El final

L. D. Sixtos
"No dependas de nadie en este mundo, porque hasta tu sombra te abandona cuando estás en la oscuridad"... Ese pensamiento revoloteaba sobre la cabeza de la delgada muchacha. Sumida en su depresión, estas palabras eran las amargas gotas que derramaban el vaso de la cordura. Débil, por su continuo ayuno desde hace días, caminaba tambaleante hacia la ventana de su cuarto. La oscuridad parecía un pesado manto que le impedía acercarse a su única salida, su única salvación, su luz al final del túnel. Después de un mortal esfuerzo, pues su cuerpo no podía ni su propio peso, logró llegar a la ventana, la abrió. Era lo suficientemente grande como para escapar cómodamente. Levantó su pie para ponerlo sobre el borde. No había protección en la ventana, así sería más fácil saltar. Saltar al vacío, al olvido, a la perdición, a un final que, aunque no sería el esperado o el más feliz, sería el anhelado para acabar con su sufrimiento. Con los dos pies en el borde, implorando a su fuerza y valor no la abandonaran en ese momento, la muchacha cerró los ojos, se soltó, estiró el pie derecho y...
El silencio murió antes de que ella pudiera saltar pues se escuchó una grave y agradable voz. Extraño, no había nadie con ella, vivía sola desde hace mucho. La soledad y el silencio eran sus mejores y más fieles compañeros. Ignoró la voz, volvió a cerrar los ojos. Reinició su intento de "acabar" con su sufrimiento.
- No te preocupes, preciosa, estoy aquí - volvió a escucharse la grave voz. Esta vez sí comprendió lo que decía. Ella abrió los ojos, inexplicablemente se sintió más tranquila pero no iba a desistir. Podía ser su imaginación jugándole una mala pasada para prolongar su martirio.
- Aléjate de la ventana - de nuevo la voz con tono calmado, su timbre era tan agradable que ella desistió por un momento -. Vuelve a dormir. Estarás a salvo del dolor, de la verdad y de la libertad de decidir... - la voz se acercaba, ella aun sin voltear. Aunque la voz la tranquilizaba, un inexplicable temor comenzaba a subir por sus pies - ... Y a salvo de los demás demonios venenosos, veras que a ellos no les importas un carajo, pero a mí sí.
Inmediatamente la piel se le erizó, no sabía qué hacer, saltar o entregarse a los brazos de aquella agradable y comprensiva voz. Aunque su mente la alertaba con preguntas lógicas: ¿quién es? ¿Cómo entró? ¿Por qué justo ahora? Su corazón necesitado de afecto y atención ignoraba la última soga de la razón. La luz de la Luna comenzó a filtrarse. Iluminaron las manos de la sombría y enigmática presencia. Manos pálidas con dedos largos y huesudos. La muchacha aún sin poder acumular el valor suficiente para salir de esa encrucijada final. A cada segundo, cada aliento que ella exhalaba, las manos sombrías se acercaban más y más para tomarla por sus hombros. Comenzaron a escucharse susurros, gritos apagados como si vinieran de otro lugar. Sonidos parecidos a tambores acabaron con el último rastro del amigable silencio. "un cuerpo más" se distinguía de los repetitivos susurros al compás de los golpes del tambor. Los susurros comenzaron a escucharse más claros. Los gritos de dolor, de agonía, de desesperación se sentían más cercanos. La habitación había sido abandonada por el silencio y la soledad dando paso a una inexplicable muchedumbre gimiendo, gritando, aullando, llorando. Sus fieles compañeros la habían traicionado.
"Un cuerpo más", seguían repitiendo los susurros. La muchacha estaba a punto de rendirse debido al inexplicable temor que la asfixiaba, quería emitir sonidos para cuestionar qué sucedía, quién la acompañaba. Las manos por fin la alcanzaron, a pesar de su desagradable aspecto a la luz de la Luna, la muchacha las sintió cálidas y tranquilizantes.
- Vuelve a dormir - susurro una vez más aquella grave voz, tan cerca de su oído que ella pudo sentir el aliento en su oreja, de nuevo se le erizó la piel. Instintivamente volteó, no había nadie. Volvió a la seguridad del piso de la habitación. Sin saber cómo, todo había quedado en silencio. Sin tambores, ni susurros, ni la sensación de aquella sombría presencia.
Comenzó a caminar lentamente a la cama. A medida que se acercaba, los tambores y los susurros comenzaron a ahuyentar al silencio que por solo un instante volvía a ella para tranquilizarla. El volumen de aquellos aterradores sonidos subió al grado que ella corrió a la cama como aquella niñita temerosa por la criatura imaginaria que creyó ver en el ropero. Tiritaba de miedo, entre las cobijas, cubierta hasta la cara. "Un cuerpo más", decían los susurros y no solo subían de tono sino que se sentían alrededor de la cama, como si hubiera decenas de personas esperando a que ella...
- Vuelve a dormir - de nuevo la grave voz en su oído. La presencia estaba ahí, a su lado, sentada -. Vuelve a dormir - repitió mientras le acariciaba el cabello. Ella lloraba de terror. Extrañamente, sintió una calma mientras le acariciaba el cabello.
"Vuelve a dormir", cambiaron su coro los susurros alrededor de la cama. El volumen disminuyó, los tambores y los gritos dejaron de escucharse. Solo los susurros dijeron al unísono por última vez "vuelve a dormir".
- Yo seré aquel que te proteja de todos tus enemigos y todos tus demonios - comenzó a decir la grave voz justo cuando los susurros hicieron silencio -. Yo seré aquel que te proteja de la voluntad de vivir y de la voz de la razón - continuó diciendo mientras la seguía acariciando. Inexplicablemente ella comenzaba a dormitar -. Yo seré aquel que te proteja de tus enemigos y tus decisiones, niña mía - ella casi inconsciente y débil por el fugitivo estado de vigilia solo se limitaba a escuchar y rendirse al sonido de aquella voz -. Tus decisiones y tus enemigos son la misma cosa. Debo aislarte de todo y de todos. Debo aislarte y protegerte de ti misma.
Ella abrió los ojos, la última imagen que vio la hizo gritar de terror, no pudo moverse. Estaba "aislada", cerró los ojos y volvió a dormir.
Texto libre Trabalibros

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