El Jardín de los Lobos

Rubén Risso
Prólogo

— Elizabeth —

Todo día comenzaba con la dulce melodía de una bailarina que daba
felices volteretas en su cajita musical. No bastaba, para Elizabeth, escucharla
solo un poco. No. Era su melodía, la melodía del humo y los
espejos. Tanto amaba ella esta melodía que la tararearía toda la mañana,
para repetirla por la tarde y hasta quizás también a la noche, antes de la
hora de dormir.
Había intrusos en la habitación. Como todos los días, durante las mismas
horas, cerca de doce rayos de luz entraban a través del ventanal
que daba a la calle. Claro, hubiese sido un gran entrometido si tan solo
su padre no hubiese dispuesto tan cariñosamente de los once barrotes
que fragmentaban la claridad del amanecer al entrar sin invitación en
su morada. Pero lo cierto era que ya se había acostumbrado. Elizabeth
cantaba felizmente mientras procuraba no caminar sobre el suelo iluminado
por el peligroso sol.
A veces, su padre le traía regalos. Entre sus nuevas adquisiciones, se
le había provisto de un cepillo con el que amaba peinar su abundante y
dorado cabello. Podía pasar horas y horas contemplándose en el espejo
mientras acariciaba con las finas hebras cada una de las capas de pelo
que adornaban su bonita cara. A veces, el espejo dejaría de existir, la
habitación se derrumbaría en el olvido, y tan solo quedaría su imagen
devolviéndole la mirada. Una mirada tan suya como le era posible, pues
a veces también le costaría reconocerla.
En fin, la angustia de no reconocerse en el guiño del otro, que yacía
solo a centímetros de distancia, le confería a veces cierto temor que culminaba
en el horror de verse atrapada por aquella mirada...

NOTA: Es posible leer la novela completa "El jardín de los lobos" de Rubén Risso en el siguiente archivo adjunto.
Texto libre Trabalibros

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