No hay que estar triste

Gerardo Vázquez
Sublime se peina mojando los dedos en saliva y se aparta el pelo que le cae sobre la frente detrás de la orejas, con el melindre del que sostiene la tacita de café y no quiere parecer tosco. Su barba encanecida, se enmaraña a lo largo del mentón y describe un remolino de espuma sobre sus mejillas. Sublime perdió la razón no se sabe bien cuándo ni dónde, nunca consideró oportuno buscarla.

Sublime bebe cerveza en el único bar de la Plaza Mayor donde se lo permiten, a las horas de menos tránsito y a veces compra una litrona o un cartón de vino que comparte consigo mismo. Si tiene necesidad de fumar, pide tabaco con educación o rebusca entre las colillas a medias de consumir y compone con habilidad un cigarro. Sublime sobrevive en una ciudad de provincias. Los sábados de madrugada, recoge las botellas semivacías de whisky, ron y ginebra, que los adolescentes ahítos de estas pestilencias abandonan después del botellón y que apura con deleite. Para ganarse la vida, utiliza un cartón viejo y una caja vacía de galletas. Durante horas observa su reflejo en el latón como si se asomara a la superficie de un manantial encantado, mientras las escasas monedas van cayendo como copos de nieve.

Sublime perdió la razón, nadie sabe bien cómo. Hay quien dice que era director de orquesta y que fue un accidente de moto. Otros dicen que fue la muerte de un hijo. A pesar de todo, Sublime explica que no hay que estar triste. Canturrea siguiendo un compás imaginario, moviendo la mano como una batuta y habla de las contradicciones de este mundo y de otras cosas de menor importancia.

Sublime regresa a su casa, léase puente, cajero automático, covacha de cartón o armazón inacabado de viviendas en bloque, cuando cae la noche. Sus huesos resisten a la intemperie. De cuando en cuando, son removidos por un policía y si está de humor transige, y se instala en un refugio por una o dos noches. Se comprueban los antecedentes, se avisa a la familia. Silencio, labios chascados, excusas. Sublime no aguanta y huye, quizá obedece la voz que merodea por su cabeza como una hiena, royendo el cadáver putrefacto del juicio perdido y nunca recobrado. Hay personas que, sin conocerle, escupen y golpean con odio su cuerpo desahuciado. Sublime se abandona. Se deja morir. Nadie reclama su cadáver. Nadie le ofrece la píldora milagrosa, la ansiada jubilación junto al mar, la partida de dominó en el casino. Sublime es mitad leyenda, mitad realidad. En realidad, sólo existe cuando a él le viene en gana.
Texto libre Trabalibros

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