No encuentro una época de la vida que sea tan feraz ni tan fértil como la infancia

Trabalibros Entrevista
El tinerfeño Juan Cruz Ruiz ha desarrollado una extensa labor como periodista en el diario El País, en el que trabajó desde su fundación en 1976 hasta 2022. De 1992 a 1998 dirigió la editorial Alfaguara y en la actualidad es adjunto a la presidencia en el grupo Prensa Ibérica. Su dilatada trayectoria literaria se manifiesta en obras como "Crónica de la nada hecha pedazos", "Cuchillo de arena", "Retrato de humo", "El sueño de Oslo", "La foto de los suecos", "Serena", "Edad de la memoria", "El territorio de la memoria", "La playa del horizonte", "Retrato de un hombre desnudo", "Ojalá octubre", "Muchas veces me pediste que te contara esos años" y "El niño descalzo".
Su labor como editor y como periodista ha quedado plasmada en "Egos revueltos" (XXII Premio Comillas), "Especies en extinción", "Jaime Salinas. El oficio de editor", "Beatriz de Moura.Por el gusto de leer", "Toda la vida preguntando", "Una memoria de «El País»", "¿Periodismo? Vale la pena vivir para este oficio" y "Literatura que cuenta".
En el año 2000 fue Premio Canarias de Literatura. También ha obtenido los premios Benito Pérez Armas, Azorín de Novela y el Nacional de Periodismo Cultural. Fue maestro de escuela y ahora su nombre es el de un colegio público en su barrio de La Vera, Tenerife.
Bruno Montano ha disfrutado de una conversación con él con motivo de la publicación de su última obra, titulada "Mil doscientos pasos", una historia de iniciación, de amistad, de descubrimiento de la vida y también de la maldad, de secretos no confesados por el temor a las consecuencias. Esta novela es el relato emocionante de un momento crítico de nuestro pasado: los años duros y oscuros de la posguerra.

-Bruno Montano, Trabalibros (B.M.): Juan, me da mucho respeto entrevistarte, porque para mí eres el referente de la entrevista literaria en España. Yo he releído varias veces “Toda la vida preguntando”, el libro tuyo que publicó la editorial Círculo de Tiza, para buscar inspiración antes de hacer entrevistas a otros escritores. Me encanta tu estilo, creo que eres una autoridad en la materia y me da un poco de miedo. Haré lo que pueda.
- Juan Cruz (J.C.): Gracias. Te advierto que a mí me da ese miedo siempre. He entrevistado a mucha gente y sigo entrevistando. Esta tarde, por ejemplo, entrevisto a la escritora Bárbara Blasco aquí mismo.
-B.M.: Como dices en el prólogo del libro que menciono antes, tú crees que la entrevista es un género fundamental, porque te permite preguntar pero, sobre todo, permite también escuchar. Intentas poner en práctica en cada conversación el respeto al otro y la "ansiedad tranquila" por saber más del que tienes delante.
- J.C.: Eso es.
-B.M.: Empezando con la entrevista, me gustaría saber si crees, como dijo Rilke, que la verdadera patria del hombre es su infancia. Este poeta alemán, en una de sus “Elegías de Duino”, afirmaba que lo "denso" de la infancia de un hombre constituye su destino.
- J.C.: Sí, no encuentro otra época de la vida que sea tan feraz, tan fértil como la infancia. No hay otra. La juventud es una época en la que ya encuentras el egoísmo o la envidia. La adolescencia te va introduciendo en caminos pedregosos, mientras que la infancia es como una inocencia pura en la que van entrando asombros que todavía no son miedo. El miedo viene en la adolescencia.
-B.M.: Y el asombro es la actitud filosófica por excelencia.
- J.C.: Y el asombro se convierte luego en susto. Y cuando es susto, es miedo. Y cuando es miedo, es también sensación de peligro. Y a partir de ahí viene la maldad y todos los demás problemas que vienen contraídos con la existencia del miedo.
-B.M.: Miedo del que se habla profusamente a lo largo de "Mil doscientos pasos". El protagonista lo experimenta en diferentes modalidades. Vuelve a su barrio natal y experimenta el retorno del pasado como "mechas sueltas" y como "postales nítidas". El protagonista evoca y convoca su infancia, su primera juventud, su adolescencia. ¿Vivir es fundamentalmente recordar? ¿Es, incluso, recordar lo que no se ha vivido?
- J.C.: Es que es imposible vivir sin recuerdo. Es como vivir sin respiración. El recuerdo es la alegría, el canto… es también la dureza de haber vivido momentos complejos y difíciles. Sin recuerdo, tú no construyes nada. El recuerdo es como los primeros zapatos del niño, las sandalias. El recuerdo es lo primero que bebes, el primer sabor, el primer fuego, el primer resplandor, el primer cielo al que llamas cielo; es la tierra de la calle, lo primero. Todo lo que es lo primero suele ser gozoso.
-B.M.: Gozoso hasta que llega la nostalgia, que también es una forma de gozo. El protagonista dice a veces: “se me llenaba la mente de melancolía”. Otras veces dice: “me sube hasta el gaznate el sentimiento de llorar por lo perdido”. La nostalgia siempre va asociada al recuerdo y a la memoria, es una especie de sentimiento agridulce. Victor Hugo decía que era la alegría de estar triste. Esa nostalgia tiñe también un poco tu narración.
- J.C.: La narración está hecha a partir de lo que yo recuerdo de aquella época. No significa que todo sean recuerdos, ni que todo sea cierto, ni que todo sea memoria, sino que es más bien lo que va viniendo a mi encuentro y que yo anoto como posible. No todo ocurrió, pero todo era posible que ocurriera.
-B.M.: Era verosímil. Y te llega casi de modo inesperado, en forma de postal, como dices en la cita inicial de Michael Krüger.
- J.C.: Sí.
-B.M.: Hay algo que me ha interesado mucho y creo que es un gran tema de reflexión. El protagonista está constantemente experimentando sensaciones y sentimientos nuevos, pero no sabe nombrarlos. Él dice: “no sabía ponerle nombre”, “no tenía palabras con las que ahora lo afronto”. Experimenta miedo, dolor, amor, placer, maldad, ruindad, culpa, traición, vergüenza, pero no sabe nombrarlo. ¿Crees que, de alguna manera, madurar sería acceder a las palabras?

- J.C.: Me pasó una cosa durante la pandemia que nunca me había pasado, y es que me olvidaba de las palabras. Y algo me ha quedado, no porque yo tuviera COVID ni nada parecido, pero algo me ha quedado. A veces yo no recuerdo palabras que son familiares, incluso nombres propios. Yo no sé si es la vejez o si es miedo a decir algunas palabras que se te quedan ahí paralizadas, sin llegar a ti, porque en ese momento tú estás pensando en otras palabras, en otros significados. Cuando estoy muy cansado se me van las palabras y a lo mejor eso no es sólo una cuestión física, a lo mejor es también espiritual.
-B.M.: De alguna manera, tu inconsciente las bloquea, a lo mejor porque el contenido te provoca miedo o te hace daño de alguna forma.
- J.C.: A mí me pasa una cosa, y es que cuando estoy con alguien y esa persona empieza a hablar y me interrumpe haciéndome una repregunta, entonces yo pierdo completamente el control. Y eso me parece que tiene que ver con el miedo a no saber, el miedo a que la gente te diga que quizás no tienes razón o que quizás no lo estás diciendo bien. Cuando me interrumpen lo paso muy mal.
-B.M.: Pierdes el hilo y sufres miedo a quedarte en blanco.
- J.C.: Y el hilo es como algo con lo que tú nadas.
-B.M.: Y hay otra cosa que también nos puede pasar. Para recordar necesitamos palabras, pero podemos caer en el error de confundir las palabras con los hechos, con las cosas. Necesitamos enlazar las palabras con los hechos para pensarlos, pero a veces confundimos las palabras con los hechos. A veces la palabra puede ser una barrera que nos impide entender realmente, porque la hemos confundido con el hecho en sí.
- J.C.: Las palabras son muy peligrosas. Han de ser precisas y deben estar exentas de mala intención. Las palabras ladinas, las palabras que se dicen para molestar -y en este libro hay muchas ocasiones en las que eso era posible-son dagas que nos ponemos contra nosotros mismos. Nosotros debemos cuidar las palabras, para que las palabras de otros nos cuiden a nosotros.
-B.M.: Hay un personaje recurrente en toda la novela: el Muro. Es como una especie de magdalena proustiana. Cuando el protagonista piensa en el Muro, éste le devuelve a su infancia. Y lo escribes con mayúscula, de ahí deduzco que es muy importante en el relato, que es un protagonista. En ese muro físico el protagonista sufrió su primera gran afrenta, una paliza con herida y con sangre. Dice él: “la sangre es inolvidable", "las heridas permanecen invisibles aunque despiertas”. Digamos que, en ese muro, pierde la inocencia y se da cuenta por primera vez, como dices en tu libro, de que la vida va en serio.
- J.C.: Esa frase es de un verso de Gil de Biedma, “que la vida iba en serio”. Ese es un verso que a mí siempre me ha interesado mucho. La vida es algo muy serio y nos damos cuenta después de la infancia. Muchas cosas que nos pasaron en la infancia las conocemos luego y una de ellas es el miedo. Antes hablábamos de él. Pero el miedo no lo conocemos en la infancia; luego, rememorando, nos damos cuenta de que eso era miedo.

-B.M.: Nos damos cuenta cuando ya dominamos la palabra y podemos nombrar eso que antes simplemente sentíamos.
- J.C.: Así es.
-B.M.: Me gustaría dejar claro a los lectores que esta no es una novela sobre tu vida, es una novela sobre un tiempo, sobre la posguerra. Me ha encantado cómo has recreado esa tensión postbélica, por ejemplo con la relación entre el Bigotes y el maestro, con la clandestinidad de los padres del protagonista, mostrando ese ambiente de silencio, de miedo y de maledicencia que teñía al barrio. Me ha gustado mucho una frase de la madre del protagonista que dice: “la maledicencia es la primera piedra lanzada en la Guerra Civil" y luego serán "las mentiras" las que la mantendrán caliente. Ese ambiente de maledicencia, de chismorreo, de traición, de maldad, de ruindad, de saña ejercida por unos contra otros, es algo que está muy presente en la novela y en aquella época.
- J.C.: Yo he contado esa época tal como, de pronto, me vino. Yo no esperaba escribir este libro. Yo no sé por qué escribí este libro. Todo es involuntario. A veces todo es involuntario en un libro. Neruda decía: me pongo a escribir y me sale espuma. Yo me pongo a escribir y nada de lo que estoy diciendo preexistía. Yo bajaba al garaje del sótano donde escribo y todos los días venía a visitarme un recuerdo, una postal. Y eso me ha ocurrido con otros libros también. Si yo me pongo a escribir un libro hoy, me saldrá un libro pero yo, en este instante, no sé qué libro será. Lo que sí sé es que tengo otros libros, juntando postales, que me están viniendo a ver.
-B.M.: Hay dos frases extraídas del prólogo de “El revés y el derecho” de Albert Camus que son importantes en tu novela. La primera dice: “el sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”. El protagonista de tu novela dice que siente que esas palabras se han escrito para él. Y al final cierras el libro con otra frase de este mismo prólogo. ¿“El revés y el derecho” es de alguna forma el libro tutelar de “Mil doscientos pasos”?
- J.C.: No. Es el libro tutelar de mi vida. Cuando yo descubrí ese libro me di cuenta de que ser un niño de barrio era una responsabilidad. Como escritor que fui luego, casi al tiempo que era un adolescente, yo no podía dejar desamparado a aquel muchacho. Yo he escrito estos libros para no dejar desamparado a aquel muchacho.

-B.M.: Muy parecido al Camus de los arrabales en Argel, con ese sol que le fascinaba.
- J.C.: Sí.
-B.M.: Voy a leerte una frase de ese prólogo que creo que podría resumir tu poética, dime si estoy en lo cierto. La frase dice: “Al menos sé con certidumbre esto: que la obra de un hombre no es sino ese largo caminar para recuperar, pasando por los desvíos del arte, las dos o tres imágenes sencillas y grandiosas a las que se le abrió el corazón una vez primera”.
- J.C.: Con malas intenciones, un compañero mío de clase, tinerfeño, suele decir que yo sólo escribo del patio de mi casa y de Domingo Pérez Minik, que era mi maestro. El nombre de Domingo que aparece en este libro es un homenaje a él, aunque él no tiene nada que ver con aquel maestro. Y sí, es verdad. Domingo Pérez Minik es como mi otro Albert Camus. Y mi infancia es el patio de mi casa, donde por otra parte ocurría algo que no se dice en el libro y es que, cuando yo tenía ataques de asma, mis padres y mis hermanos me sacaban a ese patio y allí, lanzándome agua fresca, como esta que ahora estoy bebiendo, me revivían, me volvían a la vida. De modo que yo, a ese patio, le debo todo. No sé si ese amigo mío podrá tener una ascendencia tan literaria, tan potente, pero para mí fue muy potente.
-B.M.: A ese territorio básico al que vuelve siempre cada escritor Bernardo Atxaga la llama los 10 km2 y Juan José Saer la zona.
- J.C.: Pues yo la llamo los mil doscientos pasos, más modestamente.
-B.M.: He escuchado por ahí que es un homenaje a tu hermana mayor. La distancia entre el muro y tu casa tiene un significado sentimental y simbólico, pero también emocional.
- J.C.: Sí, es un recuerdo de la distancia que había cuando yo iba a ver a mi hermana, entre el principio y el final de la cuesta; yo calculaba siempre, erróneamente, que tenía mil doscientos pasos.
-B.M.: Tu novela está cuajada de guiños literarios: el de Gil de Biedma que comentábamos antes, “ese sol de la infancia” viene de un verso de Antonio Machado, “la gente salía a la calle al son de un tambor de hojalata” hace referencia a Günter Grass, “el infierno son los otros” es de Sartre, “Crispín iba con la camisa abierta como Pijoaparte” nos trae a la memoria “Últimas tardes con Teresa” de Marsé… Este es un juego que me encanta encontrarme como lector.
- J.C.: Yo le he dedicado el libro a Marsé. La primera vez que yo me enamoré la chica me terminó dejando y el día que me lo comunicó yo arrojé “Últimas tardes con Teresa” a un charco y luego lo rescaté de allí. Se lo conté a Marsé y entonces él me dedicó ese libro estropeado.
-B.M.: Ah, por eso en tu dedicatoria pone “A Juan Marsé por el libro roto”.
- J.C.: Y entonces su hija, hace poco, me regaló un burrito que le servía a él de amuleto para escribir sus libros. Y ahí lo tengo, en mi casa.

-B.M.: Me ha llamado también mucho la atención el léxico que empleas en tu novela. Yo no sé si son tipismos o localismos canarios, pero hay muchísimas palabras que ni siquiera encontraba en el diccionario. "Rebumbio", "fachento", "cariante", "magarzas", "tabobos", "solajero"...
- J.C.: “Magarza” está en Quevedo, “cariante” se dice en mi barrio y en algunos textos hay una palabra parecida que he visto yo en un diccionario. Pero si no lo están las voy a imponer, como soy un poco académico de la lengua [risas].
-Hay que recuperar el léxico, que se está perdiendo rápidamente. Es una delicia encontrarte palabras como estas, muchas de ellas son eufónicas y suenan maravillosamente. “Monifatos”, por ejemplo.
- J.C.: “Monifato” también existe, significa tonto, engreído.
-B.M.: “Fotingo” me gusta mucho también.
- J.C.: “Fotingo” era la palabra que la gente usaba para llamar a los primeros Ford, que salieron en los años 20.
-B.M.: Juan, ha sido un placer hablar contigo. Yo también pienso, como tú, que la entrevista es un gran género literario, como dices, un género mayor de la literatura. Como te comentaba al principio, te considero un maestro de la entrevista literaria y leo y releo “Toda la vida preguntando” para ver si se me pega algo. [Risas]. En este libro cuentas tu primera entrevista, que fue a Julio Caro Baroja, para la cual tu madre te compró a plazos una chaqueta y un pantalón para ir aseado a entrevistarlo.
- J.C.: Hay incluso una foto en la que mi madre está detrás de mí asistiendo a la escritura. [Risas]. Muchas gracias por la entrevista, “maestro”.
Desde Trabalibros agradecemos a Juan Cruz el tiempo que nos han dedicado y su amabilidad al contestar nuestras preguntas. Agradecemos también a la editorial Alfaguara el haber hecho posible este encuentro.
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