En un instante

Lalo Barker
Estaba afilando un cuchillo fuera de su choza, era un hombre maduro que pertenecía a una tribu en la que aún se manejaban con usos y costumbres ancestrales. Ahora se estaba preparando para lavar una ofrenda con un fuereño que había llegado de otro lugar. Era el sobrino de uno de los habitantes, quien se había mudado a la aldea para trabajar con su tío.
El joven tenía un par de meses de haber llegado y había tenido la mala suerte de toparse con la hija del ofendido, a quien había seducido sin haber tenido la delicadeza de primero hablar con el padre, para negociar el dote a pagar para poder quedarse con su hija, una ofensa imperdonable en ese rincón del mundo.
Llevaba una hora dedicada a afilar su cuchillo, esa ofensa solo se limpiaba con sangre. Todos en la aldea estaban enterados de la ofensa, estaba no solo en juego su nombre y el de su familia, también su prestigio y su honra como hombre; si no cumplía con esta sentencia no escrita, nadie en la zona iba a volver a respetarle.
Cuando termino, ese cuchillo tenia tanto filo, que podía cortar en dos la hoja de un árbol, solo dejándola caer en el filo.
Satisfecho del resultado de su tarea, se levantó de la silla, tomo su sombrero y con cuchillo en mano salió a buscar a su enemigo, iba caminando con paso seguro, con las brazos abiertos, balanceándolos con cada paso, con la mirada fiera, demostrando a todos que con él no se juega.
Encontró a quien tan grave lo ofendiera a un costado del camino que daba a la salida de la aldea. El joven llevaba una mochila al hombro, iba listo para abandonar el poblado. En cuanto supo de lo grave de su aventura, decidió irse de ahí. Realmente no valía la pena lo poco que le pagaba su tío como para quedarse y jugársela en un duelo, ya después buscaría el robarse a la novia.
El ofendido, al verlo de espaldas le grito para que lo viera de frente, para matarlo como un valiente y no como un cobarde atacándolo por la espalda, el otro se volteó, dejo caer su mochila cuando lo vio con el enorme cuchillo brillando bajo el sol.
- Hasta aquí llegaste desgraciado - Le grito el ofendido padre, mientras apresuraba su paso para atacarlo.
El joven solo dio un paso atrás, se levantó la camisa, sacó una pistola que llevaba en la cintura y en un instante, de un solo disparo… Acabó con la ira del ofendido padre.
Texto libre Trabalibros

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