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Descripción

(n.Méx.15-08-68) Escritora mexicana. Actualmente vive en ciudad de México. Imparto talleres de “escritura creativa”. en mi ágora nómada y cafebrería el Péndulo. Estudié Letras Hispánicas en la UNAM. (gen. 87-90) Especialicé mi formación profesional con los géneros: cuento mexicano, poesía japonesa y escritura creativa. Estudié en los talleres de Escritura Creativa Universidad Claustro de Sor Juana. Así como en el Instituto de estudios Tibetanos: Ligmincha, métodos de meditación para la paz mental. Gané el premio al radio-teatro novohispano de la DewtscheWelle, Alemania (1999). Trabajé en INBA Literatura (1995-1999) y en IMER (1990). He publicado poesía en AMAZON.

AUTORA DE LOS LIBROS:

(versión eBook /amazon/)

ficción postal

MORADAS DEL SUEÑO

mitología

COYOLXAUHQUI, CASCABELES EN EL ROSTRO

poesía

ALMA NÓMADA

PASAPORTE NIRVANA

ENIGMA PARA UN LIMÓN

haiku

108 HAIKU PARA DESPERTAR

Artículos sobre librerías en Trabalibros:

Una enigmática bodega-librería de ocasión en México: "La niña oscura"

http://edna-aponte.blogspot.com

Reseñas de Libros (1)

Textos Libres (10) (10)

Postales para Débora

Débora cruzó el Atlántico después de abandonar su escuela de Arte. Prefería enviar postales nómadas. Ventanas reales de sus tránsitos. Al llegar a Tierra firme, vislumbró un bosque ancestral, y no tuvo más remedio que sentarse a escribir toda clase de derivaciones creativas; recados, cartas en forma, versos, la novela y claro unas postales. Una ventana lo suficientemente grande le daba la luz necesaria y el intersticio y enfoque perfectos. Escribía de día o de noche; al alba, en el crepúsculo, postales cientos de ellas, ya que sus viajes nunca la abandonaron. "Sé que el tiempo es una dimensión humana y el sueño transcurre quizá como de una postal a otra. Vivo dentro de sus breves paisajes. Y he vuelto a ver una vez más, la mesa y el día de campo. Detrás del abedul estaba ella, saliendo furtivamente, fantasmalmente, dio algunos paseos frente a mí. Te veo llegar uno y dos veranos, otoños, te he visto siempre. El bosque me ayuda a mirarte, es el refugio que pasa desapercibido en este pequeño cuadro, solamente lo vemos nosotras porque de allí entramos y salimos en cada mirada. Pones la canasta en la mesa y esperas que algo ocurra, que alguien más llegue por ejemplo. Pero solamente estamos tú y yo. Y yo debo volver a mi escritorio, como siempre. Nada te ha detenido todos estos años, sabes que ese es el lugar y esperas. Miras lo que hay, mientras tu rostro gira, la mirada otea, observa. Lo único que de ti recuerda el bosque es tu sombrero ondulado, la silla y la tetera rojas, la mirada nostálgica desde tus pupilas de aceituna. Antes podías verme con menos dificultad, ahora llegas lánguidamente y tardas en enfocar la atención, aunque presientes y eso basta. Me reconoce como parte de su paisaje pero quien regresa es ella, para quedarse allí para siempre, en su propia imagen (postal)"

El recado postal número siete

"Cuando llegues a casa abre el bargueño y el secreter, cuenta las postales, la que cuentes como la # 7, la envías o la guardas ya verás tú que pasa... allí verás el destinatario" Este recado postal se encontraba todavía en el secreter donde Elías escribía. La casa estaba intacta (al parecer solamente así se podría dar en alquiler). Nosotros al llegar sentimos una fascinación por la luz que emanaba de los ventanales hacia todas las estancias. Y la impresión postal de este mundo nómada en el que una vez más el destino nos dejaba, anidó en mi escritura a su vez un sin fin de textos, pero sobre todo anidó en mi destino llevar a cabo la coordenada que Elías no había pedido realizar y pedía que quien llegara a habitar su departamento lo hiciera: enviar la postal número siete. Estas coincidencias de la vida donde todo converge desde un espacio que solamente el mándala, el tejido universal han trazado como coordenada. Aunque al tener el mismo oficio, la escritura, Elías nunca quiso publicar nada, decía que simplemente haría que escribir acciones bondadosas en nuestro cuaderno de la vida para que llegado el momento no quedara una sola página en blanco. Mientras nos instalábamos, ya por quinta ocasión en una nueva morada, esta si la morada de los sueños, recuperamos de una manera muy particular el ritmo del bendito modo de la realidad cotidiana, todo encajaba; cortinas, sillas, armarios con luna, escritorios, telas, tapetes, gato, libros, libreros, mis tankas, pinturas de las diosas tibetanas, estaban en plenitud, sin la más mínima mancha de humedad, después de la cueva del agua de donde veníamos a este quinto piso donde nos instalamos para transmutar, transitar a la era del "espacio solar", sillones y vestidos, estaban en su espacio, las hermosas puertas tibetanas que cargo desde Nepal de una casa a otra, se hallaban cubriendo el ventanal también de sus sueños, mis budas de madera gozaban de su tono madera natural, sin verdores, la mesa que el ebanista más prestigiado del pueblo me había hecho, don Sirenio, gozaba de una apertura por donde se secaba plácidamente, después de haber sido expuesta a la más cruda humedad de aquella cueva de gnomos y duendes indolentes, aunque sé que mi condición de hada-helecho (ahora humana) les amedrentaba, pero una que otra vez sí me jugaron rudo, he de confesar que me tiraban las macetas o las cosas, al grado de oírles mofarse en silencio, en fin aquí en esta nueva era solar; mi tetera coreana y mi bambú para hacer "pochá" té tibetano, recobraron la dignidad de su belleza, todas las queridas cosas se armonizaban de tal manera con los espacios que realmente supe que si debíamos de haber llegado aquí de una forma u otra y que estas pruebas de "moradas" extras eran la pruebas del agua, del fuego, del viento, de la tierra, y esta morada del sueño era la morada el espacio... donde la plenitud podría manifestarse. Dicho claramente nos sentíamos en nuestro elemento. Los muebles de Elías estaban intactos y eran pocos realmente, así que los conservamos con la gratitud del nómada que llega a una morada de sueño. Mientras nuestro nuevo hogar tomaba su cauce natural en muy pocos días, el bargueño se transformaba misteriosamente, de sus cajones emergían las postales, todas. Pero sus cambios externos delataban, emanaban una vida secreta, interior. Cuando lo coloqué en la habitación donde le había designado su nuevo espacio, uno de los cajones se abrió dejando caer las postales. Y no me fue posible volver a colocarlo en su lugar. Así ocurrió también con el compartimiento más grande, este cajón no solamente se movió de una forma extraña, sino que además se cerró para no abrirse nunca más. Por lo que tuve que conformarme con contar, como decía la misiva de Elías, contar las postales, las que brotaran por si mismas del bargueño "postal", hasta sacar la que realmente sería la número siete. Por fin, dije con un alivio sobrenatural, me han dejado elegir pensaba. La dimensión de las "postales" me ha regalado el milagro de tenerla entre mis manos, sin embargo la dejé encima de mi escritorio, aún con su sobre por lo que no sabía cuál sería el paisaje, este memorable instante debía llevar sus horas o días de preparación, así que la dejé descansando sobre un hermoso bordado indígena mazahua con figuras de "garzas", que según ciertas leyendas antiguas, la garza es la protectora del vuelo y los cielos, de las coordenadas y los caminos, y como esta afortunada "/" volaría nuevamente, la dejé para que recibiera protección de las hermosas garzas, aves de los rumbos. Ya era muy tarde y decidimos descansar, aunque mi gato exigía explorar a esa misma hora el territorio de tejados que ahora eran su nuevo reino. Logramos descansar tras una faena de mudanza material y emocional. Las apacibles tardecitas soleadas, arreboladas en casa nos acercaron más a mi esposo y a mí, después de unos meses de intensidad algo rugosa, por la constante impermanencia a la que estábamos expuestos ante las cambiantes circunstancias. "Trabajar con las circunstancias" era siempre nuestra consigna principal, pero esta vez llegamos agotados, aunque felices. Nos adentramos en el espacio de paz, que ante nuestra vida nómada se convertía en un refugio, para recuperar quizá lo que habíamos aplazado, la sensación de apertura en un hogar. Habíamos pasado largas temporadas entre bosques de ocote y chimeneas con zarzamoras hasta que este sueño se disolvía por sí mismo, era impermanente como todo. Ahora nos encontrábamos en un departamento del quinto piso de un rústico lugar. Una tarde arrebolada, casi a punto de encender las velas del viernes, de vez en cuando lo hacemos en agradecimiento y memoria de Elías, me dispuse a abrir el sobre con la postal cuyo misterio era ser la número siente, mi esposo estaba allí como testigo de esta revelación: era una reproducción de Lumiere, una escena pastoril: con tres mujeres ataviadas con pañoletas en la cabeza, y vestidos vaporosos y negros, las tres se acercaban a un puente a conversar, en la campiña francesa. El destinatario estaba garabateado y la tinta a punto de borrarlo por completo, me urgía un paleógrafo, sencillamente enviarla con datos tan vagamente captados era un peligro, así que el enigma comenzaba... Tardes, días y noches observando aquella ventana, micro ficción postal, tan humildemente trazada para ser enviada a un lector, lector único y experto, a quien el mensaje llegaría directamente (cuando eso fuera posible claro). Una de esas tardes crepusculares en el Valle donde vivíamos observaba casi en contemplación: la postal, pero tras de ella el ventanal me dejaba ver a las aves aterrizar ya en sus ramas para el sueño del noche y yo hice lo mismo, me fui a mi rama. Entonces atravesaba yo la campiña de un siglo desconocido, las dos mujeres con pañoletas blancas en la cabeza y vestidos vaporosos cercanas al puente murmuraban entre sí, mientras yo me veía sentada en una roca que salía del puente no sé cómo, pero sentí que debía ponerme de inmediato de pie y colocarme la pañoleta roja en la cabeza porque la escena tenía ya la atmósfera de un adiós... las miré alejarse de mí, yo sacudía mientras mi vestido blanco vaporoso, y esperé, esperé a que se alejaran... Quedé sola, sola ante el paisaje donde el puente se hacía cada vez más largo, me invitaba a atravesar, y en ese instante desperté. Esa mañana salí a dar un paseo con mi esposo al bosque más cercano, aquí hay algunos. Al volver tuve la corazonada de que debía observar con mi lupa profesional la postal, así lo hice por horas, hasta que claramente pude mirar el rostro de las mujeres de la campiña y sus facciones y las mías resultaban similares, casi familiares. Solté la experiencia y me senté a meditar en la quietud de mi estanque, del silencio y abrí mi mente para sentir la conexión. Los días inesperados maravillan a la mente, la disponen a romper sus límites, a trepar por los andamios de la visión más clara, del gozo por su naturaleza transparente. El loto de mis circunstancias se abría pétalo por pétalo, y en una de estas frágiles hojas estaban reflejados los rostros de la campiña, los rostros de la pañoleta en la cabeza; y mi rostro. Mientras podía ver, sentir este gozoso recuerdo, mi gato paseaba encima del bargueño indagaba cada cajón hasta que consiguió jalar aquel que no se abriría más y sacar un pañuelo al parecer que le serviría de juguete muy preciado por los hilos que le colgaban de esta familiar pañoleta. Las pistas estaban completas porque la experiencia había descansado en el espacio. Los pensamientos no interfirieron, la realidad se presentaba con sus magníficas evidencias, regresé a ese instante para pasear por la realidad de mis sueños. Me sentí profundamente agradecida por este instante, por los misterios que Elías nos dejaba para descubrir su aleph, y reinventar el mío, este principio creador que se piensa así mismo para luego ser letra, palabra, voz, mensaje, destino, el destinatario. Regresé de mis cavilaciones al recordar la palabra destinatario, a quién debíamos enviar la postal 7, a ¿a dónde?. La revelación de la realidad no me permitía enviar, una vez más, la postal número siente. La dejé en casa, le encontré una dulce morada, le d i un espacio para ser admirada, para convivir ella y yo mirándonos el rostro familiar, y así detonar la gracia de la vida y sus memorias involuntarias. Mis sentidos secretos se agudizaron, la experiencia que me regalaba este hogar y su bargueño abarcaban gratamente las imágenes de un lenguaje secreto en mi mente. Emanaba la perfección de la vida que se encarga de rodearnos de circunstancias para mostrarnos sin rodeos en nuestro propio idioma que siempre hemos sido los mismos. Yo sabía de la soledad de los puentes, sabía que cruzar era despertar con el mismo rostro, las mismas facciones de quienes acompañaban el paisaje ante el puente de la campiña y tomaban su camino, como yo. Al verme en aquella postal de Lumiere realizada en 1900, fui testigo de mi propio paisaje atávico, de donde emanan recuerdos en ramillete, en lavanda y montañas. Aquí quedaría la imagen desde el siglo XlX al XXl. La postal se despoja de su ropaje nómada. Se queda en mi hogar, conmigo porque ha sido este mi rostro y tú querido Elías me diste el regalo del fulgor de este laberinto. *fulgor del laberinto/ son versos de la poeta Jenny Asse

Siempre hay un viaje a Roma

Miramos una postal típicamente romana con 3 columnas dóricas eso si de unos 30 metros de altura y un frontispicio con la inscripción: foro Romano, il tempo de castiori. Rosa de los vientos señala que algunas veces hacía esos viajes intempestivos. Él la llevó allí ante ese vestigio de ruina, era como una polis, un ágora, afirma, aunque en medio de una calle cualquiera de la ciudad de Roma, pues adquiere cierta singularidad. Entra un viento leve que desordena a las postales, quiere decirme algo más; "desde el balcón del hospedaje podía contemplar esa ruina de ágora", una vez más me pregunta si eso es lo que también veo, le hago ver con un ademán que no lo sé porque las ágoras son griegas no romanas. Sin embargo la sigo en su memoria y veo con sus ojos de viento, que eso es lo que realmente veo. "Busca a Dafne y Apolo". Ese viento que despeinó la baraja de postales sobre la mesa pequeña de madera de encino ya vintage, me mostraba lo que Rosa y sus vientos me pedía. "Lee lee la letra frágil con la misiva de los cubiertos" Querida Madrina: ¿Cómo has estado? Yo contento con esa tarjeta de navidad, gracias. Leti y Beti estarán contigo como siempre, acurrucadas en tu regazo como en cada luna nueva, fieles y locuaces. Te cuento que fuimos a cenar a la casona del candil verde cuya luz reflejaba a Dafne y Apolo en su desnudez y alegría. Repetimos dos veces, y en las dos cenas me dieron el plato con el tenedor de oro y a la Nena le tocó la cuchara de plata. Por eso te mando esta tarjeta postal para que recuerdes el oro y la plata, recuerdes todo madrina y algún día lo vuelvas a contar a alguien que te quiera conocer desde la época en la que fuiste tan dichosa. Seguiré guardando el secreto de los cubiertos que solo tú nos revelaste para poder verlos aquí, en vivo, si eres una madrina que como una hada nos deja ver donde los otros no alcanzan ni sospechan nada, que emoción los encontramos sin esfuerzo, asi solamente nos los trajeron con la cena, dos veces. Besos y abrazos de tu ahijado Josep. (Ficción postal: POSTALES PARA UNA MALETA, de Edna Aponte).

La familia recobrada

Rosa de los vientos me pregunta nuevamente cosas que son poco audibles en esta visión interna. Aunque logro reconocer ya su todo y puedo saber cual es la siguiente postal de la maleta del olvido que le hará retornar a la imagen d e su propia vida. Me habla de una casa en Turín, me parece que es la ubicación de una vecindad antigua (1903) que aún hoy existe en al ciudad de México, en un barrio con nombres de ciudades europeas. Me doy prisa para hallarla y no está. No sé como decirle eso. Pero sin más preámbulo la veo recobrar sus gestos y señalar a la que sería su familia recobrada, a ella entre ellos. "Allí vivíamos los 7, todos usábamos sombreros, unos de copa otros boina o como el mío estilo modernista. Si los miras sus rostros son maculinamente serios reflejan un aire común, eran los 5 hermanos de mi madre, con quienes me dejó al morir. Sus abrigos largos como su bondad, todos ingleses emigrados a México conmigo en brazos, y con él con quien crecí y con quien pasé a otros mundos que están en este. Su boina te dirá desde dónde llegó, mis tíos lo adoptaron como a mi, y su puro es el aroma de mis recuerdos. Soy la única mujer en esa imagen postal, fui la única durante mucho tiempo, hasta que mis recuerdos quedaron en pequeños enigmas de papel, en esta maleta del olvido." Mientras recolectaba las postales, mis manos se movían solas, Rosa de los vientos quedaba una vez más en uno de los compartimientos de la maleta desvencijada pero aún baúl secreto del tesoro oculto de esa vida y sus viajes también. El enigma de su voz en mi mente; ha sido una imagen más para esta forma que la memoria vierte en ficción. Otra manera de acercar el intersticio por el cual he asomado el asombro en este viaje inmóvil de días inciertos, de días que recobran sentido en una postal sepia cuyo tiempo queda encapsulado en ese cuadrito, ventana de papel donde posar la mirada nómada. (para la "niña oscura" quien me mostró dónde estaba la maleta de Rosa de los vientos/ SantaMaría la Rivera CdMx 2020) (Ficción postal: POSTALES PARA UNA MALETA, de Edna Aponte).