Acta est fábula
El naufragio de una promesa
Reseña
¿Qué pasaría si nuestros esfuerzos y proyectos no fueran más que un castillo de aire? ¿Y si el llamado «sueño europeo», tan parecido al viejo «sueño americano», no fuera más que una promesa seductora sostenida por expectativas frágiles? ¿Cuántas vidas se construyen sobre esa ilusión… y cuántas se derrumban cuando la realidad irrumpe como un rayo?
En Acta est fábula (Letrame, febrero de 2026), Dayhanne José Ureña nos invita a mirar de frente ese espejismo. La historia de Emil Rivas se erige como una metáfora viva de esos proyectos que, como en el famoso cuento de la lechera, crecen en la imaginación antes de haber tocado siquiera el suelo firme de la realidad. Así, condenado a ver alejarse los frutos cada vez que intentaba alcanzarlos (cual Tántalo moderno) Emil persigue sus sueños en un horizonte escurridizo, siempre fuera de su alcance.
Pero ¿qué ocurre cuando ese cántaro, cargado de sueños, sacrificios y expectativas, se rompe? Esta muestra de narrativa nos sitúa precisamente en ese instante de quiebre. Asistimos a una caída silenciosa, íntima y profundamente humana (demasiado humana, como sostenía Nietzsche). Se trata de una lucha constante frente a las desafiantes circunstancias del día a día: un despido inesperado, un empleo que no llega, la estabilidad que se desvanece y una identidad que se resquebraja. ¿No es ese, acaso, el miedo más universal? Ser devorado por el monstruo implacable de la incertidumbre.
La historia de Emil se despliega entonces como una peregrinación, una odisea profundamente existencial. Contemplamos el recorrido de un homo viator que avanza creyendo saber hacia dónde se dirige, mientras el camino se desdibuja bajo sus propios pasos. Como en el cuento de la lechera, sus proyectos se encadenan, crecen en el aire y prometen futuros luminosos sin haber tocado aún la tierra firme de la realidad. Emil persigue oportunidades, una nueva identidad, una idea de plenitud que se desplaza constantemente, como un horizonte inalcanzable.
Y entonces, la pregunta se vuelve inevitable: ¿no somos también nosotros ese caminante del que hablaba Machado, que hace camino al andar sin saber si avanza hacia un sueño o hacia su propia deriva? ¿No convertimos, a veces, la vida en un peregrinaje hacia promesas que solo existen mientras no las alcanzamos? Aquí, el viaje deja de ser un trayecto seguro para revelarse como una travesía incierta entre la ilusión y el despertar.
Asimismo, Ureña logra que la experiencia migrante trascienda lo geográfico para convertirse en una herida emocional. Movido por circunstancias adversas, Emil cambia de país y, con ese cambio, pierde las coordenadas internas. Se convierte en un extranjero tanto en la nueva ciudad que habita, y también de su propia vida. ¿Cómo reconstruirse cuando ya no queda nada en pie? ¿Cómo sostenerse cuando incluso los sueños (esos que parecían tan firmes) se revelan como ilusiones suspendidas en el aire?
Y, sin embargo, en medio de esa ruina, surge una pregunta aún más incómoda: ¿era real aquello que se perdió… o solo lo parecía? La novela sugiere que tal vez el verdadero error no está en caer, sino en haber creído ciegamente. Como la lechera que imagina riquezas futuras sin advertir la fragilidad de su cántaro, Emil encarna la vulnerabilidad de los sueños heredados, de esos discursos de éxito que prometen la gloria inmediata.
No es casual que, en medio de esta travesía interior, se perciba una leve pero significativa resonancia con el estilo aforístico de Hamartia (Letrame, 2025), la primera obra de Ureña. Como ecos dispersos que atraviesan la narración, ciertas reflexiones condensan en pocas palabras verdades incómodas, casi como destellos de lucidez en medio de la incertidumbre. ¿No son, acaso, esas breves iluminaciones las que nos obligan a detenernos y pensar? En Acta est fábula, aunque predomina el relato, emerge esa misma pulsión por sintetizar la experiencia humana en fragmentos de pensamiento que interpelan, duelen y revelan. Así, Dayhanne nos «lanza» pequeñas verdades afiladas que cuestionan nuestras vidas construidas sobre ilusiones.
El estilo sobrio y contenido de Ureña (con ecos de esa intensidad introspectiva que recuerda, por momentos, a Unamuno o Dostoievski) intensifica la carga emocional del relato. El dolor aparece como algo reconocible, cotidiano, casi íntimo. El lector siente desde dentro y se reconoce en esa incertidumbre, en ese vacío difícil de nombrar. Sin embargo, la novela subraya la tesis de que la espiritualidad y los encuentros humanos se convierten en pequeñas luces que orientan cuando todo parece perder sentido. ¿Y si el verdadero propósito no fuera alcanzar el sueño, sino aprender a reconstruirse sin él?
En definitiva, Acta est fábula es una novela de aprendizaje y, al mismo tiempo, una invitación a la reflexión. Nos recuerda que los sueños pueden ser tan necesarios como peligrosos cuando no se cuestionan. Y ahora, lector, la pregunta deja de pertenecer solo a Emil para volverse inevitablemente tuya: ¿cuántos de tus propios proyectos siguen en el aire, sostenidos por la esperanza pero ajenos a la realidad? ¿Cuántas certezas has dado por firmes sin atreverte a ponerlas a prueba? Tal vez ya conozcas la respuesta, o tal vez la estés evitando. Porque quizá (solo quizá) el mayor acto de valentía no consista en perseguir un sueño, sino en atreverte a despertar de él.
Reseña enviada por: Emanuel Núñez
Curiosidades
Dayhanne José Ureña Peralta es docente e investigador en el ámbito de las Filologías Hispánica y Clásica. Ha desarrollado su labor docente tanto en la Universidad de La Rioja como en el IES Goya de Zaragoza y IES Cosme García de La Rioja. Su perfil académico se completa con la participación en congresos especializados en ámbitos universitarios, entre ellos la Universidad de Salerno (Italia), la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Salamanca , donde ha abordado la pervivencia del pensamiento clásico y la Retórica en la cultura popular. Esta doble vertiente docente y ensayística se refleja también en sus obras Hamartía y Acta est fábula, en las que confluyen la reflexión teórica, la experiencia vital y la tradición humanística.
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