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El genio que venía a tomar el té

Willy Torres Reyna

17 de Agosto de 2026

Texto Libre

La abuela vivía en una casa rodeada de jardines a las afueras de Sevilla. El taxi nos dejó fuera del portón elegante y luego se alejó sin prisa, en el calor de la mañana. Tocamos el timbre y después de un rato, una mujer risueña y muy pequeñita abrió la puerta, con señas nos invitó a seguirla. Atravesamos un enorme jardín lleno de flores antes de llegar a la puerta enorme en una antigua casa de un estilo ecléctico. La sala tenía el piso de madera reluciente y parecía haber sido el escenario de antiguas y elegantes fiestas, me llamó la atención la chimenea que era del tamaño de una cama y la cantidad de cuadros en las paredes, algunos parecían muy valiosos. —Mamá —dijo Cecilia con dulzura—, traje al amigo del que te hablé. En el umbral apareció una mujer anciana, sus rasgos eran hermosos aún, me observó sin apuro, sin miedo. Como si me conociera desde antes. —Pasa, muchacho, veo que tienes algo viejo en el alma —dijo poniendo su mano en mi hombro. Nos sirvió té negro con menta en unos vasitos de colores y colocó la tetera plateada junto a una cajita de terrones de azúcar sobre la mesa. —Finalmente puedo conocerte, Cecilia me ha hablado mucho sobre ti. —Es un placer, tiene una casa hermosa. —Está llena de recuerdos de diferentes viajes, no solamente míos sino también de mis antepasados. Cada cosa sigue en su lugar original. —Me parece algo mágico, pensaba que solamente con libros se podrían transmitir tantas historias, pero veo que no es así. —Sabía que ibas a venir —dijo sin moverse—. Siempre vuelves. —Abuela… ¿te encuentras bien? —Ahora sí. La abuela terminó su té y se dirigió ágilmente hacia un pesado estante de madera labrada, estuvo un rato hablando sola y luego regresó con un pequeño cofre de madera incrustado con piedras de colores. Colocó una cajita de madera en la mesa y abrió la tapa. Dentro había un anillo con una piedra azulada, opaca, como de otro mundo. —Hace muchos años, en un pueblo remoto, un niño me ofreció su amor y me entregó este anillo para que no lo olvidara. Nunca lo olvidé. Luego todo se complicó, apareció el genio, el abuelo, el lío de la boda, pero aun así no lo olvidé. —¿Genio? ¡Abuelo? El genio se llama Nahzir, es muy simpático. Viene todas las tardes a tomar el té. Los dos me pretendían, tomé la decisión de casarme con el abuelo porque eran tiempos muy difíciles aquellos, fue un buen hombre y llegué a amarlo también. Murió hace algunos años, está en esa urna sobre la chimenea —¿Se arrepiente de haberse casado? —No. No me arrepiento de nada. Uno debe elegir y hacerse cargo de eso, de lo bueno y lo malo. He vivido muchos años y espero tranquila la muerte. —¿Pero que pasó con el amor? —El amor es la fuerza mas grande del universo, persiste, aunque no lo quieras, aunque no te quedes con esa persona, en esta y en todas las vidas. —¿Y cómo era ese niño? Ella sonrió con inocencia. —Era todos los hombres. Y ninguno. Cambiaba de forma. Pero siempre tenía los mismos ojos. Y esa forma de preguntar sin hablar. —¿Y qué pasó con él? —No todas las historias terminan bien, cariño. A veces no nos encontramos a tiempo. A veces, el que debe recordar… olvida. Me quedé en silencio, con el corazón agitado. No sabía por qué. Dejamos a la abuela junto a la ventana, estaba esperando al genio como todas las tardes.