Pasos de hombre dejan huellas en la selva

Jairo Sebastián Zanetti
Apenas comenzaba a brillar el sol del amanecer en algún lugar del Amazonas. El viento, a aquellas alturas de distancia acechaba con fuerza, aunque no fue impedimento para que el hombre que se encontraba en la compuerta del avión se lanzara. Tenía los segundos contados, por lo que no tardó en jalar el precinto y extender su paracaídas. Era la única manera de entrar en esa parte de la selva que nunca había sido explorada por los humanos. Caía con suma levedad y una vez se acercaba al suelo, el viento sopló violentamente arrastrándolo a las frondosas ramas de los árboles inmensos. Quedó colgado allí, y por fortuna, solo con pequeños rasguños. Se desajustó las tiras que lo ligaban al paracaídas y se sujetó a una de las enormes ramificaciones. El árbol era tan grande que toda una civilización podría haber habitado allí. Entonces se las ingenió saltando entre las ramas, como si fuera un mono, hasta llegar a la superficie. Escuchó el sonido de una serpiente que cruzó por detrás, deslizándose, al igual que una anguila en las aguas. Estuvo muy cerca de ser su presa. Como vestía de verde, tal vez ayudó a pasar milagrosamente desapercibido. Sabía que no tenía mucho tiempo para caminar a la orilla. Donde el avión lo esperaría sobre las aguas del río. Bebió un poco de agua de la cantimplora que colgaba sobre su pecho y se dedicó a husmear la vegetación. La vida vegetal y los insectos eran extraordinarios. Millones de especies nunca vistas. Entonces halló con su lupa un pequeño arbolito blanco entre todas las especies. Ya no le quedaba mucho y decidió arrancarlo a modo de recuerdo. Llegó a preguntarse así mismo, qué podría pasar si sustraía sólo uno de miles y miles de la selva. Una vez lo arrancó de cuajo lo guardó en su mochila. En su lugar dejó un palo enterrado con un trapo atado en su parte superior, a modo de bandera. En el escribió: aquí en medio de tanta soledad a llegado un hombre por primera vez. Luego de observar lo apuntado en el mapa se dirigió hacia la orilla. El avión flotaba sobre las aguas esperándolo unos metros adentro. Arrió un tronco verduzco que encontró entre los guijarros y luego de volcarse panza abajo sobre el, remó hacia el avión, con sus propias manos, como si fuera una balsa. Había cocodrilos rondando. Pero llegó ileso al avión, y bien pudo marcharse de allí junto a su acompañante. El piloto del avión vio que de su mochila sobresalían unas hojas blancas que ya tornaban a achicharrarse y le preguntó que llevaba allí, a lo que él contestó:
- este es el recuerdo de mi paso por la selva.
Al día siguiente, los árboles que estaban alrededor de aquel arbolito blanco comenzaron a marchitarse y en cuestión de días, miles de especies se fueron secando. Millones de insectos y animales comenzaron a sufrir los cambios de su hábitat, y en cuestión de no mucho tiempo la selva murió, y con ella las maravillosas vidas que hospedaba. No fue suficiente herir de muerte la selva. El planeta comenzó a mostrar su furia, como una expresión de dolor intenso. Cuando una bala te da en el corazón, la vida se desangra. Y fue tan solo por un árbol, que la humanidad sufrió las consecuencias. Un bendito árbol de la selva, sustraído por un hombre que solo pensó en un recuerdo. Ahora no existe ni árbol ni selva y, el mundo es un cuerpo geoide en turbulencia.
Texto libre Trabalibros

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