Dolencia crónica

Elías F. Gómez
Durante años me tuve por gilipollas -opinión compartida por algunos de mis conocidos- porque prestaba, y por tanto perdía, los mejores libros de mi biblioteca. Así al pronto recuerdo "El halcón maltés", "El perfume" o "Las nieves del Kilimandjaro". Si me los devolvieran todos de pronto, no sabría dónde ponerlos.
Más tarde, manuales de astrología e incluso libros serios me revelaron que mi destino era recibir y transmitir información. Mi padre pensó siempre, o al menos decía, que habíamos venido al mundo para cumplir una misión, lo cual no le impidió ser un bon vivant en la medida, claro está, de sus posibilidades.
El hombre no suele ser lo que él cree; el hombre está en sus actos. Quizá prestando -y perdiendo- mis mejores libros yo estaba cumpliendo el antiguo mandato de la sabiduría: "Que las acciones de cada uno le pertenezcan".
Sé de otra posible razón, excesivamente vanidosa: en alguna parte de mi tenebroso mundo interior algo me dice que, de ser necesario, yo podría reescribir "El perfume", "Las nieves del Kilimandjaro" o "El halcón maltés". Con este pensamiento me consuelo de esas pérdidas.
Por lo demás, eran sólo libros. Papel, tinta de imprenta, polvo, aventuras y pensamientos de otros, mientras la vida se escapaba entre los dedos. Tal vez la tontería, bien pensado, haya sido pasarme la vida leyendo, y tendría que terminar esta nota como la comencé.
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