Muy amargo

Rafael Rodríguez Guerra
Antes de levantarme ya había recorrido gran parte del poblado. Iban a dar las cuatro de la mañana y ella fumaba en el andén. Observé con placentero estupor cómo extrajo una cajetilla de su bolso. Me gustó su melena recogida por una felpa azul, el movimiento sexual de sus gruesos labios al atrapar el cigarro y luego, la bocanada; sus ojos que se habían marchado con el tren de las dos. Solo fue cuestión de acercarme, decirle algunas palabras y ahora no es más que un bello y delgado cuerpo de mujer yacente sin sentido en una cama.
La casa es toda de tabloncillos. El piso de tierra. La soledad uno puede encontrarla si se acoda en la única ventana de la sala; si es que a un espacio cuadrado de tres por tres se le puede llamar de tal modo. Sobre la mesa del comedor han dejado un plato con comida rancia, un jarro de latón; varias colillas y una botella de queroseno. Esa noche me había cansado del libro. Se trata de una excelente edición alemana de Las tribulaciones del estudiante Törless. Sin embargo, ellas arribarían a las siete. Me había reclinado junto al radio. Transmitían un espacio de música campesina. Tomé una botella del aparador y me serví una generosa cantidad de ron. Era inútil que el calor intentara agobiarme. Sólo pensé en lo convenido. Se hacía necesario más, en algún momento, pensé que se trataba de un asunto demasiado absurdo.
Ellas me pidieron que la atara bien fuerte. Por eso fue menester beberme aquella cantidad de ron. La última, la de una sola trenza, esgrimía un largo tabaco. "No se preocupe, mano, trajimos los enseres. Usté cumplió con lo suyo", arguyó la Negra. A ella la conocía a través de referencias facilitadas por los Argote. Ellos habían sido amigos desde los tiempos del asesino Saavedra. Fueron años implacables pero yo todavía era joven y ganaba casi todas las apuestas. Luego fue lo de la redada policial en aquella fiesta de los Del Llano. De la casa no ha quedado nada. Tan solo un claro bastante lúgubre donde se puede ver algún que otro cerdo pastando o un dúo de chiquillos semidesnudos encaminándose al río.
Podía estar libre en unos meses. No me agradaba semejante expectativa. Uno siempre quiere más. De cualquier modo, costó esfuerzo traerse a la desconocida. Cierto que aun es bella. Todavía no afecta su lindura el invasivo pigmento cerúleo, el funesto estrabismo; la desoladora interrupción de su aliento. Me mata la curiosidad. Espío a través de la cortina que ellas habían traído. En algún momento supe lo de la ablación: ese horrendo proceder. Dicen que en algunas tribus de Uganda o Tanzania lo practican. Ellas colocan con sumo cuidado las porciones de carne en un pomo. La presencia de sangre ya no será un impedimento. Veo, ahora embargado por una insufrible náusea, cómo la de la trenza escupe o vomita un largo platelminto grana en la sima resultante.
Habían masajeado las piernas con una poción verdosa, inodora. Al menos, eso percibí unos minutos antes de ser paralizado por una visión demoniaca: varias brujas horripilantes azotaban a bellas mujeres desnudas en un sótano. Ellas aún tenían fuerzas para intentar rehuir pero siempre, la rudeza de los látigos abría sus pieles para que la viscosa y dulce sangre salpicara los rostros de aquellas enanas crueles. No puedo negar que la escena logró excitarme al punto que me fue necesario cubrir mi entrepierna.
La de los ojos salientes y gruesas cejas rebana los pezones. Ahora sí brota la sangre y es bellísima y voluminosa y pronta a solidificarse. La situación, en verdad, era demasiado áspera. De modo que resolví acudir otra vez al trago. El alcohol me salvaría. Estaba seguro de ello. Aguardo con mucha calma, con una extraña noción de eternidad. Me parecieron largos y asfixiantes los días aquellos pues hubo un tiempo en que me hacía el favor de coronarme con sombrero de yarey y exhibir mi silueta delgada, los sábados en la mañana, en la tienda del pueblo. Pagaba un peso al bodeguero por el jarro de aguardiente para endulzar la vista con aquellas campesinas tristes y rudas a la vez. Me parecía vivir una interminable novela de fantasía. En esa ocasión, cuando aun no hube terminado de beber, me palpé las sienes para convencerme de la imagen atroz: el tal Asmodeo había venido a buscarme. Rodeamos una loma semejante a una testa y desembocamos en un camino. Aquel valle oliente a melaza, estaba sembrado de flamboyanes. Lo cierto es que reinaba una atmósfera tranquila. Invitaba a la meditación, al recogimiento. Pensé que había visto la mirada del diablo en una súbita acumulación de nubes. Pero los ojos diabólicos no vinieron solos sino que había descendido una gran masa ígnea cuyo afán era incrustarse cerca de nosotros. La ebriedad no me permitió reconocer en principio la situación en la que me encontraba y mis sentimientos fueron rebajados hasta el instinto de los primates. Hubo un individuo que primero apareció con la cabeza gacha y luego pudimos ver su cara de limón cortado a la mitad. El rostro difería bastante del cuerpo y a sus pies se encontraba una jovencita de unos quince años, desnuda y haciendo gestos animales. Varios de aquellos hombres aparecieron por detrás con otro grupo de muchachos de ambos sexos. Me formulé la inevitable pregunta: ¿Sería acaso efecto de la ebriedad o es cierto que en este lugar puede ocurrir cualquier fenómeno? Traté de olvidar el sabor del aguardiente en mi boca.
El espíritu de Shiva se hizo presente en el cuarto del sacrificio. Mi nariz jamás me había engañado y ella descubrió que la mujer no estaba muerta. Las enanas se encaramaron sobre el cuerpo. Habían colocado siete velas alrededor. Sus labios se mantenían bellos y sensuales, la delicadeza del mentón; esa finura renacentista con que uno podía acariciarla una vez más pese a las manipulaciones de las brujas detestables. Yo ansiaba mi libertad más que cualquier cosa en esta vida. Sin embargo, me juzgaba la conciencia, conduciéndome a una aflicción insoportable. Me agaché junto al marco de la puerta ya que, en esta ocasión, ellas no pusieron reparos a mi presencia. Supuse que ahora terminaría, que el suplicio de los dos llegaría a su final y no quise de ningún modo rememorar aquella madrugada en la estación cuando empezaba a enamorarme. Una a una, fueron mordiendo la vagina y succionaron sangre. Me parecía horrendo pero, en el caso de las brujas, era como si lo disfrutaran. Eso fue precisamente lo que ocurrió: experimentaban el placer de placeres. Asmodeo no era sino mi alter ego. En realidad, yo no soy aquel delincuente ilustrado amante de la literatura alemana y el Concierto de Brademburgo. Soy el demonio Asmodeo quien desciende en una roca con sus esclavos terrenales. Ella es una de mis víctimas. No la mujer enigmática del andén de quien me enamoré a primera vista. Por eso en mi desesperación, quise atravesar la puerta de la nada. Me incorporé tan rápido como pude. Las brujas ni siquiera pudieron notar cómo me alejaba hacia la puerta sobre la loma. El olor de la melaza se atenuó y el pueblo había desaparecido. Sus habitantes no fueron segados por la guadaña de Asmodeo sino tajada esa miserable alegría cotidiana y ahora, ante mis ojos, se presentaba una colina en sepia mientras las brujas despedazaban el cuerpo amado.
Junio y 2020

Texto libre Trabalibros

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