo una escultura decrépita. Odiaba los países no islámicos como China, lleno de personas insignificantes, pero sus órdenes anularon cualquier aversión que pudiera haber sentido por esos lugares y sus habitantes.
Tomando algunos atajos se detuvo ocasionalmente a mirar sobre su hombro, y solo cuando estuvo seguro de que nadie lo estaba siguiendo, se dirigió a la calle Xinhua, conocida localmente como el mercado húmedo.
El mal olor del lugar le revolvió el estómago. Apestaba a cadáveres de animales descompuestos, huevos podridos, orina, olores corporales y a desagüe para agregar a la mezcla fermentada del entorno. El hedor atravesó sus fosas nasales como una bala causando una reacción instintiva de cubrir su boca con el fin de controlar el vómito. Incluso para un agente como él, con su kilometraje trotamundos, el lugar era irrespirable. La alta temperatura y la humedad pegajosa agravaron la sensación desagradable.
Mientras caminaba por el lugar repulsivo, un puesto ubicado en el lado Este del mercado llamó su atención. Allí se encontraba el hombre, al que tenía que envenenar. Durante una fracción de segundo, Hassan se cuestionó la idea de tener que matar a esta pequeña criatura mal oliente, pero rápidamente desapareció ese pensamiento fugaz de su cabeza.
De acuerdo con la lista de carne en una pizarra improvisada en la parte posterior del puesto, estaban disponibles alrededor de diez variedades de peces y animales vivos de aspecto extraño. Desde cerdos hasta cachorros de lobo, incluso pangolín, el cual se sabía era portador del virus que trasmitían los murciélagos. Había muchísimos animales exóticos en jaulas y baldes llenos de criaturas acuáticas, que parecían venir directamente de las profundidades del infierno.
Observó que el vendedor usaba un machete sobre una tabla de cortar de madera improvisada para descuartizar animales vivos y limpiar la sangre de la tabla con el cuerpo de su próxima victima.
Los ladridos, aullidos y alaridos de muchos animales irreconocibles se podían escuchar a su alrededor como una horrible sinfonía de la muerte, y a nadie parecía importarle o preocuparle en lo más mínimo.
El vendedor ambulante de aspecto frágil y desnutrido estaba sentado en sus ancas, cortando con mucha vehemencia lo que parecía la cabeza de un cerdo. A su alrededor, trozos de cadáveres estaban tirados en el sucio suelo. El hombre se detuvo por un momento para admirar su diestro trabajo, miró la anarquía de sangre y trozos de carne a sus pies descalzos y dejando a un lado el machete, usó ambas manos para levantar los irreconocibles pedazos de entrañas del piso y colocarlas en un montón sobre el tablero. Agarró un puñado de animales masacrados, los introdujo en una bolsa de plástico y lo pesó antes de entregarlo a una vieja clienta que esperaba pacientemente. Complacida, la mujer entregó algunos yuanes arrugados que el hombre aceptó ceremoniosamente con ambas manos ensangrentadas.
Con una repugnante sonrisa sin dientes, el vendedor volvió la mirada hacia Hassan y se dio cuenta de que era su turno de sufrir el horrible espectáculo. Él le devolvió la sonrisa y señaló un balde lleno de criaturas viscosas detrás del viejo. Cuando el vendedor comenzó a girar, Hassan se preparó para los siguientes diez segundos cruciales que había ensayado muchas veces en su mente.
Mientras se ponía en cuclillas, metió la mano dentro del bolsillo de su chaqueta de safari sin mangas. La bolsa plástica estaba allí como él esperaba. En un movimiento fluido, embadurnó sus dedos con el residuo aceitoso y empuñó la mano antes de sacarla del bolsillo.
Cuando el vendedor, repentinamente se dio la vuelta y pidió confirmar a qué balde se refería, Hassan se congeló por un instante como un ciervo deslumbrado con los focos de un coche. Le tomó un microsegundo reaccionar y disimuló su expresión de sorpresa con una sonrisa radiante. Empuñó la mano a su lado, señaló un balde rojo con la mano izquierda y dijo. "Hong tong", en su mejor mandarín. El vendedor se dio la vuelta y comenzó a luchar con una criatura resbaladiza y glutinosa que obviamente estaba luchando con uñas y dientes para evitar la tabla del carnicero. Eso le dio tiempo suficiente a Hassan, para deslizar su mano derecha sobre la tabla de cortar y frotándola, la empapó del liquido viscoso. Para cuando el vendedor se dio la vuelta, mostrando triunfante a la criatura todavía enrollándose alrededor de su brazo, Hassan ya había frotado nuevamente su mano contra otros cadáveres más cercanos a él y ya estaba de pie.
Hizo un gesto con su mejor impresión de… "lo siento, he cambiado de opinión" y comenzó a alejarse, dejando atrás a un vendedor descontento cuyos insultos no necesitaban traducción.
—Después que finalices la misión, tienes que lavarte inmediatamente las manos, para que el veneno no te afecte —Hassan recordó las palabras persistentes de Akbar en su mente.
Caminando en dirección al baño más cercano vio a un hombre sentado en un taburete devorando un murciélago asado. —¡Un maldito murciélago! —escuchó su mente gritar con asco y corrió hacia la puerta del baño. Una vez dentro de un cubículo vacío, sacó cuidadosamente la bolsa del bolsillo, la colocó en el inodoro y tiró la cadena. Luego, corrió al lavabo y se lavó meticulosamente las manos con jabón. Cuando estuvo satisfecho, volvió al cubículo y comenzó a vomitar al recordar el murciélago asado.
Sin llegar a entender con exactitud, la misión que le habían encomendado, Hassan estaba condenando a muerte a miles de personas, al propagar ese virus tan letal, que finalmente terminaría con su propia vida unos pocos días después.
Texto libre Trabalibros

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