1. MEXICAN MULE
"Emiliano, ¿no me reconoce Vd.?, ¿no sabe ya quién soy?"
Una gringuita con gafas negras, con pijama o chándal rojo, de esos de felpa, y los sneakers que llevamos todos por aquí, me estaba hablando en la cola para las cajas del Wal Mart. Estaba justito detrás de nosotros.
Yo me encontraba con Lupe y nuestros niños, Manuel y Mariana. Cuatro y dos años tienen los reyes de mi casa, en sus carritos iban: uno dormido, la otra protestando porque se quería ir. Llevábamos más de tres horas ese viernes por la tarde, que es cuando más gente hay y siempre toca esperar mucho porque todos llevamos los carros llenos.
"Perdóneme, no sé quién es Vd., me disculpará la señorita…"
La chiquita se quitó las gafas y entonces me di cuenta. Era Mary Ann, la que había sido la octava de las chicas del show, la más jovencita, aquella que desapareció un día del Marroco sin saber dónde marchó. Se rió con mi cara de sorpresa por no haberla reconocido vestida como iba, como una estudiante más o una trabajadora entre tantas que hay. Habían pasado sólo seis meses desde que desapareció.
"Claro, así vestida y tan tapada sólo me reconocería mi madre" me dijo sonriendo y enseñando esos dientes tan blancos que tienen algunas gringas, tan perfectos.
“Perdóneme Vd. señorita Mary Ann, no me di cuenta, pues ¿cómo está Vd.?, ¡qué alegría verla de nuevo! Todos la echamos mucho de menos, ¿sabe? Excúseme, por Dios, que ahorita mismo le presento a mi esposa, Guadalupe, y a mis dos hijos. El que duerme es Manuel, y esta chiquita, tan inquieta, es nuestra Marianita. Saluda a la señorita, Marianita, mi amor…”
Mary Ann dio la mano a mi mujer, acarició con ternura y despacito la carita de Manuel y luego la de Marianita, que seguía berreando como si fuera un ciervito, y a quien no había quien la callara ya, ni chuches, ni caricias ni nada.
“Qué bonita familia tienen Vdes.” dijo, y luego añadió, dirigiéndose a mi mujer, que no le quitaba ojo “Lupe, su marido es muy bueno. Y Vd. tiene mucha suerte con él. Lo sabe ¿verdad?”
Sonrió mi mujer. Claro que lo sabe. Mi Lupe lo sabe casi todo. “Si, señorita, pero Emiliano trabaja mucho, aunque no nos quejamos. Es una suerte que en el Marroco las cosas vayan siempre tan bien…”
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Me llamo Emiliano Rodríguez, para servir a Dios y a ustedes. Vivo en esta ciudad inhóspita y dura en mitad del desierto, tan fría y a la vez de tanto calor, con luz a todas horas y con una oscuridad que la rodea constantemente porque estamos en mitad de ninguna parte.
Estoy muy agradecido a Las Vegas y a los Estados Unidos. Soy un hombre trabajador y esta tierra nos ha dado todo lo que tenemos hoy mi familia y yo: una casa con jardín donde hacemos barbeques y los niños tienen su cuarto, un living con mucho espacio, una cocina bien equipada donde Lupe es feliz cocinando, un auto de los altos que nos lleva a todas partes y un buen seguro médico que la empresa paga. Y aún nos queda algo para ahorrar todos los meses y guardarlo. Sin embargo, no nos acabamos de hacer a esto y echamos mucho de menos a nuestra gente, a México.
Vinimos va a hacer para cinco años. Lo hicimos como muchos, Lupe y yo recién casados. No sé ni cómo pudimos llegar, tantas veces que lo habíamos intentado antes, pero esa vez lo logramos al final.
La familia de mi mujer nos echó una mano las primeras semanas y yo pude entrar enseguida a limpiar en el Marroco, uno de los hoteles de la ciudad más caros, con casino y tiendas, con varios restaurantes, también con espectáculo, como se estila en esta ciudad donde todos los sitios tienen de todo.
Digo que he tenido suerte porque no he tenido que cambiar de lugar de trabajo en seis años, algo raro aquí. A los nueve meses de estar limpiando el garaje de tres plantas del Marroco, que fue mi primer trabajo, me dijo el que entonces era mi supervisor, Juan Ibáñez, “Emiliano, nos gusta mucho cómo trabajas, eres serio y cumplidor, creemos que puedes hacer otra cosa.”
Fue entonces cuando me ofrecieron cambiar a otro puesto dentro del Marroco, atendiendo a los coches que entran en el garaje, controlando la máquina de los tickets esos por si fallaba o los clientes se hacían un lío al entrar o salir del parking. Tampoco lo debí de hacer mal, porque al año me llamaron y volví a oír otra vez lo mismo. Y era para algo todavía más serio: ocuparme de los ascensores, ser ascensorista. En esa ocasión mi supervisor, el de mantenimiento o servicios generales, me dijo que los de seguridad querían verme también. Tuve que hablar con Feliciano Hernández, que lleva aquí ya diez años y es dominicano.
El trabajo de ascensorista no es cosa fácil. Son diez ascensores, tres internos y siete para el público en general que nosotros, el personal, a veces también usamos. Quince pisos y tres de parking tenemos en total, aunque no todos los ascensores unen todas las plantas. Querían que yo pasara a formar parte de los seis ascensoristas que estamos en los elevators esos.
“La diferencia entre un sitio como el nuestro y otro es que aquí hay personal para todo, que parece que nos sobra la gente y que estamos todos al servicio del cliente” es algo que repiten los jefes, mi supervisor de antes y el de ahora. Y eso se sabe y se envidia en toda las Vegas.
El Marroco lleva a gala el seguir teniendo ascensoristas, personas que estamos no sólo para darle al botón, sino para preguntar a la gente dónde va y ser amables con ellos, ayudar en su caso a nuestra gente de seguridad y avisarles si hay algo extraño. También estamos orgullosos de mantener a mucho personal a tiempo completo o incluso por horas, puestos que otros consideran ya superfluos, redundant dicen aquí, y que eliminaron hace años. Por ejemplo, nosotros seguimos teniendo telefonistas que son personas y no máquinas, como tenemos también otra gente especializada: manicura, masajes, personal shopper, baby sitters por si hacen falta, hasta un doctor y una enfermera tenemos en el staff.
Estamos hechos, como dice el Big Boss, a la antigua usanza, como antes se hacían las cosas en Las Vegas, no sólo a lo grande, que también, sino bien atentos a las necesidades del cliente, al que le ofrecemos el mejor servicio las 24 horas del día los 365 días del año, sin descansar.
Fuente original: http://www.scribd.com/doc/45959369/HIGH-MAINTENANCE-Un-cuento-en-5-cocteles-con-tequila-y-2-conacs-solos-sin-nada
(NOTA TRABALIBROS: Te hemos ofrecido el primer capítulo del Relato "High Maintenance". Este cuento obtuvo el accésit del IX Certamen de Relato Corto del Ayuntamiento de Coslada. Puedes leer el relato completo en el siguiente archivo adjunto)