Sin ti, yo sí

Montse Rovira
Ignacio sube a tope el volumen de los altavoces y se queda mirando la pantalla de su ordenador. «Podrás saltar este anuncio en cinco, cuatro, tres, dos, uno. Saltar anuncio». La voz de Fito secuestra el silencio de la casa:

Qué te voy a decir
Si yo acabo de llegar
Si esto es como el mar
Quién conoce alguna esquina…

Tarareando la canción, se dirige a su dormitorio. Abre la puerta del armario para mirarse en el espejo de cuerpo entero y hace un barrido de abajo arriba. Zapatos limpios, pantalón adecuado. Se ha puesto una camisa que le regalaron por su cumpleaños y que no había estrenado. Se acerca un poco al espejo recordando lo que le dijo ayer su amiga Carmen cuando se encontraron por la calle: «Así, con el pelo corto, te ves más joven». Sonríe sin creerse demasiado ni la sonrisa, ni el comentario de Carmen. Cierra con el pie la puerta del ropero, coge las llaves del coche y sale de su casa dando un portazo mientras Fito insiste desde el salón:

Dejadme nacer
Que me tengo que inventar,
Para hacerme pez
Empecé por las espinas…

Sube al coche con la sensación de estar viviendo una situación irreal. Acudir a una cita con su ex después de un año sin verse… ¡Un año! Lo verdaderamente extraño no es tanto la situación, sino lo que ahora está sintiendo, esa sensación de rareza. Ladea la cabeza calibrando lo absurdo que le parece sentirse raro por ir al encuentro de la mujer con la que ha compartido la mayor parte de su vida. Hace año y medio, ni por asomo hubiera imaginado que viviría algo así. Hace apenas unos meses no se hubiese sentido con el coraje suficiente ni siquiera para plantearse aceptar la cita. Tampoco es que ahora estuviera precisamente tranquilo. La verdad es que, desde que leyó su mensaje pidiéndole que se viesen, ha pasado por todos los estados anímicos posibles. Emociones a la carta. ¿Qué va a tomar el señor?
Primero, estupor: «¿A qué viene esto? ¿Qué es lo que realmente quiere? No hay un tema tan importante como para tratarlo en persona. Hasta hoy hemos resuelto las intrascendencias pendientes por correo o a través de intermediarios». Se quedó mirando el mensaje como si estuviera escrito en un lenguaje desconocido para él.
Después, enfado: «¡Déjame en paz! No fui yo quien saltó voluntariamente a esta pecera. Yo era marinero...
Texto libre Trabalibros

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