Texto Libre
El día había muerto sobre la ciudad, no con un suspiro, sino con un bostezo húmedo y pegajoso. Las farolas de la Calle Segunda proyectaban charcos amarillentos sobre el asfalto, salvo una, justo frente a mi oficina, que se había rendido hacía años. La llamaba mi farola rota. Era un buen espejo de mi vida, marcada por la intermitencia. La puerta de cristal esmerilado vibró con un golpe seco que resonó en el silencio. Levanté la vista del vaso que contenía el único amigo que me quedaba en esa ciudad. Eran las once y veinte. Entró una mujer. Llevaba un abrigo de lana color medianoche y un perfume que olía a flores exóticas y a un peligro recién embotellado. Su rostro era de porcelana, tensa y fría. Sus ojos, dos pozos sin fondo, buscaban algo que el dinero no podía comprar. —¿Marco Silva? —Su voz era ronca, casi un secreto. —El que cobra. Se deslizó sobre la silla de enfrente y dejó un sobre grueso. —Un colgante de plata. Tiene el grabado de un cuervo. Es de mi marido, Héctor Morales. Lo necesito de vuelta. Mentira. Era una pieza de ajedrez, no una joya. El cuervo era el emblema de algo más profundo que un matrimonio. Abrí el sobre, tomé los billetes y el encargo. —Puede llamarme Helena —dijo, sin dar más explicaciones. Acepté. Sabía que al aceptar, la farola rota no sería mi única compañía en la oscuridad de esa semana. El rastro de Héctor Morales, el pez gordo de la constructora, se había evaporado como el humo de un mal recuerdo. Su secretaria, una mujer que temblaba bajo una capa gruesa de maquillaje, solo pudo decirme que se había ido sin previo aviso. El cuervo me llevó a los muelles, al club privado "El Nido del Cuervo". Un tugurio donde el dinero cambiaba de manos más rápido que las conciencias. Hablé con el camarero, cuya cara parecía haber sido dibujada con arena y mala suerte. Por una suma que me quitó el aliento, me dio una dirección: un abogado pequeño, llamado Varela, con quien Morales había discutido la noche de su partida. La disputa giraba en torno a un "seguro" que Morales se negaba a soltar: la pieza de plata. Encontré a Varela en un despacho minúsculo, bajo la luz cruel de una bombilla desnuda. Parecía hecho de cartón mojado. Tenía una mano vendada, hinchada y pálida como la cera. —El colgante, Varela. ¿Dónde está? El abogado se encogió. —Era la llave, Silva. No la joya. La llave para un cofre que contenía las cuentas. El seguro de Morales contra ella. —¿Ella? —La palabra se sintió tan fría como el acero. —Helena. Él descubrió el plan. Ella lo iba a dejar y culparlo de la ruina de la empresa. El colgante era la única copia de las claves. Por eso lo llevaba encima. Yo... yo le ayudé a desaparecer. Pero ella vino antes que tú. El temblor de Varela no era solo por el miedo; era por el dolor. Se había roto dos dedos. Su mirada se fijó en la alfombra, donde la lámpara proyectaba una sombra. Y allí estaba, un único hilo de cabello negro y brillante, la evidencia de que la belleza a veces lleva guantes de hierro. Helena no había ido a buscar información; había ido a recolectar la prueba. Y Varela, un traidor, se había convertido en un recibo. Volví a mi oficina sintiendo el peso de la medianoche. El marido no había desaparecido, había sido silenciado. Y Helena, la víctima de porcelana, había puesto precio a mi habilidad para que yo desvelara el escondite final. Eran las tres de la mañana cuando el cristal esmerilado vibró de nuevo. Helena me esperaba, sentada como una estatua en la penumbra. —¿Lo has encontrado, Marco? La plata, el cuervo. Me acerqué a mi escritorio. Puse sobre la madera un encendedor antiguo. Lo había tomado discretamente de la repisa de Morales. Tenía el mismo cuervo grabado. —Lo encontré, sí. Pero las claves no estaban en el colgante. Estaban aquí, en el encendedor. El colgante era solo la llave para desbloquear este compartimento secreto. La joya era un señuelo. La fortuna estaba en el fuego. Ella sonrió. Era una sonrisa lenta, sin alegría, pero cargada de una victoria que le costaría el alma. Una sonrisa que confirmaba todo. —Eres el mejor. Me quedé quieto, mirando el encendedor en su mano. Ella encendió un cigarrillo, la llama iluminando por un instante la placa de plata. En su dedo anular, noté un anillo, también de plata. Llevaba el mismo cuervo. Ella no había perdido la llave. Ella la había fabricado. Ella era la que cerraba las bóvedas, y la que abría las tumbas. —Tu marido está en un contenedor en los muelles, Helena. Lo encontré. Pero no tienes que preocuparte. Tu secreto está a salvo, por ahora. Helena se levantó. Su sombra se alargó en la oficina, superando a la mía. Dejó los billetes iniciales sobre la mesa. —Considera este final como un nuevo comienzo, Marco. Algunos hombres son herramientas. La vi desaparecer en el abismo de la Calle Segunda. Los pasos se perdieron en la niebla. Me acerqué a la ventana, esperando ver cómo la farola rota se encendía. Pero no. Siguió en la oscuridad, tal vez confirmando que, en esta ciudad, algunas luces nunca se recuperan. Yo me quedé con el dinero, un mal sabor en la boca y la certeza de que, de todas las cosas que Helena había perdido, la más insignificante era su alma.