La Mansión

Luis M. Cerecero
Te soñé Mansión, parecías bella cubierta con el misterioso encanto de un velo negro que decías era elegancia. Lo recorrí y avance por tus pasillos, buscando las razones de tu grandeza. Busqué entre la arquitectura de tus arcos de medio punto y tus muros de piedra duradera, coronada en altas torres. Nada. Fui entonces hasta tus muchas habitaciones queriendo encontrar el arte y el oro, nada, sólo fantasmas quebrados asomándose a cada puerta. ¿Y los diamantes? ¿Y las maravillas? ¿Dónde quedaron? ¿Existieron?
Te soñé Mansión, y hasta cuidaste de dejarme trazado un poema, pero no me quedé, porque supe a tiempo que si duermo allí la noche, las puertas se cerrarán para siempre y habré de vagar dentro. Desde fuera vi cerrar tus puertas y no extrañé los tristes semblantes de tus habitantes extraviados, tampoco la mueca de tu figura pavorosa a través de cristales turbios, desplegando la capa untuosa en aleteos monocolor, dispuesta al asalto en horas desprevenidas.
Te soñé mansión, olvidada. Marché lejos entonces hacia los caseríos acomodados en el espacio donde se reúnen árboles y nubes; adornados con melodía de flauta y tambor, el humo de un buen guiso y mujeres encinta. Seguí más adelante todavía, hasta catedrales custodiadas por gigantes tallados en maderas preciosas de cedros del Líbano. Ahí pude, por fin, pasar la noche.
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