La primera estrella de la Navidad

Plácido Romero
Faltaba quizá una hora para que el triste sol invernal se escondiera tras las colinas, y algo más para que la primera estrella de la noche pudiera verse, la primera estrella de la Navidad. Pero Jerzy, impaciente por contemplarla, había salido de la casa muy temprano, mucho antes de que su madre regresara de la fábrica, escabulléndose de la vigilancia de la abuela.
Se había sentado en la loma de los abetos y miraba a sus pies el lento curso del Vístula. Las aguas estaban completamente negras. No, tampoco se había helado aquel año.
Pensó en padre, al que no veía desde hacía cinco años. De hecho, no recordaba su rostro, sólo la foto que madre tenía sobre la cómoda. También pensó en Marek.
De repente, a su espalda, resonaron unos vacilantes pasos. Un alemán caminaba por el sendero, con un pitillo en la boca y las manos hundidas en los bolsillos de la guerrera. Casi estuvo a punto de pasar de largo junto al chiquillo sin advertir su presencia; quizá lo había confundido con una roca. Pero de repente subió a la loma para contemplar el paisaje. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el niño estaba allí.
Se quitó el cigarrillo de la boca y dijo algo. La abuela, que había estudiado en el gimnasio de Bromberg, le había intentado enseñar alemán, pero a Jerzy no se le daban demasiado bien los idiomas. El padre Andrzej, por su parte, sólo había conseguido que aprendiera unas pocas palabras en latín, las suficientes para ayudarle en la misa.
El alemán continuó hablándole. Madre le había advertido de que no había que fiarse de los alemanes. Jerzy había visto con sus propios ojos que el comportamiento de los alemanes era imprevisible y cruel. En el verano anterior, había visto como asesinaban a Hendzel, el herrero. Un grandullón de pelo castaño le disparó con su pistola en el pecho, y después dijo con una sonrisa algo a los otros soldados, como si la muerte fuera una broma. Jerzy nunca le contó a su madre que había visto como mataban al herrero.
Pero aquel alemán no era como los demás. No vestía de negro, sino que llevaba el uniforme gris del ejército, y en los lados de su pantalón se veían unas tiras rojas, que a Jerzy, por alguna razón, le parecieron divertidas. Además, aquel alemán parecía muy cansado. Y estaba mal afeitado; tenía una barba canosa que le afeaba y envejecía.
El alemán continuó hablando durante un rato. Jerzy sólo entendía palabras sueltas. "Niño", "mujer", quizá "casa". De repente, el alemán lanzó el cigarrillo contra el suelo y lo aplastó con su bota. E hizo algo inconcebible. Se abrió la guerrera y sacó algo envuelto en papel de periódico. Y se lo entregó a Jerzy. Tuvo que insistirle para que el niño polaco cogiera lo que le ofrecía.
Jerzy estuvo a punto de decir "gracias", pero madre le había advertido sobre hablarle a los alemanes. Lo mejor era no decirles nada. De todos modos, antes de que pudiera hablar, el alemán había desaparecido con su andar cansino por el sendero.
Jerzy se quedó con el paquete en las manos, sin saber qué hacer. Pesaba mucho y por el olor adivinó que se trataba de comida. Ojalá Marek hubiera estado allí. Pero a su hermano se lo habían llevado dos años atrás y ya no estaba para decirle lo que había que hacer en cada momento.
Cuando llegó a casa, madre había regresado también.
–¿Dónde estabas? –le preguntó enfadada.
Jerzy no dijo nada. Dejó el paquete encima de la mesa. Madre lo desenvolvió con cuidado, como si se tratara de una bomba. Dentro había otros dos paquetes de papel de estraza. Chocolate en uno. ¡Chocolate! Tocino en otra.
–¿Quién te ha dado esto?
–Un soldado –dijo Jerzy.
La abuela cogió el periódico, que tenía manchas de grasa, y comenzó a leerlo. Leyó algo en voz alta, en alemán. De pronto se acercó a Jerzy y le dio un abrazo.
–¡Grandes noticias! ¡Excelentes!
Jerzy no comprendió nada. Miró a madre y le preguntó si podía salir a contemplar la primera estrella de la Navidad.
–Claro. Pero no te acerques al río.
El sol ya se había puesto cuando salió a la calle.
Miró el cielo, pero todavía no se veía la primera estrella de la Navidad. Madre y la abuela habían salido también en la puerta. Mucha gente en la aldea estaba en la calle. Y todos observaban el cielo.
Texto libre Trabalibros

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