El avión azul

Elena Castillo Tejeda
Inundada por una luz transparente, la plaza lucía fresca y alegre frente al hospital. Los pajarillos se reunían para atrapar las migajas que se les caían a los distraídos y acercarse a quienes se las ofrecían de sus manos, invocando en ellos un sentimiento de bondad. Al observar sus pequeños ojos redondos, en su brillo se podía vislumbrar una vida más hermosa y pura. Era aquello una fiesta cuando los más pequeños y vivaces tomaban los pedazos más voluminosos de pan y volaban casi rozando el suelo a sus nidos. Nadie podría explicarse la ternura que él sentía con este sencillo espectáculo, donde la urbanidad y la naturaleza armonizaban. Pero a la vez se preguntaba el porqué su naturaleza y aquel mundo hecho de ladrillos no podían comprenderse aún.

Para él, las personas y los edificios estaban hechas del mismo material. Pensaba que algunas personas eran como los hospitales, frías y acogedoras a la vez. Y le costaba entender esto: la cohabitación de dos sentimientos contrarios en un mismo lugar.

−Prefiere un chocolate o un café.
−Un café, por favor.
−Hoy es día de consulta ¿verdad? ¿Lo quiere con leche?
−Como cada mes −calló un momento−. No, sólo con azúcar.

Atravesó el protocolo de seguridad, dio los buenos días y miró aquel coloso azul con blanco que le recordaba un poco su miseria. "Es como un avión que está a punto de despegar pero al que sus cimientos se lo impiden", reflexionó mientras entraba en el edificio.

−Buenos días, disculpe, llevo más de una hora esperando a la doctora, mi cita era a las diez y media.
−¡Tiene que esperar hasta que llegue!
Cabizbajo, escuchaba el repique de los tacones sobre el suelo que se mezclaba con el sonido de un caminar cansado.
−Pase usted, y disculpe la demora.
−No se preocupe, entiendo que los doctores son seres ocupados.
−Y lo entiende bien −sonrió con una ligera picardía−. ¿Cómo ha estado?
−Bien, cansado la mayor parte del día…
−¿Ha vuelto a tener esas ideas sobre quitarse la vida?
−No, ya hace tiempo dejé de tenerlas −mintió.
Después de un exhaustivo interrogatorio, la doctora concluyó:
−Bueno, parece que va bien con este medicamento, mantendremos la dosis…
−Gracias.
−De qué.
−Hasta luego.

Caminó por la calles un buen rato, sintió las venas invadidas por finos hilos glaciales y el corazón exprimido como si la vida quisiera arrancarse de él. Tenía ganas de llorar y terminarlo todo de una vez. Se detuvo y respiró profundamente, mientras recordaba a los pajarillos de la plaza… ese era su mejor tratamiento para no abandonar la vida.
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