Clase práctica

Elmer Ernesto Alcántara
Eran ocho minutos para las doce de la noche y Javier acababa de dejar a Inés en su departamento. De ahí a su casa no eran más de veinte minutos, así que caminaba sin apuro, tranquilo y despreocupado, como tantas veces. El airecillo de esa hora le hizo subirse el cuello de la casaca y meter las manos en los bolsillos; empezaba a silbar una canción cuando de pronto, al cruzar una calle oscura y vacía: ¡pum!, sintió un golpe fuerte y seco en la cabeza y sin atenuantes ni contemplaciones, cayó de bruces sobre el asfalto duro y frío.

El mundo, de pronto, desapareció. Los inesperados golpes que encajó (el que sonó detrás de su cabeza, y el que se dio de lleno contra el asfalto), lo aturdieron a tal punto que quedó tendido en el piso desmayado. Por unos instantes interminables y confusos Javier simplemente divagó entre la inconsciencia y el extravío total y como dicen que pasa cuando uno está a punto de cruzar el umbral de la muerte, empezó a ver retazos de su vida que como en una película desfilaban ante sus ojos perdidos: vio a Inés y su ya largo noviazgo de cuatro años, vio su colegio estatal de barrio pobre donde enseñaba literatura y se empecinaba en hacer escribir a sus alumnos, vio a sus alumnos, vio su casa, sus libros… pero todo eso, lentamente, se fue evaporando, desvaneciendo y transformando en un pesado adormecimiento de su cuerpo y un intensísimo dolor que crecía y crecía incesantemente desde el fondo de su cabeza. Poco a poco, paulatinamente, Javier fue despertando y volviendo en sí, regresando al mundo del que tan violentamente había sido desalojado. Cuando hubo reaccionado algo (aunque no se podía mover) y pudo por fin escuchar; fue rescatando, de ese caos de lejanas disonancias que le llegaban como desde los confines de un sueño, unas voces lejanas y distorsionadas que hablaban sobre algo...

- ...Como tú me dijiste, lo hice como tú me dijiste; vámonos, vámonos ya; ya no tenemos nada que hacer aquí –sonó apenas, desde muy lejos, una voz.

- ¡Espera!, ¡espera!, no te atolondres; hay que hacer bien las cosas. Asegurémonos primero de que ya no se va a levantar –sonó otra en ecos apagados.

Sin terminar de zafarse por completo de su aturdimiento, adormecido aún en su razón y sus sentidos, Javier quería entender qué había pasado, por qué estaba tendido en el asfalto sin poder moverse, por qué le pesaba así la cabeza; pero apenas lograba percibir que eso espeso y tibio que comenzaba a mojarle la mejilla que tenía pegada contra el asfalto, era su oscura sangre.

- Lo primero que tienes que aprender pichón, es que en este negocio está prohibido dudar cuando estas por hacer el trabajo, ponerte nervioso al hacerlo y tener remordimientos después de hecho. Se escuchó, ahora si clara y contundente, una oscura voz, muy segura y con una fría autoridad.

- ¡Te digo que lo hice como tú me dijiste! –Protestó una voz evidentemente juvenil– un solo golpe, fuerte, seco y sin dudar, en la parte de atrás de la cabeza. ¿No ves que no se mueve?

Despierto ya, devuelto a ese momento y a sus sentidos, Javier comenzaba a entender la situación y no le gustaba nada lo que entendía: ¡Iban a matarlo! Si, esos hombres habían ido a matarlo. Ahora mismo iban a asegurarse de que estuviera muerto. Porque, no eran ladrones, no mostraban intenciones de robarle, no hurgaban entre sus pertenencias. Si, pensó con angustia, con desesperación, con un asomo de horror, ¡van a matarme!, ¡van a matarme! Su vieja afición a la literatura policial le decía que ésa era una manera de proceder de los asesinos, no de los ladrones…; pero, por otro lado, ¿quién querría matarlo?, ¿a él?; ¿quién se ocuparía de un humilde profesor de literatura cuya única ocupación era tratar de hacer escribir a sus alumnos?

- Si, veo que no se mueve, pero, ¿estás seguro de que está muerto? –volvió a sonar, la oscura voz.

- Si, está bien muerto te digo, bien muerto, míralo tú mismo; no se mueve ni respira. Vámonos ya, puede venir alguien. Se escuchó algo nerviosa y asustada la voz juvenil.

Javier no tuvo dudas sobre sus sospechas: esos hombres habían ido a matarlo; tuvo entonces el impulso inmediato de levantarse, de rogar que no lo mataran, de ofrecerles dinero, de hacer algo; pero una fuerza desconocida y poderosa que parecía estar al margen de su voluntad se instalaba en su conciencia y en su cuerpo, tomaba el control de la situación y lo obligaba a abandonarse e incluso a refugiarse en esa inmovilidad en la que había quedado. Pero claro, Javier no podía dejar de pensar, y mientras más pasaban los segundos (que parecían horas) y él más pensaba, más se convencía de que iban a matarlo y se hacía insoportable la angustia de su corazón y se volvían inmanejables el miedo, la desesperación y el dolor, que se agolpaban en un tumulto de horribles sensaciones en su cabeza. Apenas si podía controlar el temblor de su cuerpo y las ganas de ponerse a gritar y echarse a correr… Pero no; no se puso a gritar ni se echó a correr y se quedó tendido. "¡No van a matarme!", "¡no van a matarme!", se repetía; "¡No si hago bien mi papel de muerto!" Y se quedó quieto, inmóvil; dispuesto a defender su vida con el arriesgado recurso de hacerse el muerto. "¡Sí"!," ¡sí!", se decía, dándose valor. "¡Voy a hacerme el muerto!", "¡voy a hacerme el muerto!" Y ciego de desesperación y angustia, siguió ese arriesgado instinto; se entregó a él, aunque era tan terriblemente difícil hacerse el muerto en medio de tanto miedo, tanto dolor y sobre todo, en medio de tantas ganas de vivir que de pronto despertaron en él ahora que tenía tan amenazada la vida.

- ¿Qué pasa, tienes miedo?, ¿te tiemblan las piernas pichón? –dijo con fría seguridad la oscura voz mientras encendía un cigarro.

- No, no es miedo. ¿Ya lo hice no?, ya viste que sí puedo. Está muerto. Pero puede venir alguien, vámonos ya que no tenemos nada más que hacer aquí. –sonó muy nerviosa la voz juvenil.

- No es así de sencillo pichón. No se trata de enfriar a un hombre en una esquina y salir corriendo, es mucho más que eso, para los que tenemos vocación. ¡Muévelo! –ordenó inapelable la oscura voz.

Luego de unos segundos de indecisión y silencio, Javier sintió unos pasos e inmediatamente unos zapatos duros y pesados tantear en su cuerpo, sobre su espalda, como moviéndolo o despertándolo; pero él siguió completamente entregado a su inmovilidad que siguió siendo absoluta.

- Nada, no se mueve, –casi gritó contrariada la voz juvenil.

La angustia de Javier, que escuchaba inmóvil y con mucha atención lo que las dos voces se decían, era ya más grande que su dolor, era ya insoportable. Empezó a sentir un remolino de vacíos en el centro de su estómago; y un sudor frío le bañaba la frente, la espalda, las manos. Por momentos parecía ceder y entregarse a ese cóctel de desesperación, incertidumbre total y mucha angustia, crispado todo en la punta de sus nervios, a punto de estallar en un grito de terror o una loca carrera. Pero no. Resistía. Su instinto de supervivencia agazapado con seguridad en medio de todo, dominaba completamente la voluntad (y el cuerpo) de Javier y apostaba con absoluta decisión por esa inmovilidad total como única posibilidad de salvarlo. Y en ese estado de absoluta quietud, pero también de alerta máxima de su atención y sus sentidos a pesar del miedo; Javier creyó percibir algo familiar, conocido, en la voz juvenil; como si la hubiera escuchado antes. Pero no era el momento para tratar de reconocer una voz, por supuesto, para tratar de pensar siquiera. Javier entendía que sólo tenía tiempo y cabeza para quedarse quieto y hacerse el muerto, si quería vivir.

- Pues sí, así veo, parece que está muerto. Muy bien pues, es hora de reconocerlo entonces, de verle la cara. –sentenció la oscura voz.

- ¿Verle la cara?, para qué si sé que es él –aseguró la voz juvenil– lo reconozco por su ropa; siempre anda con la misma ropa. No tengo que verle la cara.

- Yo sé que es él, –dijo la oscura voz, siempre fría y terrible. Pero es tu primer frío y vas a verle la cara ahora que está muerto, ahora que tú lo has vaciado de vida… porque una cosa es hacer lo que nosotros hacemos y otra muy distinta ser un matón cualquiera; ¿y tú no quieres ser un matón cualquiera verdad?

- No –dijo pasmada la voz juvenil.

Para Javier, que ya llevaba una eternidad tirado en el piso, el miedo era un líquido helado que podía sentir deslizándose por sus venas; y la angustia, la angustia era una nausea, una amarga y pastosa nausea en su boca; y no sabía cómo, cómo era posible que no intentara correr o se pusiera a gritar, mientras oía y sentía a alguien acercarse y casi enseguida unos dedos extraños y agresivos entrar en la maraña de sus risos negros y tomarlo por el pelo. Lenta pero decidida, la mano fue levantando su cabeza, volteándolo boca arriba y arrastrándolo hacia la luz; mientras él, paralizado, secuestrado por ese instinto que lo controlaba, simplemente se dejó llevar, se dejó arrastrar por la locura de defender su vida con el extremo recurso de hacerse el muerto… y fue el peor golpe de la noche: la cara que correspondía a la mano que tan malamente lo arrastraba de los pelos, (era la de…) …se fue acercando a la suya, hasta ponerse muy cerca. Y Javier, que tenía los ojos abiertos, ya lejos de su miedo, ya lejos de su dolor, ya lejos de ese momento y la noche, entregado a su papel de cadáver, se quedó flotando en el vacío... ¡Está bien muerto!, escuchó de pronto Javier resonar desde muy lejos, desde el otro lado.

- ¡Está bien muerto! –dijo la voz juvenil ya sin rastro de miedo en la voz, dejando caer lo que había tenido en la mano.

- ¡Muy bien pichón, lo has hecho todo muy bien!, Me siento orgulloso de ti –sonó paternal la oscura voz, iniciando ya la retirada. ¿Así que quería que escribas un cuento sobre un asesino y te jaló porque no pudiste? –Preguntó iniciando la retirada.

- Si, y sí que es más fácil hacerlo que escribirlo –sonó lejana, volteando ya la esquina, la voz juvenil. Sólo hay que saberlo esperar y luego darle fuerte y sin dudar ¡pum! en la cabeza. El reloj de la iglesia dio las doce en punto de la noche.

Silencio.
- fin -

elmer ernesto alcántara, Sydney 2002
Texto libre Trabalibros

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