El botón

Lalo Barker
Su mente se nubló, quedando su cerebro bloqueado por un apagón mental que duro un par de minutos, cuando un ataque de furia desmedida sacudió su cuerpo, provocado por una reclamación sin sentido que encendió la mecha de una dinamita que estaba acumulando en su alma a través de los años. Cartuchos que iba acumulando con cada abuzo, con cada insulto, con cada nuevo moretón que aparecía en su amoreteado cuerpo...
Ese día por la mañana estaba preparando el desayuno, partiendo las papas que iba a agregar a los huevos que iba a preparar, dándoles el corte exacto como debían ser cortadas, no más grandes, no más chicas. Mientras el aceite se calentaba en el sartén para poder cocinarlo en el momento justo, no antes, no después. Estaba calentando leche para preparar el café, cuidando que no hirviera, justo antes de hervir debía retirarla de la lumbre, no antes, no después.
Estaba por poner las papas cortadas en el aceite cuando sintió como la aventaban por la espalda, cayó en el suelo, en medio de una lluvia de papas perfectamente cortadas. Apenas tuvo tiempo de meter una de sus manos para evitar que su cara pegara en el suelo, lastimándose el brazo, pegándose en el codo.
Iba a hacer el intento de levantarse cuando una patada en un costado la doblo del dolor.
- ¡Se le cayó un botón a la camisa! Levanta tu miserable culo del suelo y cóselo de inmediato - Le grito su esposo, mientras la levantaba jalándola del cabello.
Ella como pudo se levantó lo antes posible, él la soltó y maldiciendo por lo inútil de su esposa le dio la espalda, llevando la camisa en una mano.
Eso fue lo último que ella recordaba, ahora ella estaba hincada en el piso, cosiendo el botón que faltaba a la camisa de su esposo, con unas manos y dedos firmes, adiestrados por los años de experiencia, con la diferencia de que ahora estaban manchados de sangre. Ella parecía no darse cuenta, cosía concentrada el botón, cómo sin notar que estaba manchando toda la camisa con la sangre que escurría de sus manos.
Terminó de coser el botón, comprobó que estuviera bien sujeto y con una sonrisa de satisfacción la puso con cuidado de no arrugarla, en la espalda de su esposo, que tirado estaba a un lado, con un gran cuchillo clavado en su espalda.
Texto libre Trabalibros

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