Trenes rigurosamente vigilados
Frente a la barbarie, la ternura y la risa son, tal vez, los actos de sabotaje más puros y eficaces
Reseña
La literatura de Bohumil Hrabal, a quien Milan Kundera admiraba profundamente y a quien muchos consideran el rey sin corona de las letras centroeuropeas, posee la extraña virtud de germinar en los rincones más insospechados de la realidad. Hrabal fue un hombre marcado por los vaivenes más trágicos del siglo XX: conoció la ocupación nazi, la posterior asfixia del régimen comunista, el doloroso despertar de la Primavera de Praga y, ya en su vejez, la llegada de la democracia con la Revolución de Terciopelo. Sin embargo, frente a la monumentalidad del drama histórico, él opuso siempre una resistencia obstinada, silenciosa y austera, refugiándose en una pequeña cabaña en el monte sin agua corriente, declarando que bebía muy poca agua y mucha cerveza y prestando su oído a las charlas ruidosas de la taberna praguense El tigre de oro. De esa mirada pegada a la tierra, que extraía su materia prima de sus propios y variopintos oficios como ferroviario o triturador de papel viejo, nace «Trenes rigurosamente vigilados», una de sus novelas más emblemáticas y aclamadas.
Ubicada en una pequeña estación ferroviaria fronteriza con Alemania durante los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial, la novela se despliega no como una crónica bélica convencional, sino como un tapiz donde lo cómico y lo trágico, lo bufo y lo lírico se mezclan de forma casi milagrosa. Hrabal se negaba a que su literatura quedara marcada con el sello irreversible de la desesperación o de la muerte; por el contrario, su escritura demuestra que, incluso bajo el yugo de la opresión más feroz, los valores más sanos y humanos continúan circulando en secreto por lo bajo, esperando el momento exacto para aflorar y resistir.
El latido de esta historia pertenece a Miloš, un joven y sensible aprendiz de ferroviario que vive atormentado por su propia fragilidad y la búsqueda de su hombría. Incapaz de consumar el amor con su novia, sintiéndose «flácido como un lirio», la desesperación lo arrastra a un intento de suicidio —un tema recurrente en la obra de un autor que, además, defendía filosóficamente el suicidio a través de su devoción por Séneca—. A su alrededor, la vida en la estación fluye con una vitalidad grotesca, surrealista y descarada: un jefe de estación colaboracionista que cría palomas y camina constantemente cubierto de sus deyecciones, y un factor desinhibido que desata el escándalo al llenar el trasero de la telegrafista con los sellos oficiales de la oficina.
Pero el destino de Miloš cambia cuando irrumpe una trapecista y partisana que le ayuda a recuperar su confianza y, con ella, una inesperada libertad interior. Es este despertar al deseo y al amor lo que transmuta al joven asustadizo en un partisano valiente, capaz de perpetrar el sabotaje de un tren enemigo cargado de tropas y municiones: esos «trenes rigurosamente vigilados» por los alemanes que cruzaban de forma incesante hacia el frente.
Hrabal, que en su propia juventud fue apartado de la universidad por los ocupantes nazis y enviado a trabajar como ferroviario en una pequeña terminal checa, conocía al detalle el alma de las locomotoras y la dignidad de los hombres sencillos de la calle, a quienes siempre consideró los verdaderos héroes frente a los grandes personajes históricos. Con una prosa que fluye ágil y traviesa —traducida al castellano de manera inolvidable por Monika Zgustova—, la novela trasciende el dolor de la guerra para celebrar la supervivencia del espíritu humano. No es de extrañar que este relato cautivara al cineasta Jiří Menzel, quien convirtió sus páginas en una película que obtuvo el Óscar al mejor film de habla no inglesa en 1967. Trenes rigurosamente vigilados sigue siendo hoy una invitación a descubrir que, frente a la barbarie, la ternura y la risa son, tal vez, los actos de sabotaje más puros y eficaces.
Reseña enviada por: Equipo Trabalibros
Curiosidades
- El protagonista, Miloš, es un reflejo directo del propio Hrabal. Durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, los alemanes cerraron las universidades checas y obligaron a Hrabal a trabajar como aspirante a factor ferroviario en una pequeña estación. Toda la ambientación técnica, el lenguaje de las locomotoras y el alma de los personajes sencillos provienen de su experiencia de primera mano.
- Antes de consagrarse en la literatura, Hrabal se doctoró en Derecho y ejerció los oficios más variopintos: oficial de notaría, viajante de comercio, obrero metalúrgico y triturador de papel viejo. Este último trabajo inspiró otra de sus obras maestras, Una soledad demasiado ruidosa.
- Hrabal odiaba dar entrevistas y no permitía que nadie tomara notas o usara grabadoras en su presencia. Si alguien quería hablar con él, debía acudir a su mesa en la taberna praguense El tigre de oro, justo debajo de unos cuernos de alce decorativos. El ritual consistía en pedir una jarra de medio litro de cerveza para cada uno y beberla en absoluto silencio. Al pedir la segunda ronda, Hrabal finalmente rompía el hielo y empezaba a hablar.
- Su traductora y biógrafa, Monika Zgustova, pasó cinco años reuniendo información para escribir su biografía. Como Hrabal no permitía libretas en la mesa, ella tenía que salir corriendo al baño cada vez que el autor iba a orinar (algo frecuente debido a la cerveza) para apuntar a toda prisa lo que él acababa de contarle.
- A pesar de ganar bastante dinero gracias a sus éxitos literarios, Hrabal mantuvo siempre una vida de extrema austeridad. Vivía con su esposa en una pequeña cabaña en el monte y se negó en pleno siglo XX a instalar agua corriente. Prefería ir todas las mañanas con su cántaro a buscar agua a la fuente, mientras declaraba con humor que en realidad «bebía poca agua y mucha cerveza».
- Aunque su amigo y contemporáneo Milan Kundera lo admiraba profundamente, Hrabal se consideraba a sí mismo un hombre de la calle. En el panorama cultural se le llegó a bautizar con el hermoso título de «el rey sin corona de la literatura centroeuropea».
- Oficialmente, Hrabal falleció a los 83 años tras caer accidentalmente por la ventana de un hospital mientras intentaba dar de comer a las palomas. Sin embargo, personas cercanas como su traductora sostienen que fue un suicidio. Hrabal era un devoto lector de Séneca —defensor filosófico del suicidio—, ya había perdido a su esposa y a sus amigos más cercanos, y consideraba que su vida y su escritura habían perdido su propósito.
- Tras la ocupación soviética que siguió a la Primavera de Praga, los libros de Hrabal fueron prohibidos por la censura. Para que su obra siguiera viva, sus textos circulaban de forma clandestina mediante el método samizdat: copias mecanografiadas o escritas a mano bajo cuerda que los amigos se pasaban de unos a otros.
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