La mancha de Londres

Rocío Fuentes-Ortea
En un determinado punto de los sucios pasadizos de una populosa estación del metro de Londres siempre se forma la misma mancha.

Cuando uno la ve por vez primera parece de agua, de zumo, o de una bebida gaseosa que algún desconsiderado no inglés ha tirado allí en medio.

Pero, cuando al día siguiente o al otro uno pasa de nuevo por allí, descubre que la mancha continúa en el lugar exacto. No un poco más a la derecha; no un poco más a la izquierda, sino allí. Allí mismo.

Y si el tal uno decide pasar a las siete de la tarde por aquel determinado punto de los sucios pasadizos de una populosa estación del metro de Londres, descubrirá a un anciano hombre de piel oscura. El hombre que no cesa de limpiarla. Siempre, la misma mancha. Todos los días, a la misma hora.

Con la mirada anclada en otro tiempo; con la cabeza gacha pero el cuerpo erguido, ese hombre intenta erradicar la mancha que nunca se quita. Él sospecha que es imposible eliminarla, que debe de ser de una grasa especial y que a buen seguro gotea de forma intermitente, aunque invisible desde un techo abierto que la observa.

Pero ese es su trabajo. Nunca se le ocurriría protestar por ello. Quién sabe; quizá un día, si se quejase, le quitarían el puesto y se lo darían a otro. ¿Por qué iba a hacerlo, además? A él no le molesta frotar aquella mancha. De hecho, se pasa todo el día limpiándolo todo de una pasada, sin volver a pasar por el mismo punto. Pero ese punto es diferente. Él sabe que allí hay algo esperándole solo a él; algo inamovible, eterno. Ya no le importa nada más. Solamente intentar quitar la mancha, sin saber que en el fondo no desea quitarla.

Sin saber eso, y que hay una joven compañera suya que todos los días, siempre antes de las siete, deja caer aceite en aquel determinado punto de los sucios pasadizos de una populosa estación del metro de Londres.
Texto libre Trabalibros

PUBLICA Envía tus textos libres aquí
subir