Día de los Fieles Difuntos

Luis M. Cerecero
México no se parece a ninguno, es único. Tiene tus caballos y tus guitarras si por ahí andan sacándose los corazones. Se bautizó desde hace mucho con lluvia franciscana y en pago rindió sus ídolos de oro.

En un día quieto hasta para los pájaros, cuando el silencio se ha tragado hasta los autos, se escucha todavía algún pregonero en la calle, contándole a gritos al oriente, de la mercancía que lleva vendiendo.

Aquí es México, con sus 4 puntos cardinales trazados sobre códices de amate, que apuntan hacia las direcciones del universo; cuatro juntados para formar en el centro el cinco, que nombra al portal de lo divino, que lleva para arriba o para abajo, adonde ya no pasan los hombres mientras recorren el plano terrenal. Las cruces que ya estaban, la Cruz que acudió.

En esta tierra amable se sabe que la pobreza sirve, es de utilidad, pues enseña a jugar a los niños a ser mayores, se sabe que la riqueza es sólo delirio, carcajada, y el poder locura pasajera. Cada año nuestros muertos nos lo recuerdan, en la fiesta de los vivos para los muertos, que por un día viven, comen y beben, y portando crucifijos vienen fieles a ahuyentar el mal.

Es durante noviembre, a principios, cuando todavía caen algunas lluvias, las últimas, que riegan los camposantos, cuando las ciudades recuerdan su fama palaciega y se ponen a asustar a la gente con leyendas barrocas, y aunque en los pueblos también espantan, pues tienen a sus ánimas propias, preferimos vestir atuendos de adulto y con rostro sobrio ofrecemos a nuestros muertos altares de flores de cempasúchil, amarillas como la luz, redondas como soles, que iluminen los caminos a los fieles difuntos, guiándoles hacia la salida del purgatorio.
Texto libre Trabalibros

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