Siempre llevo un par de chaquetas en el maletero

Johan R. Wilbur
Porque llegará el día en que la persona que va a mi lado me dirá que empieza a tener frío mientras está sentado en el asiento del acompañante y yo le daré una de ellas para que no se resfríe.
Imagino que se lo digo a una mujer, que tiene el asiento inclinado hacia atrás y saca una pierna por la ventanilla y suena música de los ochenta aunque de ello hacen ya como doscientos años y todo sucede como si fuéramos los protagonistas una road movie de bajo presupuesto.
En esa visión, tanto ella como yo llevamos gafas de sol y fumamos hierba y miramos hacia delante porque nada más importa y en un momento dado ella dice que tiene sed y paramos en una gasolinera y yo me quedo con los brazos cruzados sobre el volante mientras miro su culo moviéndose a cámara lenta arriba y abajo hasta cruzar la puerta de la gasolinera y después, mientras yo no me doy cuenta porque estoy con la mirada clavada en unos buitres que están desayunándose el cadáver de un conejo muerto a medias, ella vuelve y se monta contándome el dinero que se ha ahorrado solo por insinuarse al dependiente y entonces le señalo a los buitres y la chica dice que vaya grima le dan los conejos y me dice que nos vayamos y al salir disparados de la gasolinera los buitres se asustan y levantan el vuelo.
En esa visión mi coche es un descapotable.
Y al rato volvemos a estar en la carretera y tanto a la chica, como a mí, el pelo se nos revuelve por el viento y movemos el cuello al ritmo de algo de The Police y ninguno de los dos nos preocupamos de cosas como ir peinados y guapos o encontrar un piso o cuanto pagar razonablemente por un alquiler ni por donde está más barata la gasolina o de qué color será el jodido cuarto de los niños.
Solo conduzco y ella sonríe.
Y yo me fijo en la carretera, porque aunque tengo treinta años el mundo me la suda.
Texto libre Trabalibros

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