Espacio abierto - Casa rumiante (4ª parte)

Teresa Gómez Acosta
Lo primero que vio al sentarse en el butacón de la abuela fue un cielo nocturno que, a pesar de ser todavía de día en la calle, le custodiaba desde lo que debía de haber sido un techo. Lo siguiente, ni estaba físicamente en la habitación, ni hubiera podido llegar a imaginarlo jamás.

Al empezar a balancearse rítmicamente, como hacia siempre Norka, empezaron a sucederse ante sus ojos, como si de una película se tratase, varias escenas. Completamente atónito vio a la abuela salir de la habitación que compartía con el abuelo Manuel. Llevaba un almohadón colgando de una esquina de éste. Salia tranquila hacia el pasillo y cerró la puerta tras de si dejando a su marido sobre su lecho mortal. Acto seguido, otra imagen. Lo vio a él, al abuelo en la cama de la que siempre habían llamado la tita Antonia, la vecina de la casa más cercana. Concretamente, reposaba sobre los pechos de ésta satisfecho, extenuado y algo mas joven que en la escena anterior.

El siguiente acto que se proyectó ante él, lo protagonizaba otra vez la abuela. Esta vez en la entrada del cementerio de Menorca mientras se despedía, con un beso en los labios, de un hombre desconocido para él mientras un sereno llanto recorría el rostro de ambos.

Saltó de la butaca como un resorte volviendo a ver con sus propios ojos. Huyo de la habitación trastabillando y cerró como si temiese que los relatos que acababa de presenciar escapasen tras él. Mientras caminaba sin rumbo por el salón, dirigía la mirada hacia atrás repetidas veces donde los ojos se topaban una y otra vez con el tapiz verdoso que cubría la entrada al espacio que no lograba comprender. No daba crédito a lo vivido pero tampoco podía obviarlo. Lo que acababa de ver le parecía tan real como el sonido del reloj que estaba escuchando y cuyas agujas marcaban la misma hora que hace lo que le parecía una eternidad, cuando descubrió cosas que solo sus protagonistas conocían hasta ese momento. Puestos a creer en lo increíble, no es descabellado que en un espacio inexistente tampoco exista el tiempo, pensó.

Terminó por volver a entrar. ―No dudé ni un momento que lo haría―.

De esta manera, le mostré al nieto favorito de Norka los momentos mas significativos de la vida de ésta y que ningún hijo o nieto hubieran imaginado de ningún modo. La otra vida de la abuela o al menos la menos pública. Tampoco nadie había indagado sobre ella jamás.

Rodrigo alargó su estancia en Menorca y pasó gran parte de los dos días siguientes encajando las piezas de una vida cercana y ajena; llena de narraciones a través de los propios ojos y recuerdos de ésta. Historias que ella recreaba una y otra vez apartada en su retiro secreto y donde, siempre reflexiva, imaginaba qué hubiera pasado si...o que hubiera hecho si cual…

Así, descubrió que la cariñosa y juiciosa Norka había tenido siempre un gran amor; éste no pasó nunca al plano físico pero su solidez la acompañó hasta el día de su muerte y cuyas miradas decidieron dejar de cruzarse en la entrada del cementerio local el día que sepultaron a su marido. Le costó trabajo interpretar la causa por la que decidieron dejar de verse justo cuando ya hubieran podido relacionarse abiertamente. Sin embargo, con el paso de los días y cuanto más profundamente iba conociendo los pensamientos de su abuela; esa señora que repartía a escondidas trozos de pan con chocolate después del reglamentario bocadillo de jamón de la merienda estival, supo que quien esconde un secreto con sus nietos a plena luz durante años es muy capaz de guardar muchos más. El señor canoso, de ojos grandes almendrados y quizás algo desaliñado, que presidia la mayor parte de sus pensamientos era buena prueba de ello. Lo amó siempre con una admiración casi devocionaria y nunca necesitó nada mas allá de la certeza de su existencia.

Vio también, como si hubiera estado presente, que fue Norka la que ayudó a morir al abuelo Manuel por exigencia de él mismo, que no estaba dispuesto a sufrir meses de padecimiento ante un claro diagnóstico de muerte inminente por una enfermedad degenerativa. La versión oficial, la familiar, siempre fue un infarto mientras dormía que no había motivos para poner en duda. Tampoco en ésta cuestión la familia indagó nunca.

De las constantes escarceos de don Manuel con la vecina, Rodri solo pudo dar por sentado que su abuela estaba mas que enterada y que no le importaban ni lo mas mínimo. Él tampoco le dio mayor importancia. Ya era lo suficientemente mayor para saber que las pasiones carnales rara vez se dan en la misma cama donde se tratan las rutinas diarias.

No conocía a su abuela en absoluto, concluyó acertadamente el joven. Y, mientras paseaba tranquilamente por los rincones y acantilados de los recuerdos de sus veranos en la isla, su razonamiento se fue extendiendo a sus hermanos. Hermanos que eran ya su única familia y cuya mayoría había decidido venderme lo antes posible.

De repente le empezó ha parecer angustioso pensar en otra gente recorriendo las habitaciones de la casa familiar, imaginar a desconocidos descubriendo también los secretos y anhelos de Norka desde su propia butaca ―eso no iba a pasar, claro, pero él no podía saberlo―, que fueran otros los que disfrutaran de la paz, olores y los verdes y azules tonos que durante estos días había vuelto a sentir como años atrás. Quedarse definitivamente sin un sitio íntimo al que volver. ¡Ni de coña! ―dijo en voz alta sin darse cuenta.

Sentado con los pies colganderos en el puerto de Ciudadella se decidió a llamar a la única de sus hermanos que también había votado en contra de la venta, Elisa, la tercera de los Garau. ―¡Maldita sea! Nunca hay cobertura en esta maldita isla― exclamó cabreado mientras se levantaba dispuesto a volver a casa para poder llamar tranquilo.

Continuará...
Texto libre Trabalibros

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