La literatura es un arte del deseo

Trabalibros Entrevista
El escritor madrileño Eloy Tizón es autor de tres libros de relatos: "Técnicas de iluminación", "Parpadeos" y "Velocidad de los jardines"; y de tres novelas: "La voz cantante", "Labia" y "Seda salvaje". Ha sido incluido entre los mejores narradores europeos en la antología Best European Fiction 2013, prologada por John Banville. Sus obras han sido traducidas a diferentes idiomas y forman parte de numerosas antologías.
Colaborador asiduo en medios de comunicación desde joven, durante cuatro años mantuvo en El Cultural una columna titulada Vértigos. En la actualidad es profesor de narrativa en el centro el centro educativo Hotel Kafka y editor en Relee.
Bruno Montano de Trabalibros tuvo el placer de entrevistarle sobre su última obra titulada "Herido leve", la autobiografía intelectual del propio autor trazada desde su amor inagotable a la literatura (aquí la entrevista) y ahora lo hace por “Plegaria para pirómanos”, “nueve cuentos entrelazados por los destellos breves, por las ausencias perennes, por el afán cotidiano, por la búsqueda creativa, por la evidencia de la vida misma de unos personajes que esperan, de una posible memoria y biografía propias y reconocibles en una escritura que es súplica e incendio, en una literatura que nos quema” (editorial Páginas de Espuma).

-Bruno Montano, Trabalibros (B.M.). Siempre que leo un libro me fijo mucho en los paratextos, creo que son importantísimos. Son una especie de preparación para la recepción del libro que a mí me parece importante. Y repasando tus paratextos, empezando por el título, siguiendo por la cita inicial y terminando en la cita final de Julio Cortázar, veo que todos hacen referencia al fuego y a la posibilidad de encender ese fuego a través de las plegarias. ¿Todavía es posible, recitando la plegaria, encender el fuego? ¿Todavía es posible encender el fuego a través de la palabra, a través de la literatura?
- Eloy Tizón (E.T.): Bueno, yo tengo que responderte por supuesto que sí, porque lo que hay en esa pregunta es una pregunta sobre la fe en la literatura y yo me declaro creyente. Es una fe que no ha menguado con el tiempo, contraje la enfermedad en la primera juventud.
-B.M.: Yo la llamo “enfermedad de transmisión textual”.
- E.T.: [Risas] Exacto, bien bautizado. Estoy casi en los 60 y ese entusiasmo y ese apasionamiento por la literatura te mantienen. Me gustaba esta cita porque de alguna forma también hace referencia a la edad. Perdemos capacidad con los años, quizá el fuego inicial ya no es tan poderoso o la hoguera ha perdido potencia pero mantenemos esa fe en poder seguir haciendo el conjuro a través de la palabra.
-B.M.: En “Técnicas de iluminación” nos iluminabas y en “Plegaria para pirómanos” nos enciendes.
- E.T.: [Risas] Vale, vamos por buen camino entonces.
-B.M.: Ante cualquier libro de relatos yo siempre me hago dos preguntas: cuál es el denominador común de todos los relatos y por qué se presentan en ese orden y no en otro. En este caso nos damos cuenta rápidamente de que el denominador común es una voz narrativa, un protagonista llamado Erizo. Pero Erizo desconcierta porque es escritor, es guionista, es fotógrafo… parece que juegas a confundir y a desconcertar al lector. Cabe la posibilidad de que se trate de la misma persona en diferentes momentos de su vida o de diferentes personas que se llaman Erizo. De fondo subyace la pregunta por la identidad, por la posibilidad de la identidad, por la idea de consistencia temporal de la identidad. He recuperado una frase de tu libro para hacerte esta pregunta: “Nada tiene que ver con nada, la realidad son trozos”. ¿La identidad son trozos?
- E.T.: Yo creo que has leído maravillosamente bien el libro. Te lo agradezco, porque has dado justo en los puntos sensibles. La idea no era confundir al lector en ningún momento, sino el planteamiento, como tú has expresado muy bien, de que si tomamos un fragmento de vida de cualquiera de nosotros en diferentes épocas hasta cierto punto pueden parecer vidas distintas. Por lo menos yo, si pienso en mi vida de hace 20 años, creo que si cambiara el nombre parecerían dos personas distintas. Me resultaba atractivo desde el punto de vista literario eliminar las transiciones. Nosotros no vemos qué pasa desde el Erizo escritor al Erizo fotógrafo o al Erizo reportero de guerra y parecen, efectivamente, vidas distintas. Y me gustaba mucho la idea de dejar sin aclarar esa cuestión que tú has planteado, ¿es el mismo personaje en avatares temporales distintos o son distintos personajes que se llaman igual? Y creo que, hagas la suma de una manera o de otra, el resultado final es el mismo.
-B.M.: Una de las polémicas típicas de la psicología académica es si existe o no la personalidad, la identidad. Hay estudiosos que piensan que los rasgos de personalidad no tienen estabilidad temporal ni tienen validez de constructo, no tienen un significado claro y distinto ni son estables en el tiempo. Una corriente de la psicología defiende que la personalidad se va remodelando y adaptando a las diferentes circunstancias vitales y no es un constructo inmodificable con el cual naces y que te acompaña siempre y otra corriente piensa todo lo contrario.
- E.T.: Es un tema que me interesa y yo creo que desde la literatura eso se empezó a trabajar en forma de personajes menos dibujados. En la narrativa clásica yo creo que los personajes son más de una pieza, en la épica, y a partir del siglo XX y de Proust o de Virginia Woolf los personajes empiezan a resultarnos muy desdibujados, muy evanescentes. Creo que la literatura ha sido sensible a ese debate, imposible de resolver pero muy interesante.

-B.M.: La segunda cuestión que te comentaba antes es el orden. ¿Por qué los relatos de “Plegaria para pirómanos” siguen ese orden y no otro? No siguen una evolución cronológica en la vida de Erizo, por ejemplo.
- E.T.: Eso lo quería evitar, no quería que los relatos fueran de la infancia a la vejez. Hay cierto desorden cronológico y no se sabe muy bien la edad del protagonista. En algún momento se dice, pero es una cuestión bastante inconcreta. Esta es una pregunta que yo también me hago cuando construyo los libros de cuentos: dónde empiezo y dónde termino. Esta es una pregunta para mí esencial. Quiero saber el punto de partida, para mí y para el lector, y el punto de llegada. Yo voy escribiendo los relatos y voy decidiendo el lugar en que los pongo. En este caso el primero y el último los tuve bastante claros; me parece que el primero funciona como presentación del personaje y también como presentación del tono, también creo que es bastante narrativo y además metaliterario, entramos enseguida en el juego con la literatura. Me parecía que era un lugar interesante del que partir para desembocar en un cuento de naturaleza más poética, donde hay un juego con las voces, una epístola.
-B.M.: Acabo de descubrir, no hace mucho, que este último relato es una carta de Leonard Cohen a Marianne.
- E.T.: Eso es.
-B.M.: De la última vez que hablamos, cuando publicaste “Herido leve”, recuerdo un capítulo titulado “Metamorfosis del cuento” en el que hablas de un concepto al que bautizas cómo “postcuento”, cuyo principio fundamental sería la idea de que ningún cuento está completo si no le falta algo. Frente al cuento esférico, perfecto, redondo, que funciona como un mecanismo de relojería, tú opones lo que llamas una “escritura de la imperfección” y hablas de “tentativas de cuentos”, de “casi cuentos”, o “cuentos rotos”, excesivos, desabrochados, de “cuentos con febrícula”, desprecintados, bastardos, híbridos, sin moraleja… lo has aplicado en toda tu obra, pero yo creo que especialmente en este libro.
- E.T.: Sí, yo creo que aquí he volcado más esa intuición que yo tengo. Creo que ahora no es el momento de escribir cuentos tan bien armados y tan perfectos como hace un siglo, sino un poco acorde con la época que vivimos. Necesitamos narrativas más rotas, menos estructuradas, que hagan un poco de espejo a esa forma de vivir nuestra que es menos coherente, más desordenada. Y también apelo a encontrar la belleza en la imperfección, porque creo que siempre tendemos a ese ideal de perfección y pensamos que en la narración tienen que estar todas las piezas bien ajustadas, pero creo que a veces en los desajustes, en las desproporciones y en los excesos, manejados con cierto aplomo, puede haber también mucha belleza. La belleza de lo imperfecto.
-B.M.: Como has comentado, empiezas por “Grafía”, que es un cuento metanarrativo, una especie de diario salpicado de “llovizna de citas”, como tú dices. Y terminas con uno epistolar, esa carta de Leonard Cohen a Marianne. Pero en medio incorporas uno que no acaba de encajar en la serie, “Dichosos los ojos”, y que a mí me ha parecido una especie de ejercicio oulipiano, porque me ha recordado a “Je me souviens” de Perec, un artefacto literario en el que enumera 400 recuerdos seguidos. Ese cuento es el más experimental de la serie.
- E.T.: Sin duda. Además está colocado en el centro porque creo que es el cuento que resquebraja un poco el libro, lo parte en dos mitades y ahí sí hay una voluntad de mostrar o de hacer reflexionar al lector sobre dónde están los límites del cuento. Alguien puede pensar que no es un cuento y tiene motivos suficientes para decirlo. Y también me gusta colocarme en el borde de la narración y experimentar con esta pregunta: ¿Es un cuento o no lo es? Y si no lo es, ¿por qué? ¿Qué es lo que le falta? ¿Qué es lo que tiene que tener un cuento? Y alguien dirá: tiene que tener un conflicto, un punto de giro, un personaje que se transforme… todas esas normas clásicas. ¿Si vamos quitando todos esos elementos seguimos teniendo un cuento?
-B.M.: Hasta qué momento es un cuento y a partir de qué momento deja de serlo.

- E.T.: Claro, eso es. Habrá un momento en el que quites una pieza y se derrumbe todo el edificio. Pues a mí me gustaría saber qué pieza es esa, porque no consigo averiguarlo. Es como asomarse al precipicio y eso produce vértigo. Yo quiero instalarme en esa duda, que no tengo resuelta, pero invito al lector a que me acompañe.
-B.M.: Pero para eso también precisas un tipo especial de lector, porque hay lectores cómodos que simplemente buscan una historia clásica, que se desarrolle y tenga un final. Para esos lectores este tipo de cuento le puede parecer demasiado complejo.
- E.T.: Está en su derecho a dejarlo de lado, pero creo que yo también estoy en mi derecho a probar cosas nuevas.
-B.M.: Por supuesto. Y si los escritores tenéis de alguna forma la obligación de evolucionar, los lectores también de hacerlo con vosotros.
- E.T.: Así es y, por suerte, creo que tengo un círculo de lectores cómplice que me permite estas extravagancias.
-B.M.: “Plegaria para pirómanos” es un libro de experimentación formal. Cada cuento tiene una forma diferente, todo junto forma una unidad pero cada pieza es un experimento distinto.
- E.T.: Eso es.
-B.M.: Otra cosa a destacar es la dimensión poética de lo que escribes. Cuando a la gente le hablas de poesía piensa en el ornamento, en el adorno, en la pompa lingüística, en la decoración textual… pero en tu caso yo creo que partes de una mirada poética. A mí me interesa mucho la mirada de los escritores y he rescatado una frase tuya de “Técnicas de iluminación”. Mi cuento preferido de ese libro es el primero porque soy muy “walseriano” y “Fotosíntesis” me encanta, me da la sensación de estar acompañando a Robert Walser por Herisau.
- E.T.: Sí, pero siempre unos metros por detrás, él siempre va delante.
-B.M.: Exacto [Risas]. La frase es: “Mirar también es una forma de rezar”. La mirada como rezo. O, tomando una idea de “Plegaria para pirómanos”, donde hablas de “la disciplina de admirar”. Me da la impresión de que tú has disciplinado poéticamente tu mirada, tu forma de mirar, y por tanto tu forma de escribir, tu poética, independientemente de la calidad de tus adjetivos o del adorno verbal.
- E.T.: Te agradezco mucho esa interpretación porque me siento muy cercano a lo que dices y suscribo totalmente tus palabras. La poesía, a diferencia de lo que piensa mucha gente, no es el adjetivo rumboso, cargado de oro ni de brillantez, sino que está en la mirada. Una frase poética puede ser incluso literariamente pobre, pero tiene esa precisión de haberlo ajustado exactamente a lo que quieres decir y eso creo que al lector le recompensa. Por lo menos yo, cuando leo, valoro mucho esa precisión que tiene por ejemplo Onetti, a la hora de adjetivar o de construir una atmósfera. En Onetti hay poesía no porque lo que cuente es bello, al contrario, es una realidad desolada, tristísima, es la derrota. Pero lo cuenta de una manera tan brillante, tan precisa que nos produce felicidad. Cuando leemos a Onetti pensamos, ¿cómo me puede producir felicidad la desolación? Y sin embargo lo hace. Y lo hace precisamente por la mirada.

-B.M.: Me parece un escritor genial, el mejor del boom, si lo podemos meter dentro de este movimiento.
- E.T.: Es prodigioso.
-B.M.: Y todo un personaje.
- E.T.: También, eso ya forma parte de la mitología que rodea al autor.
-B.M.: Aunque “Plegaria para pirómanos” por supuesto no es autoficción, sí te he oído decir que el protagonista es el personaje más cercano a ti. De alguna manera, Erizo es una especie de alter ego tuyo. ¿Te has planteado desarrollar esa voz narrativa novelísticamente?
- E.T.: Es un personaje que siento que todavía no lo he exprimido del todo, que tiene cosas que decir. En ese sentido, no descarto que Erizo reaparezca, en la forma que sea. No puedo asegurártelo porque no tengo previsto qué voy a escribir a continuación, pero sí me parece que es una figura que podría acompañarme en otras aventuras literarias. Y efectivamente no es autoficción, no soy yo, invento mucho, es un libro de ficción, pero hay algo en la manera de mirar, en la manera de estar, en la manera de relacionarse, en el tono, en la “música” que desarrolla el libro, que me hace pensar que hay cosas de mí en Erizo o al revés, que hay cosas de Erizo en mí. Estamos muy cercanos.
-B.M.: Cuando tratábamos antes de tu concepción del cuento hablamos de cuentos híbridos. "Plegaria para pirómanos" es un ejemplo perfecto de esta hibridación. Son cuentos bastante más narrativos que los de tus libros anteriores, pero los has hibridado con poesía, con cartas e incluso, como en "Grafía", con el ensayo literario. El resultado me parece brillante.
- E.T.: Muchas gracias. Digamos que yo veo el cuento mirando por el rabillo del ojo a la novela en cuanto a que el libro es una totalidad, mirando de reojo a la poesía -creo que este es uno de los aspectos más evidentes- y también, aunque en menor medida, al ensayo, porque hay reflexiones, hay una meditación sobre el lugar de lo literario, sobre cómo se construyen las ficciones, sobre la autoridad de la voz, etc. Creo que la encrucijada entre esos tres elementos podría dar lugar a este libro de cuentos.
-B.M.: En el primero de ellos incluso coqueteas un poco con el diario. Formalmente es un diario, un género en el que todavía no habías publicado nada. En estos momentos en los que está tan de moda la autoficción no te has sentido tentado a ello.
- E.T.: Bueno, yo escribo un diario desde hace años, pero de momento es un diario privado. A mí lo que me gustaba de esa historia es que reconstruye lo que se escribió en el diario, desde el planteamiento mismo tiene algo ya de reescritura, no es la historia en crudo sino lo que dice el diario que sucedió, con lo cual empezamos a utilizar diferentes niveles de realidad.
-B.M.: Incluso en la acotación final que haces, en la nota al pie de página, escribes una E. No sabemos si el que firma es Erizo o Eloy.
- E.T.: Quería jugar a esa ambigüedad. Puede ser la nota del editor, la nota de Erizo o la nota de Eloy. Y también me gusta plantear el concepto de final. Porque en ese cuento hay un momento en que se dice fin, pero el cuento sigue. Y luego el cuento parece que termina, pero hay una nota. Y la nota lleva una pequeña línea, que es la traducción de la última frase. Entonces, ¿cuándo termina una historia? No lo sabemos realmente.
-B.M.: Cuando dejas de escribirla.
- E.T.: Ya, pero en la vida real, ¿las historias cuándo terminan? No se sabe.
-B.M.: Ni siquiera acaban con la muerte, porque quedas en la memoria de otras personas y tu historia sigue.
- E.T.: Exacto.
-B.M.: En este libro, aunque parezca que no, hay ironía oculta. Sutil, pero la hay. supongo que esto lo has hecho para quitarle trascendencia y seriedad al libro.
- E.T.: Totalmente.
- B.M.: Como tú, yo también soy lector de Simone Weil. "La gravedad y la gracia". A través de un poco de gracia vehiculada con ironía le quitas gravedad al texto.
- E.T.: Eso es, lo has leído a la perfección. Creo que, cuando hablamos de literatura los que estamos muy apasionados por ella, corremos el riesgo de ponernos excesivamente pedantescos, solemnes, de engolar la voz. ¿Cómo podemos remediarlo? Para mí el antídoto es la ironía y el humor, es lo que lo aligera. Esto es algo importantísimo en nuestras vidas, un fuego sagrado: la literatura. Pero bueno, vamos a intentar también hablar de ello y permitirnos pequeñas bromas, autoironías. Porque en el fondo son autoironías, cuando yo ironizo sobre la escritora bestseller o sobre el autor de culto o al escritor perdedor.
-B.M.: ¿Has retratado a alguno de los autores actuales?

- E.T.: Sí, sin denigrarlos, porque yo creo que todas las figuras literarias tienen cabida, pero sí me he permitido ese resquicio para el humor.
-B.M.: Da un respiro, aligera el texto, le quita densidad.
- E.T.: Oxigena la historia. Esa es la idea. Y permite también una complicidad con el lector a través del humor.
-B.M.: He aprovechado algunas de las reflexiones literarias que haces en el primero de tus cuentos para convertirlas en preguntas.
- E.T.: Van a ser las más difíciles [Risas].
-B.M.: Allá va la primera. ¿El propósito de la literatura es dejarnos levemente insatisfechos?
- E.T.: Yo creo que hay algo de eso. Es decir, la literatura no nos completa del todo, porque entonces dejaríamos de leer o de escribir. Como creadores siempre hay esa punta de insatisfacción y creo que como lectores también. Cuando leemos obras maestras que nos dejan en éxtasis todavía hay sitio para más. Es un camino que nunca se acaba. Entonces, creo que en ese aspecto si hay un punto de insatisfacción en la literatura.
-B.M.: ¿Y además crees que debe ser uno de los objetivos?
- E.T.: Bueno, en primer lugar porque es imposible dártelo todo, el deseo nunca se completa, siempre falta alguna pieza. Me parece que la literatura, como un arte del deseo, participa de ese ritual.
-B.M.: Me ha gustado ese concepto de literatura como arte del deseo. Otra pregunta sería: ¿Nada es del todo real hasta que lo escribes o lo dibujas?
- E.T.: Sí, yo creo que los que tenemos el vicio de la representación, vamos a llamarlo así, necesitamos de ese filtro para entender y ordenar mínimamente el mundo. Y lo ordenamos narrativamente, claro. Si yo no escribiera mi vida sería completamente caótica y azarosa. La escritura le da un cierto varillaje, una estructura para que por lo menos yo pueda funcionar y moverme razonablemente bien en el mundo.
-B.M.: Porque la ficción no es lo contrario de la verdad, sino una forma de llegar a la verdad.
- E.T.: Totalmente. Con otros materiales, los materiales de partida no son lo real sino lo imaginario pero el propósito es el mismo, atisbar alguna clase de verdad sobre la naturaleza humana, sobre qué hacemos aquí, sobre qué es el tiempo… Nunca voy a llegar a una respuesta, pero en esa pesquisa aspiro a mejorar las preguntas.
-B.M.: ¿La práctica literaria carece de metas externas? ¿Se agota en sí misma? La escritura por la escritura, el arte por el arte.
- E.T.: Ahí disiento un poco más, porque yo creo que es un diálogo con el otro. Yo no creo que la escritura tenga un valor en sí misma, que se agote en sí misma, sino que a mí me parece que el interlocutor tiene una importancia esencial. Suele decirse que la literatura no la hago yo ni la hace el lector, sino ese punto intermedio de encuentro entre el libro y el lector. Me parece que ahí se puede fraguar esa conexión milagrosa a la que llamamos literatura. Yo diría que no se agota, sino que tiene una prolongación con una segunda o tercera vida en el lector.
-B.M.: La escuela de la estética de la recepción le da un valor importantísimo a cómo se recibe la literatura.
- E.T.: Claro, es que un libro sin la recepción no existe, no es nada, es un montón de hojas. Cuando yo hablo contigo y me das tu interpretación del libro, que puede coincidir o no con la mía, es cuando estamos haciendo literatura.
-B.M.: Y por último, una idea que me ha gustado mucho. ¿Escribir un libro es perseguir el fantasma de un libro? ¿Nunca lo acabas de escribir, se te escapa siempre el fantasma?
- E.T.: Ahí sí estoy de acuerdo, creo que la creación del libro tiene algo de persecutorio. Podemos acercarnos, y lo intentamos todo lo que podemos, hasta un cierto punto, pero el fantasma no lo agarramos ni lo poseemos nunca. Siempre es esa persecución por los pasillos del Hotel Overlook de Kubrick. Siempre vamos en el cochecito del niño y nos aparecen las niñas en el fondo del pasillo. Y creo que esa persecución es noble, digna y da sentido a nuestra vida. No lo veo como algo inútil.
Desde Trabalibros agradecemos a Eloy Tizón el tiempo que nos han dedicado y su amabilidad al contestar nuestras preguntas. Agradecemos también a la editorial Páginas de Espuma el haber hecho posible este encuentro.
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