Bendita comunidad

Patricia Richmond
Me gusta mi comunidad y, en fechas como éstas, con el patio adornado y las puertas cargadas de ángeles, papá noeles y estrellas, siento la entrañable cercanía de mis vecinos.
Pero el día de Nochebuena me sorprendió encontrar una preciosa corona de muérdago con la frase "Feliz Navidad" justo en la puerta de enfrente. Hacía mucho tiempo que no veía al huraño Pascual y no era su estilo desearnos felicidad. Sabía que estaba bien por sus continuas quejas, que podía escuchar a través de la pared, sobre el volumen de la televisión del abuelo del tercero, los lloros del bebé del quinto, las risas de las gemelas del segundo… Todo parecía molestarle y apenas salía de su casa desde la repentina muerte de su mujer.
Me acerqué a contemplar el adorno y la puerta se abrió unos centímetros. "Hola" —exclamé, pero nadie respondió. La empujé y miré. Oscuridad y un extraño olor dulzón. No se oía nada. "¿Pascual?" —grité. Silencio sepulcral.
Entré y la puerta se cerró de golpe. Cuando me recobré del susto palpé la pared en busca del interruptor de la luz. Lo pulsé pero no ocurrió nada. Avancé hasta donde calculé que debía estar la puerta de la cocina. Sí, allí estaba, cerrada e imposible de abrir. Segura de que los latidos de mi corazón tenían que oírse por todo el piso, seguí adelante, conteniendo la respiración para que ningún otro sonido delatara mi presencia.
Fui probando todas las puertas que hallé, con el mismo resultado, todas cerradas con llave. Llegué al final del pasillo, donde sabía que se encontraba el salón. Esta vez pude entrar en la habitación. Allí el olor era más penetrante y, aunque me era familiar, no conseguí identificarlo. Me asustó un débil gimoteo y di la vuelta para marcharme, pero la puerta se había cerrado y no cedió a mis sacudidas. El pánico me trastornó y la emprendí a golpes con ella, llamando a Pascual para que me dejara salir.
Una luz muy tenue se encendió a mi espalda y me volví. En un instante reconocí que el olor era el mismo que el de la casa de mi abuela cuando íbamos cada año por la matanza del cerdo y el grito que salió de mi garganta se perdió entre las notas del villancico que empezó a sonar a un volumen ensordecedor. La habitación simulaba ser un portal de Belén. Las gemelas del segundo colgaban del techo, como angelitos anunciando la buena nueva. El bebé del quinto, amordazado con su propia lengua, hipaba encima del pesebre y el vecino del tercero, vestido como San José, me miraba con las cuencas de los ojos vacías.
Faltaba la Virgen María. Fue lo último que pensé antes de sentir el golpe en la nuca y de escuchar la voz de Pascual deseándome feliz Navidad.
Texto libre Trabalibros

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