Amanece

Francisco Adolfo del Molino Sisas
AMANECE
(Que no es poco)

A mi hijo Carlos
en una etapa crucial de su vida.

Era un miedo físico, congénito.
El mismo que habían sentido sus ancestros en los lejanos tiempos, cuando sentían la presencia de los predadores a la entrada de sus cuevas.
Era un miedo cerval.
Había empezado por la nuca y había subido hacia la parte superior de la cabeza encrespándole el cabello.
Se había extendido también hacia abajo por la espina dorsal, y desde allí a todas las extremidades.
Lo notaba en la piel de gallina de los brazos y en el temblequeo de las piernas.
Al fin la adrenalina entró en el torrente sanguíneo aguzando sus sentidos y reflejos.
Poco a poco, sin movimientos bruscos, comenzó a descargar la pesada maleta de cartón cuero de su hombro izquierdo.
Al menos le serviría como escudo en el caso de que fuese atacado.
Una vez la hubo depositado en el suelo, con los mismos movimientos pausados alcanzó una piedra del tamaño de un puño y fue levantándose lentamente.
Una vez de pie, alzó la mano en actitud amenazadora hacia su atacante.
El perro dejó de ladrar.
Ahora se limitaba a gruñir enseñando los dientes en amenazadora actitud.
Se trataba, por lo que podía vislumbrar a la luz escasa de la media luna, de un chucho de mediano tamaño y de raza indefinida.
Con las patas abiertas, el rabo horizontal y los pelos del lomo hirsutos, no cedía en su empeño de cortarle el paso.
Le lanzó la piedra, a la vez que saltaba hacía él apoyándose en la maleta para alcanzar mayor altura, profiriendo fuertes gritos y haciendo grandes aspavientos.
El perro, a pesar de no haber sido alcanzado por el pedrusco, pero asustado quizás por la exhibición gestual, puso pies en polvorosa sin esperar a otra.
Adolfo se sentó sobre la maleta.
Notó como sus piernas se aflojaban y todo su cuerpo se relajaba.
No había sentido temor.
El temor era otra cosa.
Temor era lo que había sentido cuando se dio cuenta de que el tren estaba parado en Zuera.
Se había quedado dormido y se había pasado de la estación de Zaragoza, exactamente tres pueblos.
Temor porque no había sabido qué hacer.
No llevaba un céntimo encima, las últimas diez pesetas las había gastado en Madrid comprando un bocadillo para el viaje.
Y aunque lo llevara, no le hubiera servido de nada.
Hasta el día siguiente ya no aparecería ningún tren en dirección a Zaragoza.
Y todo por no haber sabido controlar sus gastos.
De las tres mil pesetas mensuales que le entregaba el ejército como sueldo de Alférez, una vez descontados los gastos correspondientes al "Imperio" (1), aún le quedaba dinero suficiente para pagar su cuota del Club Náutico, los cafés en el Gambrinus, los vermús en el Central y los helados en el Paseo Marítimo.
Pero no había calculado bien.
Volvía con una deuda de trescientas pesetas que le había prestado Garrido para sus gastos de vuelta a casa.
Dinero que tendrían que pagar sus padres, pues él no tenía todavía trabajo.
Y esa cantidad suponía la cuarta parte del salario mensual de su padre.
¡Vaya regalo de Navidad que les iba a dar!
Temor por no saber cómo decirles que no había sido un buen hijo.
Temor por la preocupación de sus padres y de sus hermanos, cuando no lo vieran llegar ni a la hora esperada, ni tampoco más tarde.
Porque él les había llamado desde Madrid para decirles que llegaría en el tren de las nueve y media de la tarde.
No, no había sido una buena idea.
Miró el reloj.
No se veía bien la hora, pues unas inoportunas nubes habían cubierto la luna.
Apenas se distinguían las lindes del pedregoso camino.
No sabía cuántas horas llevaba ya caminando.
Le habían dicho en la estación del Portazgo que no entrara en el pueblo. Que cuando llegara a Casa La Torre tomara a la izquierda camino del seminario y luego el primer camino a la derecha.
Que en una hora siguiendo recto ese camino, se plantaría en San Mateo de Gállego, que en otra hora más llegaría a Peñaflor, y que una hora y media más tarde estaría en Montañana, a las puertas de Zaragoza.
De Montañana a su casa había unos seis kilómetros y medio.
Así pues se trataba de un viaje de cuatro o cinco horas.
Nada para un hombre hecho y derecho de veintiún años y en buena forma física adquirida por su entrenamiento militar.
Él había caminado a paso ligero, a paso de legionario, a paso de ganso, a paso de procesión y a paso de desfile.
En las maniobras de Castillejos en Reus, había caminado durante más horas cargado con el fusil y el petate.
Así que, había pensado, porque esta noche tenga que caminar cuatro o cinco horas no pasa nada.
Pero sí que pasaba, porque era la Nochebuena, y los suyos lo estarían pasando mal.
Pero ya llevaba caminando cuatro horas al menos, pensó, y aún no había llegado a Montañana.
Hacía ya mucho tiempo que había atravesado San Mateo de Gállego y Peñaflor, pero no se vislumbraban las luces de Montañana.
A menos que se hubiera perdido.
Pero había tenido mucho cuidado en no abandonar el camino.
Cada vez que se había encontrado en una encrucijada, había tomado siempre el ramal más importante y había caminado en dirección contraria a la Estrella Polar.
Por un momento las nubes dejaron asomarse a la luna menguante.
Miró el reloj de nuevo.
Eran las dos de la madrugada.
Solamente llevaba caminando poco más de tres horas.

En Montañana vivían sus primos Eusebio y Marco.
Pero no era cuestión de llamar a la puerta, en el caso de que recordara cual era, a semejante hora.
Además… ¿Qué podrían hacer por él? ¿Darle cobijo?
Porque otra cosa…
No tenían coche ni teléfono, así que…
Además por una hora, o una hora y media que faltaba, no merecía la pena ir molestando a la familia.
Y luego las burlas.
Que si el bobo del Adolfo se quedó dormido y apareció a las tantas…
Que si vierais que pinta traía…
Que si venía sin un duro…
No, definitivamente no. Lo mejor era seguir el camino.
De pronto sintió en el rostro el frío ramalazo del cierzo.
¡Lo que faltaba!
Recordó que en Lanzarote también hacía viento a menudo.
Pero era otra cosa… ¡Dónde va a parar…!
Allí los Alisios eran unos vientos atlánticos, refrescados en su largo caminar por el mar.
Sin embargo el Siroco… Cuando llegaba el viento del Sahara no traía solamente aire cálido. También traía arena.
Y a veces a la langosta.
Se acordó de Ana María.
De sus grandes ojos verdes y de su sensual boca.
De su piel dorada y de su trigueño pelo.
De su escultural cuerpo.
La recordaba caminando cogida de su mano por la Calle Castillo hasta tomar el Paseo Marítimo y llegar al Club Náutico.
Y recordaba su bañador verde.
Recordaba la fingida ingenuidad de sus dieciocho años y lo bien que le hacía sentir haciéndole creer que era lo más importante que le había sucedido en su vida.
Le había prometido contestar a todas sus cartas.
Sin embargo no se habían jurado amor eterno.
Ni tan siquiera habían puesto plazo al amor.
Se despidieron haciéndose los fuertes, haciendo creer el uno al otro que no habían sido sino dos buenos amigos.
Que el tiempo y el Destino dictarían sus normas y encauzarían sus vidas.
Sus compañeros del Batallón Independiente Lanzarote 54 de Arrecife le tenían envidia.
La disimulaban diciéndole que hacía el ridículo saliendo con una chica que le sacaba media cabeza.
Pero eso no era cosa que les incumbiera. A ella no le importaba, ni a él tampoco.
Ella había hecho de aquellos cuatro meses de prácticas una etapa esencial en su vida.
Le entró una tristeza inmensa al pensar que podría perderla.
Ya había descansando bastante, así que se echó de nuevo la maleta al hombro y los recuerdos a la espalda, poniendo la mayor atención a los pocos detalles del camino que se podían vislumbrar.
Una vez cruzada la loma, alcanzó a ver las luces de Montañana y en el horizonte el resplandor de las luces de Zaragoza.
Cruzó el pueblo a buen paso haciendo caso omiso de los ladridos, con los que desde los corrales le obsequiaban los cancerberos, y de las luces que se encendían a continuación en algunas de las ventanas de la Calle Mayor.
Poco después se encontraba de nuevo en el camino.
Aún no había amanecido, pero ya lo haría.
Seguramente el sol saldría por el mismo sitio de siempre.

(1) – Sistema administrativo que se empleaba en las Residencias de Oficiales y Suboficiales para sufragar los gastos de mantenimiento de quienes residían en las mismas. El Furriel preveía las compras de alimentación y de limpieza comunes necesarias para todo el mes y realizaba las compras. La limpieza de las habitaciones corría por cuenta de los soldados asistentes, y la cocina y el comedor de los soldados asignados a los mismos.

Moraleja:
No le des vueltas.
Para cuatro días que vamos a estar aquí, ponte un calzado cómodo y camina.
Camina sin temor a nada ni a nadie
Texto libre Trabalibros

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