Buscadores de tesoros

Mercedes Gutiérrez
El dueño del tesoro, antaño galerista, quería sentir la llama de su ambición, no su necedad. Cuando convocó la búsqueda en su blog con las pistas para que encontraran el cofre que había enterrado hacía ya más de diez años, no pensaba que algunos se fueran a lanzar a la aventura prácticamente con lo puesto.
Al primero que desapareció lo encontraron río abajo, despedazado, cinco días después de cargarse su caniche blanco, su GPS y la zodiac. Supieron su identidad porque Rima, así se llamaba la perra, logró escapar. Y porque su exmujer ya había alertado a las autoridades y andaban tras él. Cuando le entregaron el animal, esta confirmó que sí, que, efectivamente, era Rima, y que Karl, así se llamaba el hombre con el que estuvo casada ocho años, iba tras las pistas del tesoro con obsesión de preso a la fuga.
—Cinco millones de dólares en joyas y metales preciosos para el que encontrara el cofre. Un pastón, —le dijo al policía.
Karl nunca le anunciaba el día que salía de expedición, pero, de vez en cuando, la llamaba al móvil para hablarle de sus presentimientos. "Puedo olerlo".
—Iba a olerlo... Pobre Karl—le dijo la mujer al policía que le entregaba la perra—. Seguro que no hay tesoro. Alguien debería hacer algo —dijo la mujer dejando el animal en el suelo—. Una vez le pedí que me llevara con él. ¿Y sabe lo que me contestó? Me dijo que no podía hacer eso porque, si lo acompañaba y lo encontrábamos, tendría que matarme. Sí señor, alguien debería hacer algo —dijo sacudiendo su cabeza de pelo largo y gris.
Dos semanas después apareció una mujer sola cruzando la nocturnidad del desierto. Los focos del todoterreno de una patrulla forestal la encontraron arrodillada, tiritando de frío y sed. "No se iría sin su premio" les dijo a los agentes que la encontraron en cuanto consiguieron templarle sus males.
El tercero corrió peor suerte que la mujer. Se había despeñado por un mirador en California. Como los anteriores, también había emprendido la búsqueda solo, probablemente pensando lo mismo que los otros: que así se ahorraba una bala.
La desaparición del cuarto le pesó especialmente, pues su curiosidad parecía genuina. Según el periódico local le apasionaban los acertijos y todo aquello que tuviera que ver con los juegos de lógica.
La quinta víctima fue un hombre de dios. Un joven cristiano que acababa de abrir las puertas de su iglesia. La confianza del malhadado pastor por la intercesión divina le clavó rabia en los dedos.
"Se acabó". Colgó en los medios. "Esta caza ya no me divierte. Escondí un tesoro pensando que os estaba haciendo un regalo. No me referiero solo a lo material, no. Podéis pensar lo que queráis, a estas alturas a quién le importa ya. Lo que me preocupaba era vuestra salud. Física y mental. Se me ocurrió, que, al arrancaros de la comodidad, desfigurada, de vuestras eternas butacas, y transplantaros a la naturaleza, poco a poco os pondríais en forma. Me consolaba la idea de que os entregaba algo placentero, un nuevo entretenimiento para disfrutar en familia. Recordad que en las pistas os indicaba que al lugar en el que lo escondí se podía llegar fácilmente. Pensaba que os tendía, en bandeja de plata, una evasión para que borrarais, aunque solo fuera por unas horas, vuestro día a día, para que, la desgana de vuestros hijos, se desplomara con el entusiasmo de la aventura, para que, aquellos que lo hubierais perdido, recobrarais el respeto de vuestras mujeres, y, para las que hubierais sufrido el desamor de vuestros maridos, consiguierais que el enigma se lo tragara. Hace años que lo enterré, y sigue dejando pesares y muertos. No era esto lo que yo quería, no. No era esto".
Acababa de apretar la tecla de envío el dueño del tesoro, cuando su pantalla se ennegrecía con una lluvia de comentarios. Sus ojos cansados, empolvados de años y de concienzudo repaso por los detalles, echó el ancla en la primera línea.
Mi hijo y mi mujer están en Wyoming, y yo acabo de mudarme a Nuevo México. He tenido que vender mi anillo de bodas. Ni se le ocurra, Fran.
Con sobrio espanto retiró los ojos de la pantalla. Era evidente que la locura de este hombre se había apoderado de sus buenas intenciones. Con la sobriedad inalterada se reprendió, pensando que, de haber concluido con este ejercicio años antes, quizás hubiera podido librar a ese pobre hombre y a su familia de posibles penurias y desastres. Pero fue el último análisis, reconoció, el que lo dejó más intranquilo. "Ni se le ocurra", la amenaza le aturdió la cabeza con el áureo batir de una marea de doblones. Y encima le llamaba Fran. El hipocorístico, la punta de la guerra declarada...
Acostumbrado a los robos de guante blanco, cinco veces tuvo que dar parte al seguro y tratar con la policía, ni un temblor. Pero ahora el miedo le raspaba el corazón. Quizás fuera la edad, (a los 84, creía firmemente que su veteranía lo excusaría), o tal vez su deseo por proteger la memoria de una vida bien vivida, los que le llenaban de angustia. Como mucho se hubiera imaginado un "cállese, viejo", ni de lejos un "Ni se le ocurra, Fran".
Volvió a la dureza de la pantalla en busca de un mensaje más tranquilizador, que le confirmara que su decisión había sido la acertada.
Mi marido quedó inválido tras su pista, pero mi hijo pequeño y yo no lo vamos a defraudar, por eso le pedimos con toda nuestra alma que no lo cancele. El dueño del tesoro sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón en el que impregnó unas cuantas lágrimas.
Aquel mensaje le había dejado aún más desconcertado y sin saber qué hacer. Él, que siempre había sido un hombre resolutivo, habituado a doblegar las opiniones de los demás. Siguió adelante, esperando encontrar la ansiada justificación.
Ni se le ocurra darlo por terminado. Cada uno es muy libre de hacer lo que le dé la gana. Y si uno elige salir a buscar el tesoro ya sabe a lo que se expone. Nadie le pone una pistola en la sien. Si tienen miedo a morirse, que se quiten del medio y nos dejen pasar a los que no tenemos esos remilgos.
El legalista. Este, por lo menos, lo trataba de usted. Aunque perdió los estribos en la última línea, cuando remató el mensaje con un No te jode, todo en mayúsculas.
Intranquilo, buscó otra intervención, pero una era más amenazante que la otra.
Tú páralo...
Como lo dejes te suelto a los perros en la siguiente,
detrás Lo cancelas y te lo saco a palos...
y un reguero de obscenidades y deseos tenebrosos.
Los mensajes que le enviaron los que se oponían a que siguiera la búsqueda, no es que le agradaran más, pero al menos le dejaban el pellejo tranquilo y solo tiraban a morderle la moral.
¿Es que no le da vergüenza?, ¿qué clase de persona es usted? Seguro que se está divirtiendo de lo lindo a costa de los muertos, ¿eh?
A su edad, ¿tendría que buscar ayuda de la policía si pretendía seguir adelante y desairar a esos energúmenos? La posibilidad le llenó el corazón de una rabia incandescente. Él, que había sido piloto de las fuerza aéreas y llevado a cabo misiones de rastreo con la meticulosidad y perseverancia del cínico. Siempre podría pagarse unos guardaespaldas... Desde luego el dinero no era una preocupación ya que, de sus múltiples exploraciones, siempre sacó un buen pellizco.
Se sonrió el dueño del tesoro haciendo un rápido reportaje mental con sus hazañas más gloriosas.
Emplear ese dinero en su protección le pareció darle al dinero un mal uso. Además, un sentimiento de valentía acababa de despertársele dentro y le cruzaba la negativa a cancelar el juego con sus dedos de yeso. No le quedaban muchas opciones. Seguramente lo mejor sería seguir adelante con la caza. Con treinta años menos en el cuerpo de seguro que no hubiera prestado la más mínima atención a la demanda de esos jeremías, así que, ¿por qué iba a hacerlo ahora?
El dueño del tesoro embutió el pañuelo en el bolsillo. Se aclaró la voz, como si se pidiera permiso para acomodar un nuevo pensamiento. Se inclinó en el respaldo de la silla y cerró los ojos.
No lo olvides. La agresividad de los que te animan a que liquides la búsqueda te parece menos apabullante que la de aquellos que te piden que la mantengas. Corto y cambio.
Imaginó una mano invisible palmoteándole el hombro, como si quisiera asegurarse de que no era un micrófono acoplado. Morir entregado a las locuras de su grey no entraba en sus cábalas, y, aunque vivía solo y nadie lo echaría en falta, tenía un sentimiento de decencia y lealtad hacia la vida que le impedía desertar.
Así estuvo unos minutos, con los ojos cerrados, el codo derecho apoyado en la silla, y con la yema del pulgar y del índice apretándole con suavidad el puente nasal, momentáneamente liberado de la presión de las gafas.
El dueño del tesoro dio una lenta y larga inspiración. En su camino a la cima, nada de soroche. Solo una claridad infinita y cristalina. En el regreso, las ideas le rodaban limpias, igual que su determinación.
Una fiesta... Daría una fiesta. Invitaría a todos, absolutamente a todos... A los que habían perdido a seres queridos y a los que estaban a punto de perderlos. Por supuesto, también invitaría al afortunado que lo desenterrara... Todos estaban invitados... Así se darían cuenta de la honestidad de sus intenciones, que él no había querido el mal a nadie, que los accidentes pasaban y que la gente se ahogaba porque no sabía nadar, o se moría electrocutada o, simplemente, su corazón se negaba a seguir latiendo.
Colgó en Twitter la invitación y la respuesta no se hizo esperar. Los que habían perdido a alguien aprovecharon para acusarlo de frívolo, pero confirmaron su asistencia. No fue hasta que anunció que traería un pinchadiscos y unos cuantos famosos para aderezar el acontecimiento, entre ellos a Jack Hammond, un cantante country que había dado mucho de que hablar por su relación con una menor, cuando la lista con los asistentes comenzó a subir. Pero, al cabo de la hora, solo había convencido a unos 300. No estaba mal, pero no quería dejarse a nadie en el tintero.
Un nuevo genio dejó escapar de su lámpara: "Y haremos desaparecer un magnífico cofre con valiosísimas joyas en su interior. Ya saben lo que tienen que hacer", anunció.
En veinte minutos tenía a todas sus moscas en la miel. Tuvo que pedir ayuda y llamar a un amigo suyo, un jovencito experto en redes y con mucha mejor vista, biznieto de un amigo, para que los contabilizara y le echara una mano con los preparativos. Cerca de dos mil. ¿Dónde iba a meter a tanta gente?
Alquiló un estadio con capacidad para 10000. Desde la carretera, una gran pancarta electrónica anunciaba su presencia. A tiro de piedra, en un alto pelado, un aeródromo salpicado de hangares.
A las doce del mediodía del lunes siguiente, la hora señalada en su mensaje, los vigilantes que había contratado cerraron las puertas. Con pensada ligereza, el dueño del tesoro se subió al escenario para darles la bienvenida.
—Muchas gracias por estar aquí. Sé que para muchos no ha sido fácil...
Un murmullo encapotado, pesado como lona mojada, corrió por el estadio.
—Espero que esta ocasión nos brinde la oportunidad de recordar a esos héroes que perdieron sus vidas en busca de un ideal —dijo el dueño del tesoro agarrándose con fuerza al micrófono que tenía frente a él, deseoso por encontrar en la multitud sus ojos ciegos.
Un tenue aplauso le dio alas pero enseguida se dio cuenta de su error.
—Héroes que aceptaron el riesgo y que no miraron atrás, aunque en el camino les esperara el temible accidente.
Una voz, un hilo casi imperceptible, le llegó desde la segunda fila.
—Usted mató a Karl, ¿me oye? Usted lo mató —una voz de mujer rompió a llorar.
—¿Quién es esa? Que se calle de una vez. Si no quiere estar aquí ya sabe donde está la puerta, pero que no dé la barrila—. La voz, esta vez masculina, venía de detrás.
Un poco más atrás salió otra, también masculina.
—La mujer tiene razón. Han muerto por su culpa. Así que el único que tiene que callarse eres tú.
Ya estaban los oradores abriéndose paso entre los peones, cuando el dueño del tesoro, atomizado con los vapores de odio, se apresuró a hablar.
—Por favor, por favor, dejemos que mi amigo Jack —dijo poniéndole la mano sobre el hombro al cantante de country—practique su magia cristiana y nos ayude a todos a ser mejores personas. No olviden que tienen agua, refrescos y algo para comer en la barra. Todo a mi cuenta —dijo el dueño del tesoro tratando de refrigerar la emoción abierta.
Antes de que terminara de hablar, ya sonaban los primeros acordes de la guitarra del cantante. La masa, atrapada por el deseo de caer en los brazos de la sorpresa y de huir de sus propios horrores, temporalmente permitió que se le deshiciera cualquier perversidad que pudiera albergar.
El dueño del tesoro no cabía en sí de gloria. Aquella hermandad. ¿Podría hacerles entrar en razón? Pero fue justo al final de la octava canción, Go for him, Ve por él, cuando le pareció notar un nuevo rugido entre los asistentes. Hacia la mitad del estadio, se había abierto un anillo humano que coreaba, en un bucle, Ve por él, Ve por él, Ve por él... Como perlas engastadas, brillantes y sudorosas, unos cuantos asistentes, entre ellos los dos hombres que habían intervenido minutos atrás, empleaban los puños para decirse sus verdades.
Los encargados de la seguridad, avisados por el breve silencio del cantante que, sin comprender, atacaba una nueva melodía, esta vez sin letra, intentaron llegar hasta el círculo, pero los asistentes se lo impidieron. Apesadumbrado pero sin perder tiempo, el dueño del tesoro supo lo que tenía que hacer para romper el fuego y salvar sus buenas intenciones.
Sobre el estrado, encarando el telón negro transparente que escondía la tramoya, extendió los brazos al aire con la forma del que sostiene un cuenco, y, soltando un mágico "ahora" que vibró en el aire unos segundos, dejó caer los brazos, esperanzados. Casi al instante, una lluvia blanca y metálica apareció en el cielo. Drones. Decenas de ellos, operados por el equipo que había contratado, comenzaron a sobrevolarlos. Que dejaran la lucha. Les daría lo que anhelaban. Que no tuvieran miedo porque nadie se iría con las manos vacías.
Al principio ignoraron su presencia, pero cuando las preciadas rocas comenzaron a golpearles los dedos, las manos, las cabezas, interrumpieron su disputa. Sobre el firme, los operarios soltaron el cargamento: diamantes, rubíes, zafiros, perlas engastadas, collares... Alguna que otra cruz esmaltada estuvo a punto de sacarle el ojo a más de uno de no haberlos parapetado bajo la escuadra de su brazo. Los drones iban y venían con la alegría del granjero que ve el estallido de la primavera en sus campos sembrados. Sobre el escenario, el verano del dueño, que los veía recogiendo su simiente. Notó que algunos, con los bolsillos hinchados por el botín, llevaban las cruces atravesadas en la boca. Sin duda alguna, estaban salvados.
Ya en tierra firme y a punto de ocultarse entre bastidores le asaltó el alegre convencimiento de que lo habían perdonado. Pero el sucio griterío de la reyerta volvió a entrarle por los sentidos como una pica.
—¿Por esto es por lo que mi Tonny perdió la vida? ¿Para que el premio se lo lleve cualquiera? El muy canalla... Seguro que ya lo tenía todo más que requetepensado y nos lo iba a dar de todas formas—, dijo la mujer levantándole un puño alhajado.
—¿Y esto? —le preguntó un hombre que hacía oscilar un cebollón de oro frente a sus ojos.
—No es mío —dijo la mujer aturdida.
—Ya, claro. Te lo he sacado del bolsillo de atrás. Si no es tuyo, vacíate los bolsillos entonces. Así todos sabremos que eres una mujer de principios y que, si tan mal te parece llenártelos, nada tendrás...
La mujer lo miró con odio. Estaba a punto de decirle que la dejara en paz, que no se metiera donde no le llamaban, cuando el pesado aldabonazo de un a mí tampoco me ha tocado nada, se le engarzó al pecho.
Enseguida una pesada cadena: a mí tampoco, yo tampoco tengo nada, ni yo, ni...
Al final, la contagiosa demanda se hundió en el mismo clamor. Ni a mí... Los asistentes se registraban entre ellos, vaciándole al otro lo que llevara encima, roca o kleenex. Sobre los que aún estaban a cuatro patas buscando alguna piedra ignorada, ahora les jarreaba una catarata de rubíes, zafiros, perlas, diamantes y collares. Con patas de topo y con la misma ceguera, rápidamente comenzaron a abrirse paso, convencidos de que, al estar abajo, estarían salvados. Pero solo hizo falta un tropiezo inoportuno de uno que acababa de dar un pisotón con su bota de montar al que defendía una cruz que llevaba atravesada en la boca y misterio desvelado. En un abrir y cerrar de ojos, casi dos mil cabezas cribando el firme. Algunos de los más altos y voluminosos, viendo que su lentitud en la carrera por el suelo se les cerraba como ostra celosa, rápidamente otearon la oportunidad en otras parcelas y, dando un salto acomodado a sus virtudes, se apresuraron hacia ellas. La brisa levantada por la determinación de sus cuerpos erizó el pelo de unos cuantos que, al momento, descifraron la impresión sensorial. Como el mono que se hace hombre, siguieron a los colonos que iban en busca de nuevas posesiones, derrumbándolos para que recobraran su posición cuadrúpeda. Arriba y abajo, arriba y abajo, un cansado coro de alternancias, una dolorosa cacofonía que al dueño del tesoro le produjo una pulida repulsión.
"Estaba claro que aquellos nunca aprenderían a nadar", pensó el dueño del tesoro con una mezcla de enfado y repugnancia mientras sus guardianes le aguantaban el portón central para que saliera.


INFORMACIÓN SOBRE LA AUTORA:

Mercedes Gutiérrez (Madrid, 1971) estudió en la Universidad Complutense y es doctora en Literatura Estadounidense. Su especialidad son las novelas de carretera americanas. Aunque nació y se crio en León y Madrid, (también fue profesora en la E.O. I. de Alcázar de San Juan), hace años que reside en Estados Unidos. Ha vivido en Boston y en pueblos pequeños de Ohio, Pennsylvania y Nueva Jersey, fuentes de inspiración para sus historias. Sus relatos se han publicado en las revistas españolas Sibila, El Kraken, Voces, Auca, Quimera, Revista de Occidente, Clarín, Babab o Visor. También en la revista Baquiana, en Estados Unidos. Su relato, "El libro de su hora", fue elegido para participar en El arte de la lectura, el libro conmemorativo por el 25º aniversario de Letralia, Tierra de Letras. Es autora de los libros de relatos, Perro Verde, publicado en el 2017 con la editorial Renacimiento, y de Tanto para esto, publicado en el 2019 con la editorial Drácena. Ha traducido al español la novela de Walt Whitman La Vida y aventuras de Jack Engle, publicada en la editorial Funambulista. Tiene un blog, http://www.americanx-ray.com/, en el que "radiografía" todo lo que tenga que ver con la cultura americana. De momento se la puede encontrar en Pittsburgh.
Texto libre Trabalibros

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