"La tierra es insultada y ofrece flores como respuesta"
(Rabindranath Tagore)
La soberbia de los seres humanos nos ha llevado a sentirnos superiores a al resto de las especies.
Sin embargo, no lo somos.
No es que estemos ganando la partida, es que, hasta ahora, disfrutábamos de una ventaja que no hemos sabido aprovechar.
Lo hemos hecho todo mal.
Hijos del fuego es el cuarto cómic como autor completo de
Fidel Martínez Nadal (Sevilla, 1979) y el tercero publicado por
Norma que ya se hizo cargo de
Sarajevo Pain en 2020 y de
Arconte en 2022 (
Fuga de la muerte fue publicada por Edicions de Ponent en 2016). Aunque los temas que abarca su obra son muchos y muy variados, la especialidad del autor es poner el foco en las miserias del ser humano presentando, en forma de historietas, reflexiones profundísimas sobre los límites y los porqués del bien y del mal.
Estamos en
Chernóbil en el año 2012, 25 años después de la catástrofe. Las inmediaciones del reactor nuclear constituyen, ahora, una zona fantasma que atrae la curiosidad de aquellos que, influidos por el videojuego S.T.AL.K.E.R., disfrazan su inconsciencia de valentía.
Deberían estar solos, pero no lo están.
Cuatro hombres, Cuatro motivos para entrar en la zona y un desenlace inesperado.
¿Quién es el bueno y quién el malo? ¿Venganza o justicia? ¿Debemos pagar todos por los errores de unos pocos?
Qué cómodo es convencerse de que la culpa es de otro. Que paguen los demás. Yo soy inocente.
En la naturaleza – como dijo Robert Green Ingersoll - no hay recompensas ni castigos, hay consecuencias.
Con un dibujo potente, anguloso, de trazo grueso y trabajando el blanco y negro como nadie, Fidel, en
Hijos del fuego, construye un relato fantástico a mitad camino entre la fábula y el thriller, si es que eso es posible, que nos está pidiendo a gritos que aprendamos de nuestros errores y dejemos al mundo en paz, entendiendo como mundo, todas y cada una de las cosas que tienen vida además de esta destructiva especie a la que pertenecemos.
El sevillano es un maestro de la narrativa gráfica y sus composiciones de página marcan un ritmo y una pulsión emocional que nos llevan de la excitación al miedo pasando por el amor, la ternura, la culpa, el desconcierto y la ira.
Enfrentarse a una obra escrita por Fidel implica, siempre, replantarse el orden establecido y sentir como se tambalean los cimientos sobre los que se asienta nuestra relación con el mundo.
No dejemos que se acabe el tiempo de las flores.