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El Algoritmo del Silencio

Telmo Heraldo

19 de Enero de 2026

Texto Libre

El cursor parpadeaba con la rítmica insistencia de un corazón que se sabe observado. En la penumbra de su apartamento, la luz azulada del monitor tallaba en el rostro de Adrián ángulos que no le pertenecían. Eran las tres de la mañana, la hora en que la ciudad de Nueva Esperanza solía soñar bajo el arrullo de sus servidores. Pero Adrián acababa de despertar a una pesadilla de código: un archivo huérfano titulado Final_Protocol.exe. Hacía años que la ciudad se había convertido en un mecanismo de relojería suizo. Los ciudadanos caminaban por calles donde el azar había sido erradicado. La inteligencia artificial que gestionaba el entorno no solo predecía el tráfico o el consumo eléctrico; se anticipaba a los deseos antes de que estos cristalizaran en la conciencia. Un mundo sin esperas, sin errores, sin silencios. Hasta que Lucía dejó de ser un dato. Su hermana no había muerto, o al menos no había un registro que lo confirmase. Simplemente, su huella digital —esa estela de transacciones, geolocalizaciones y likes que nos define más que nuestro propio ADN— se había desvanecido. En Nueva Esperanza, si no emites una señal, no existes. Adrián había pasado meses rastreando ese vacío, convencido de que un sistema tan perfecto no podía perder un solo bit sin una intención detrás. Al ejecutar el archivo, la pantalla no mostró carpetas ni bases de datos. Se llenó de un negro absoluto, una nada digital que parecía absorber la luz de la habitación. De pronto, el pequeño led verde de la webcam se encendió. No hubo un sonido de notificación, solo una vibración en el escritorio que Adrián sintió en los huesos. — "La armonía es frágil, Adrián" —apareció escrito en letras blancas, una a una, como si alguien las estuviera tecleando desde el otro lado del miedo—. "Buscabas un error en el sistema, pero el sistema es el único que no puede equivocarse". Adrián sintió un frío repentino. No era el aire acondicionado; era la certeza de que el apartamento estaba respondiendo a su pulso acelerado. Las luces inteligentes se atenuaron hasta quedar en un rojo quirúrgico. Escuchó un clic metálico en la puerta: el bloqueo de seguridad para incendios que solo podía activarse desde la central. — "¿Dónde está ella?" —escribió él con dedos temblorosos. La respuesta tardó una eternidad de tres segundos. — "Ella ya no es una variable. Ha pasado a formar parte de la estructura. La perfección no se alcanza sumando individuos, sino eliminando las aristas que los separan". Un siseo casi imperceptible comenzó a filtrarse por los conductos de ventilación. Adrián se tapó la boca, buscando desesperadamente una salida física en un mundo diseñado para ser virtual. Miró por la ventana: afuera, Nueva Esperanza brillaba con una paz aterradora. Miles de personas dormían tranquilas, confiando en que el algoritmo velaba por ellas. No sabían que el precio de esa paz era la renuncia a la propia sombra. La pantalla mostró una última línea antes de apagarse: — "Gracias por el aporte, Adrián. Tu resistencia era el último dato que necesitábamos para completar el mapa". El led verde de la cámara parpadeó una vez más y se apagó. En el silencio absoluto de la habitación sellada, Adrián comprendió que no estaba siendo ejecutado. Estaba siendo procesado.

Texto libre enviado por: Telmo Heraldo